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(OPINIÓN) De la política del "tamal" a la potencia exportadora: El espejo de China. Por: Cristian Halaby

Desde Shanghái, tras recorrer algunos de los principales escenarios industriales de China, Cristian Halaby plantea una reflexión sobre el rezago de Colombia en acceso a tecnología, cuestiona las barreras tributarias y advierte sobre la necesidad de un cambio en la visión económica del país frente a un entorno global que avanza con rapidez.

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(OPINIÓN) De la política del "tamal" a la potencia exportadora: El espejo de China. Por: Cristian Halaby

​Escribo estas líneas desde Shanghái, tras dos semanas recorriendo los engranajes de la mayor maquinaria productiva del mundo. Estar en la Feria de Cantón y en Chinaplas es entender que el mundo ya no gira sobre el eje que conocíamos. Si hace 15 años el mercado automotriz en China estaba dominado en más de un 60 % por marcas extranjeras como Volkswagen o General Motors, hoy el 80 % de los vehículos son de marcas nacionales, con un liderazgo eléctrico que ha dejado a Occidente recalculando su estrategia.

Pero la transformación no se limita a los vehículos. Lo que he presenciado es la consolidación de China como el sourcingtecnológico total. Así como Chinaplas lidera en materiales, existen cientos de ferias especializadas en drones, centros de mecanizado y maquinaria agrícola. Lo impresionante no es solo la alta tecnología, sino la tecnología accesible: herramientas sencillas y eficientes que podrían cambiarle la vida a un agricultor colombiano, pero que hoy no llegan a nuestros campos o, si llegan, lo hacen con una carga de IVA y aranceles que las vuelven prohibitivas para el campesino que está empezando.

Mientras en Colombia nos hemos sumergido en una fiebre de prohibiciones de materiales y nuevos impuestos a las bebidas azucaradas bajo la premisa de “cuidar la salud”, en este lado del mundo la mentalidad es opuesta. Aquí no se gasta energía en prohibir; se invierte en tecnología para que los procesos sean más eficientes, amigables y rentables. No se castiga el consumo con impuestos punitivos; se desarrolla un entorno donde la eficiencia elimina el desperdicio.

Es contradictorio que en Colombia hablemos de “apoyar al campo” mientras mantenemos barreras de capital para quienes quieren tecnificarlo. Un dron de fumigación o una pequeña máquina de mecanizado no deberían ser lujos para unos pocos, sino herramientas básicas para todos. La verdadera libertad no es solo votar; es la libertad de ejecución: que el ciudadano pueda acceder a bienes de capital sin que el Estado lo vea como una fuente de recaudo inmediata.

La transformación de Colombia no vendrá de la mano de políticos que siguen ganando elecciones a punta de entregar un tamal. Esa es la política de la miseria. La verdadera transformación ocurrirá cuando nuestros jóvenes y nuestros campesinos tengan acceso real a la tecnología de punta que hoy se exhibe en Guangzhou. Tenemos una mano de obra envidiable y una localización geográfica privilegiada, pero seguimos atrapados en una democracia que se ha vuelto tacaña para la oportunidad.

¿Por qué no soñar con alcanzar los 200.000 millones de dólares en exportaciones anuales? Esa cifra es la meta lógica de un país donde el Estado funcione como una plataforma de habilitación que elimine las barreras de capital —aranceles e IVA excesivos a la tecnología— para que su gente salga a conquistar mercados.

Deploro, como siempre, la falta de libertad de prensa y de expresión bajo este régimen; la censura es un lastre que no le deseo a nadie. Sin embargo, no podemos ser ciegos: han garantizado una libertad económica que permite que un proyecto pase del plano a la realidad en meses. El mundo no nos va a esperar. O seguimos discutiendo trámites, prohibiendo materiales y repartiendo prebendas, o nos decidimos a construir esa nación exportadora y técnica que nos merecemos.

Es hora de que Colombia llene los contenedores del mundo con el ingenio de su gente.

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