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(OPINIÓN) ¿En qué momento empezamos a decirnos que estamos muy viejas? Por: María Fernanda Valdivieso

Últimamente me he descubierto repitiéndome una frase: "Ya estoy muy vieja para eso." La digo cuando pienso en empezar un proyecto distinto, cuando aparece una idea que me entusiasma o cuando algo me saca de la comodidad en la que llevo años instalada.

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(OPINIÓN) ¿En qué momento empezamos a decirnos que estamos muy viejas? Por: María Fernanda Valdivieso

Lo más inquietante no es haberla dicho, sino preguntarme de dónde salió. Porque, siendo honesta, nadie me la estaba diciendo. Era yo. Y he venido entendiendo que hay conversaciones que se vuelven mucho más peligrosas cuando dejan de venir de afuera y empiezan a ocurrir dentro de nuestra cabeza.

A partir de ese momento, empecé a escuchar con más atención a las mujeres que me rodean. Y fue imposible no notar que esa frase está por todas partes. "Ya estoy muy vieja para volver a estudiar". "Ya estoy muy vieja para cambiar de trabajo". "Ya estoy muy vieja para empezar un negocio". "Ya estoy muy vieja para enamorarme otra vez". Lo sorprendente es que muchas de esas mujeres tienen cuarenta y pocos años. Algunas ni siquiera han cumplido los cuarenta. Otras apenas pasan de los cincuenta. Sin embargo, hablamos de nosotras mismas como si la vida ya hubiera empezado a despedirse.

Entonces recordé algo que siempre me ha llamado profundamente la atención. Cada vez que una persona de esa misma edad fallece, todos reaccionamos de la misma forma. Da igual si era famosa o era alguien que conocimos de cerca. La frase siempre se repite: "Qué tristeza… Era muy joven." Y ahí aparece una contradicción que no logro entender. ¿Cómo puede una persona ser muy joven para morir y, estando viva, sentirse muy vieja para empezar un sueño nuevo?

Creo que esa pregunta dice mucho más de nosotras que cualquier estadística sobre la expectativa de vida. Porque el problema no son los cuarenta. Tampoco los cincuenta, ni los sesenta, ni los setenta, ni los ochenta. El problema es el relato que hemos construido alrededor de la edad. Nos acostumbramos a pensar que la juventud es la única etapa donde todavía todo es posible y que, después de cierto cumpleaños, la vida entra en una especie de cuenta regresiva. Sin darnos cuenta, dejamos de hablar de proyectos y empezamos a hablar de recuerdos. Dejamos de preguntarnos qué queremos hacer y empezamos a convencernos de lo que, supuestamente, ya no nos corresponde.

No recuerdo quién nos enseñó eso. Tal vez nadie lo hizo de manera explícita. Quizá fue una suma de mensajes, comentarios, publicidad, redes sociales, conversaciones familiares y modelos de éxito que siempre tuvieron una fecha límite. Lo cierto es que muchas crecimos creyendo que había una edad correcta para enamorarse, otra para ser madres, otra para alcanzar el éxito profesional y otra para empezar a aceptar que algunas oportunidades ya no eran para nosotras.

Lo más injusto es que esas ideas terminan instalándose donde más daño hacen: en nuestra propia manera de hablarnos. Ya no hace falta que alguien nos diga que no podemos. Nos adelantamos nosotras. Nos descartamos antes de intentarlo. Nos convencemos de que ya llegamos tarde cuando, probablemente, apenas estamos llegando a la etapa de la vida en la que más herramientas tenemos para tomar buenas decisiones.

Y es curioso, porque si algo he descubierto con el paso de los años es que hoy me siento mucho más preparada que cuando tenía veinte. Me conozco mejor. Tolero menos lo que me roba la paz. Me preocupa menos la aprobación de los demás. Entendí que cambiar de opinión no es fracasar, que poner límites también es una forma de amor propio y que la experiencia resuelve dudas que la juventud apenas empieza a formular.

Entonces, ¿por qué habría de llamar "vejez" al momento de mi vida en el que más claridad tengo?

Quizá hemos confundido juventud con posibilidad. Y son dos cosas completamente distintas. La posibilidad no desaparece cuando cumplimos años. Desaparece cuando dejamos de creer que todavía tenemos derecho a empezar. Cuando renunciamos antes de intentarlo. Cuando permitimos que una fecha en el calendario tenga más fuerza que nuestras ganas.

Conozco mujeres que encontraron el amor después de los cincuenta. Otras que emprendieron cuando sus hijos ya habían crecido. Algunas decidieron estudiar la carrera que siempre habían aplazado. También conozco mujeres que, después de un divorcio, de una pérdida o de una enfermedad, descubrieron una versión de sí mismas que jamás habían imaginado. Ninguna de ellas necesitó volver a tener treinta años. Lo único que hizo falta fue dejar de creer que ya era demasiado tarde.

Por eso cada vez me incomoda más escuchar esa frase salir de mi boca. "Ya estoy muy vieja para eso." Porque he venido entendiendo que no habla de mi edad. Habla de mis miedos. Habla de las historias que aprendí a creer sin darme cuenta. Habla de todas las veces que he permitido que una creencia decida por mí.

Y pienso que esa conversación merece cambiar. No porque cumplir años no traiga desafíos. Claro que los trae. Cambia el cuerpo, cambian las prioridades, cambian las responsabilidades y cambia la manera de mirar la vida. Pero ninguna de esas transformaciones debería convencernos de que también debemos renunciar a la capacidad de ilusionarnos.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de usar la edad como argumento para abandonar nuestros sueños. De dejar de llamarnos viejas cada vez que algo nos da miedo. De dejar de tratarnos con una dureza que jamás tendríamos con una hija, una hermana o una amiga.

Porque, si somos capaces de decir que una mujer de cuarenta y tantos años era demasiado joven para morir, también deberíamos ser capaces de recordarnos que quienes seguimos aquí todavía somos lo suficientemente jóvenes para cambiar de rumbo, aprender, equivocarnos, volver a empezar y construir una vida distinta.

No quiero engañarme sobre mi edad. Todo lo contrario. Lo que quiero es dejar de engañarme sobre mis posibilidades. Y quizá esa sea una conversación que todas las mujeres necesitamos tener con nosotras mismas. No para pelear con el paso del tiempo, sino para dejar de convertirlo en el culpable de las decisiones que todavía estamos a tiempo de tomar.

 

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