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(OPINIÓN) La calle está muy dura. Por: César Bedoya

Seguramente usted ha escuchado la frase en un evento familiar o de amigos, en un asado o mientras hace scroll infinito en aplicaciones de citas

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(OPINIÓN) La calle está muy dura. Por: César Bedoya

"La calle está dura". No hablamos de atracos ni de desempleo, sino de la odisea de encontrar a alguien que no salga huyendo al tercer mensaje. Parece que estamos en una feria de quejas cruzadas donde ellas dicen que ellos son "princesos" y que solo buscan sexo, y ellos juran que ellas son "tóxicas" con estándares de catálogo de lujo. Es como si quisiéramos comprar un carro último modelo con el presupuesto de una bicicleta y, de paso, esperamos que el vendedor nos pague por llevarlo. La realidad es que no estamos buscando amor, estamos buscando que alguien venga a rellenar nuestros huecos sin que nos toque mover un solo mueble de nuestra zona de confort.

Analizamos nuestra cotidianidad: hoy tratamos los vínculos como si fueran un pedido a domicilio. Si la pizza llega fría o el ingrediente no es exactamente el que pedimos, devolvemos el pedido y ponemos una mala reseña. En el amor, ese "ingrediente" puede ser un comentario que no nos gustó, una diferencia de opinión o que la persona no se viste como nuestro prototipo de Instagram. Ante la mínima incomodidad, aplicamos el famoso "ghosting" y salimos corriendo, justificando nuestra huida con un escándalo mental sobre por qué esa persona no era "la indicada". Nos cuesta la permanencia porque hemos confundido el amor con un consumo inmediato, olvidando que una relación no es un producto terminado que se compra, sino una casa que se construye bajo la lluvia y el sol.

¿Se ha fijado en cómo cargamos al otro con nuestras facturas emocionales? Hay quienes entran a una relación como si el otro fuera un banco que debe saldar deudas de su pasado. Mujeres que esperan que el hombre sea proveedor, psicólogo y entretenimiento las 24 horas; y hombres que creen que por pagar una cena tienen derecho de propiedad sobre el cuerpo y el tiempo de la mujer. Es el reflejo de nuestras creencias limitantes: ver al otro como un recurso y no como un ser humano. Es como invitar a alguien a vivir a tu casa, pero prohibirle que toque las paredes o cambie de lugar un cuadro; Queremos compañía, pero nos aterra renunciar a nuestra tiranía individual para llegar a acuerdos armoniosos.

La reflexión obligatoria es entender que el amor "de novela" nos hizo mucho daño. Ese amor de sacrificio, drama y posesión es una trampa de la que debemos despertar. El amor sano no se siente como una persecución ni como un examen constante de "meritocracia" financiera o sexual. Construir en pareja es, curiosamente, un trabajo muy personal. El otro es el espejo más honesto que tenemos; si te molesta que tu pareja sea "intensa", quizás lo que te asusta es tu propia incapacidad para gestionar la cercanía. Es muy fácil ser un maestro de la paciencia viviendo solo en una montaña, lo difícil y lo valioso es mantener la calma cuando el otro deja la toalla mojada en la cama o tiene un mal día.

Para quebrar estos miedos, hay que entender la diferencia entre amar en libertad y vivir en libertinaje emocional. Lo primero es elegir al otro cada día respetando sus límites y los propios; lo segundo es saltar de flor en flor porque nos aterra que alguien nos vea de verdad, con nuestras grietas y miedos. ¿Alguna vez se ha mostrado vulnerable frente a alguien sin miedo a ser "menos"? Ahí es donde empieza el amor bonito. No se trata de aguantar maltratos, sino de tener la madurez de decir: "Esto me asusta, pero quiero intentarlo contigo". Es dejar de ver el compromiso como una cárcel y empezar a verlo como un equipo de alto rendimiento donde ambos ganan.

Hay que dejar de buscar a la persona perfecta y comience a ser la persona con la que usted mismo querría salir. Si usted es de los que piensa que "todos son iguales", pregúntese qué está proyectando para atraer siempre el mismo libreto. El amor requiere incomodarse, adecuarse y, sobre todo, evolucionar. Cada decepción anterior no fue una pérdida de tiempo, sino una lección de lo que hoy ya no está dispuesto a negociar, pero también de lo que debe mejorar en su propio ser. Nadie sale ileso del amor, y esa es la belleza del asunto: que cada entrega nos hace más humanos, más sabios y menos arrogantes.

En conclusión, la calle solo está "dura" para quien se aferra a sus miedos como si fueran tesoros. Si usted sigue esperando que el amor le llegue por debajo de la puerta sin que le cueste un gramo de orgullo o una pizca de sus patrones comportamentales, se quedará esperando. Yo, como quien escribe, le sigo apostando al vínculo. Prefiero mil veces el riesgo de ser herido por intentar construir algo real, que la seguridad de una soltería blindada por el ego. El amor es la única experiencia terrenal que nos permite engrandecer el alma; así que suelte el guion de la novela, deje de cobrar deudas ajenas y atrévase a construir un amor a medida, con sus propios materiales y sin tanto miedo al qué dirán.

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