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(OPINIÓN) Colombia nos necesita. Por: Laura Mejía Sanín

Hoy fue un día melancólico, sentada en el balcón mientras me tomaba un café, despedía a un tío que ayer dejó este plano. Prendí una vela para acompañarlo en su partida y empecé a reflexionar sobre lo efímera que es la vida. Con la mirada a veces perdida en medio de la nostalgia, derramé un […

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Redacción IFM
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Colombia nos necesita. Por: Laura Mejía Sanín

Hoy fue un día melancólico, sentada en el balcón mientras me tomaba un café, despedía a un tío que ayer dejó este plano. Prendí una vela para acompañarlo en su partida y empecé a reflexionar sobre lo efímera que es la vida. Con la mirada a veces perdida en medio de la nostalgia, derramé un par de lágrimas y me cuestioné por qué siempre somos tan jueces y tan poco aliados. Me repetí en voz baja y algo inquieta, ¿por qué criticamos en vez de hacer equipo? ¿por qué dejamos todo para «mañana», sin creer que ese «mañana» tal vez nunca llegue? Pensamos que somos inmortales, a veces incluso algo indiferentes con el mundo.

En medio de esta reflexión, me doy cuenta de algo: Colombia es, al igual que nuestra propia vida, un reflejo de lo que hacemos o dejamos de hacer. El país sigue avanzando, pero muchas veces lo miramos desde una óptica de frustración, de desilusión. Sin embargo, la verdad es que el progreso no depende de un presidente ni de unas pocas personas en el poder, sino de todos nosotros, desde el corazón de cada comunidad hasta los rincones más remotos. Es la gente que cree, que trabaja, que se levanta cada mañana con la esperanza de que puede hacer algo diferente, algo mejor.

Debemos abrazar a Colombia desde todos sus ámbitos, sin distinción. Cuando hablamos del sector privado, por ejemplo, estamos hablando de las bases de nuestra economía. Son ellos quienes han logrado jalonar el desarrollo del país con esfuerzos incansables. Es necesario reconocer el impacto que tiene este sector y trabajar más en conjunto con ellos, no sólo como parte de una estructura económica, sino como aliados en la construcción de una nación próspera y equitativa.

Y no podemos dejar de lado a quienes apuestan al arte, a la cultura y a la educación. Estos sectores, a menudo silenciados, son los verdaderos transformadores de la sociedad. El arte nos conecta con nuestra esencia, la cultura nos une y nos da identidad, y la educación nos forma, nos guía y nos da la posibilidad de soñar con un mejor futuro. Estos son los campos donde crece el alma colectiva, donde se gesta la verdadera evolución de la nación.

El sector educativo, por ejemplo, hoy tiene mucho que decir. Los docentes, los estudiantes, los investigadores… todos ellos están comprometidos con el futuro de Colombia. No podemos seguir mirando al sector con desdén. La educación es la que nos dará las herramientas para afrontar los desafíos del mañana, para construir una sociedad más inclusiva, más justa, más igualitaria. Y para lograrlo, no basta con una reforma superficial, necesitamos una verdadera revolución educativa, que empodere a todos los actores y permita a Colombia ser realmente un referente de desarrollo en el continente.

Finalmente, quiero hablar de la esperanza. Porque si algo necesitamos hoy en día es creer en nosotros mismos, creer en lo que somos capaces de lograr como nación. Mantener la esperanza no es solo un acto de fe, es un compromiso con el futuro. Es entender que cada uno de nosotros tiene un papel fundamental que desempeñar. Es darnos cuenta de que el liderazgo colectivo es lo que realmente nos hará avanzar.

Es cierto que estamos viviendo una policrisis, y hay que ser críticos con lo que está pasando en nuestro país. Pero la pregunta es qué estamos haciendo nosotros para cambiarlo. Si queremos la paz, empecemos por nosotros mismos. No critiquemos, no insultemos, no hablemos mal del otro.

¿Qué pasaría si, en lugar de centrarnos en lo que nos separa, creáramos un colectivo que trabaje en conjunto por el bien común? Un colectivo donde cada uno, desde su lugar, proponga y aporte ideas para combatir el hambre, la desigualdad, la pobreza y los demás problemas que nos aquejan. Un colectivo donde cada acción cuente, donde cada uno sienta que tiene un rol fundamental en el cambio que necesitamos.

Y si, además, organizamos tertulias relevantes, espacios de diálogo donde se pongan sobre la mesa temas incómodos, pero necesarios, que nos permitan reflexionar, aprender y entendernos mejor como sociedad. La verdadera transformación empieza en esos pequeños gestos, en la voluntad de escucharnos y sumar.

¿Qué tal si cambiamos la envidia por la admiración? En lugar de ver al otro como un competidor, ¿por qué no verlo como una oportunidad de aprender y crecer juntos? Ese cambio de mentalidad podría ser el primer paso hacia una sociedad más unida y constructiva.

Ahora, periodistas, las soluciones a los problemas también son noticia. Desde nuestro oficio también podemos transformar. No caigamos en el discurso del pesimismo en búsqueda de clics. En vez de amplificar lo negativo, sumemos. Sumemos ideas, soluciones, iniciativas que, aunque pequeñas, generen un cambio real. El futuro no lo cambiaremos con críticas vacías, sino con acciones concretas.

Abrazar a Colombia no es solo un acto simbólico, es un compromiso que nos invita a la acción. Abracémonos más entre nosotros, más allá de las diferencias, más allá de los juicios. Si todos nos unimos, si dejamos de esperar que otros lo hagan por nosotros, lograremos el cambio que tanto anhelamos. Colombia necesita nuestro esfuerzo, nuestra dedicación, nuestra esperanza. Y, sobre todo, nuestra acción.

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