(OPINIÓN) El terremoto de Cali no fue solo natural: lo construimos con décadas de errores urbanos. Por: Pedro Luis Barco Díaz
No es correcto hablar del “terremoto en Cali” como si fuera un accidente únicamente producido por la naturaleza. El sismo del pasado 10 de agosto de 2026 fue también el resultado de décadas de decisiones urbanísticas torcidas, de la ambición de urbanizadores y de la laxitud de las autoridades municipales.
EL TERREMOTO QUE AYUDAMOS A CONSTRUIR EN CALI
La tierra se movió, sí, pero lo que se vino abajo fue la ilusión de una ciudad levantada contra su propia memoria hídrica.
En los años 50, la firma Town Planning Associates, con Paul Lester Wiener y Josep Lluís Sert, trazó un plan para que Cali creciera con orden: avanzar por el piedemonte y evitar las ciénagas del Cauca. Era una propuesta racional y ecológica. Pero los intereses inmobiliarios torcieron la norma y empujaron la expansión hacia Aguablanca, el oriente prohibido.
Desde entonces, la ciudad se construyó sobre humedales y suelos blandos, ignorando advertencias técnicas. La Sociedad Colombiana de Ingenieros lo dijo: edificar sobre arenas finas y limos era un error estructural. Nadie escuchó.
El ingeniero gringo George Bunker propuso en 1953 tomar agua del río Cauca, pese a sus desventajas. En 1958 se levantó la Planta Río Cauca y luego Puerto Mallarino, justo en la boca del lobo: a un costado de la curva de Las Domínguez. El jarillón drenó 5.500 hectáreas de humedales y el Canal Interceptor CVC-Sur encauzó artificialmente ríos como el Lili y el Meléndez. La ciudad se explayó frenéticamente hasta estrellarse contra el dique, rellenando brazos hídricos y antiguos cauces.
La historia muestra que Cali no careció de advertencias: simplemente las ignoró. La expansión hacia Aguablanca y otros humedales fue una decisión consciente contra la evidencia técnica disponible.
El subsuelo estaba saturado de agua y sedimentos inestables.
Como nos lo recordó recientemente el ingeniero Wilfredo Pardo en un artículo esclarecedor: “El asfalto tapó los ríos, pero el subsuelo profundo quedó saturado de agua y sedimentos inestables. Al encenderse las ondas sísmicas del terremoto, estos antiguos cauces invisibles recordaron su naturaleza, haciendo que la tierra se comportara como líquido y hundiera las estructuras mal calculadas”.
El sismo de 2026 encontró una ciudad vulnerable. Los barrios del oriente, levantados sobre antiguos humedales, colapsaron. La licuefacción convirtió el suelo en agua, los asentamientos diferenciales fracturaron muros y columnas, y la falla sísmica multiplicó el daño.
El piedemonte tampoco escapó: la falla de Romeral, vecina incómoda, intensificó la sacudida en la franja occidental y central. Construir sobre una falla es el escenario más crítico: la energía se libera justo debajo de las construcciones.
El terremoto no fue solo obra de la naturaleza. Fue también consecuencia de la ambición de urbanizadores que vieron negocio en los humedales y de autoridades que, ayer y hoy, permitieron construir sobre suelos blandos y fallas activas. La combinación de suelos blandos y falla tectónica convirtió a la ciudad en un laboratorio de desastre. No fue solo un castigo natural: fue también la consecuencia de ignorar la geología del territorio.
El terremoto que “ayudamos a construir” es prueba de que las normas urbanísticas y ambientales deben ser más eficaces y vinculantes. No basta con planes bien intencionados: se requiere institucionalidad fuerte, control técnico estricto y respeto por la memoria del territorio.
Ahora, más allá de la palabrería, los gobiernos nacional, departamental y municipal deben enfocarse en desarrollar el plan de reconstrucción Fondo Milagro, que debe aprender de las lecciones que nos dejó el exitoso FOREC de 1999 en Armenia: descentralización, participación comunitaria y rapidez en la ejecución.
Cali necesita una ingeniería adaptativa, capaz de resistir y responder. No podemos seguir creciendo contra los ríos ni contra la geología. El desastre de agosto nos recuerda que la verdadera resiliencia no se logra con diques ni jarillones, sino con respeto al territorio.
La esperanza está en que esta vez sí aprendamos. Que el dolor se convierta en memoria, y la memoria en acción. Que reconstruyamos no solo las casas caídas, sino también la confianza en que una ciudad puede levantarse sobre bases firmes, con belleza, con justicia y con respeto por la ancestral tierra que la sostiene.
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