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(OPINIÓN) El rey tuerto. Por: Jaime Honorio González

Los veo muy tranquilos criando perritos y gaticos. Los veo muy tranquilos mirando para otro lado, sólo trabajando, o sólo buscando trabajo, no importa. Los veo muy tranquilos a todos ustedes, únicamente viviendo sus vidas, pasando de largo en este mundo, creyendo que con sembrar un árbol y escribir un libro le cumplieron a la …

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Redacción IFM
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El rey tuerto. Por: Jaime Honorio González

Los veo muy tranquilos criando perritos y gaticos. Los veo muy tranquilos mirando para otro lado, sólo trabajando, o sólo buscando trabajo, no importa. Los veo muy tranquilos a todos ustedes, únicamente viviendo sus vidas, pasando de largo en este mundo, creyendo que con sembrar un árbol y escribir un libro le cumplieron a la Humanidad.

No señores, están equivocados. Muy equivocados. Totalmente equivocados.

Los veo cerrar los ojos para evitar ver las diarias informaciones sobre ataques a menores de edad, a quienes violan, raptan, reclutan, golpean, ultrajan; los oigo decir “es que esas noticias me dan muy duro y por eso no las veo”. Claro, cerrar los ojos evita que suceda.

No señores, así no es.

Los veo quieticos, observando impávidos el ataque de pirañas humanas contra algún carro atascado en el tráfico, donde van mujeres y niños, preferiblemente. Los veo sumergidos en los videos de criminales que disparan a sangre fría y luego huyen veloces en sus motocicletas, con la casi certeza de saber que la Justicia no los alcanzará.

Yo también me veo quieto y sumergido. No soy mejor que ustedes.

Los veo celebrando el Día de la Mujer con un opíparo almuerzo y en la tarde, con unos traguitos encima (o, también, a palo seco) gritándola, maltratándola, golpeándola, alguna de las anteriores, o todas. Los veo regalar cosas inútiles para tranquilizar sus conciencias, los veo negar limosnas a viejos desdentados que ya no pueden con su alma.

He regalado pendejadas, lo confieso.

Los veo haciéndole las tareas a sus niños, los veo malcriándolos y justificando cada grosería de esos emperadorcitos, los veo perder el tiempo buscando ganar likes, los veo yendo a misa y regresar a casa comentando con sorna la “mala educación” de los hijos de la vecina, olvidando por completo que el de arriba también los ve. Es mentira que tengan temor de Dios.

Los veo a diario y lo sé, señoras y señores, porque yo también voy a misa. De cuando en vez.

Supongo, entonces, que muchos se preguntarán y se volverán a preguntar: con este panorama, ¿para qué tener hijos?

Porque ese es el problema: que esta sociedad se niega a reproducirse, la de Colombia y la de todo el mundo, esta sociedad de cuerpos más esbeltos moldeados en horas de gimnasio, esta sociedad con el mundo entero dispuesto en su teléfono, esta sociedad de galanes de WhatsApp que no hace visita en la sala de ninguna casa, esta sociedad que cambió las cartas de amor por los emoji, esta sociedad que se niega a tener hijos, por egoístas unos, por cobardes otros, por desesperanzados muchos, por cómodos también, esta sociedad que siembra el fin de nuestra especie un día será vieja y desdentada y no habrá jóvenes para sostenerla, y no tendrá hijos para que la cuide, y no tendrá descendencia para que la perpetúe.

Y entonces, será el fin. Sí, está lejos. Pero, así comienza.

En este país llevamos nueve años seguidos teniendo —cada vez— menos nacimientos. Desde 2017, cuando se registraron 655.913, venimos en picada y el año pasado hubo 433.678, más o menos un 33 por ciento menos. No es un dato menor porque —en el futuro— necesitaremos esos estudiantes en los colegios, esa mano de obra en las empresas, esos emprendedores con sus aportes, esos nuevos papás y mamás que tendrán que renovar esta decadente sociedad.

Sí, este país es difícil, realmente difícil. Pero, es el que nos tocó, es el que tenemos y es el que debemos sacar adelante. No tenemos más opción. Además, se supone que a eso vinimos, ¿no? A dejar una huella, a pasar el testigo, a trascender, aunque sea en nuestra siguiente generación, en el recuerdo de quienes nos sigan, al menos intentarlo porque no podemos rendirnos antes de comenzar la batalla.

Yo sé que cada uno toma sus propias decisiones. Lo tengo claro. Lo que pasa es que, aunque me considero un tipo joven, siento que comienzo a sufrir los rigores de los años: duermo medianamente mal, me duele la cintura por todo y comienzo a usar gafas. Dentro de poco, me cederán la silla en el bus.

Por eso vivo en un barrio de viejitos, porque acá aún soy de los jóvenes. Bien dicen por ahí, que en tierra de ciegos el tuerto es rey.

Pues bien, el del parche en el ojo soy yo.

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