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Santiago Londoño: «De las ciudades en mi vida, Medellín, Buenos Aires y París

¿En este momento mismo, concentrado densamente en su forma y contenido, qué sentido, qué sinsentido, qué naturaleza, qué simboliza, qué se lleva de ti o que llevas tú a París y por qué, cómo, desde dónde y con qué haces ese constructo, desde lo racional y sensible de lo que haces y vives allí (y has

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Redacción IFM
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Santiago Londoño: «De las ciudades en mi vida, Medellín, Buenos Aires y París

Por: Oscar Jairo González Hernández

¿En este momento mismo, concentrado densamente en su forma y contenido, qué sentido, qué sinsentido, qué naturaleza, qué simboliza, qué se lleva de ti o que llevas tú a París y por qué, cómo, desde dónde y con qué haces ese constructo, desde lo racional y sensible de lo que haces y vives allí (y has vivido y muerto), quién eres? (Excavaciones).

Para mí, todas las ciudades son la ciudad; no hay una sola que pueda excluirse de Ella. No me pasa lo mismo con los pueblos. El campo, decía Óscar Wilde, es ese horrible lugar en el que los pollos andan crudos.

Comulgo. Gonzalo Arango agregaba a propósito de Santa Elena: “Quisiera vivir en medio de este esplendor de fuerza, sol y poesía. Pero tal vez no. Esta violencia desencadenada terminaría por matarme, es demasiado inhumana. Mi alma también ama la pobreza, la aridez y las piedras”. Me persigno.

No hay lugar sobre la tierra en el que yo pueda sentirme más dichoso que en medio de ese estrés, smog, anonimato, de esa prisa, de ese olor a orina, de este ruido, de ese vértigo que se experimenta al cruzar una avenida saturada de carros que pitan como si el silencio nunca hubiera existido, que contaminan como si el aire fuera una broma de mal gusto, que están a punto de arrollarme como si los caminos del mundo hubieran sido construidos para que ellos y solo ellos puedan andar a sus anchas sin peatones o ciclistas de más que quieran incomodar la velocidad lineal de su marcha.

Detengámonos aquí que estoy sonando a Marinetti y volvamos. Decía que, para mí, las ciudades son la ciudad porque Ella alberga voces, un cúmulo de voces, una asamblea de voces. Pero no son solo las voces sin nombre que uno sin escuchar va escuchando cuando sale a comprar un paquete de cigarrillos, sino las voces del pasado que están grabadas en las esquinas; las voces transparentes, el cuerpo transparente de esas voces que convive con el cuerpo acústico de las voces presentes lanzadas al futuro como una jabalina -sigo sonando a Marinetti-; jabalina que hace presentir las voces venideras, voces todas que hacen parte de la misma peregrinación totalizante, disonante en su armonía, distorsionada en la tónica y univoca Voz de lo humano que ha ido dejando sus marcas por doquier.

Porque en la ciudad parece que no hubiera lugar virgen por conquistar, que todo hubiera sido tocado ya una vez por una mano, que cada rincón del pavimento hubiese sido ya escupido por una boca.

Será esa sensación de lo desposeído lo que tanto encanta; eso que la mirada puede a veces discernir en medio del tumulto y el vocerío incontenible. Esa cosa secreta que la pretendida naturaleza plena de árboles y pájaros pareció también guardarse para sí, obligándonos a ir a buscarla por fuera de las fronteras que trazan sus dominios. Yo soy de los que creo que toda naturaleza es silenciosa.

Óscar González me dijo una vez que Novalis había dicho que la ciudad es otra naturaleza. Esa frase me ha traspasado durante años, pero no he podido comprenderla del todo. Quizás es por eso que sigo pensando en ella.

“La ciudad es otra naturaleza”. El problema de esta frase no es pues la palabra “ciudad”, sino “naturaleza”. Toda naturaleza reserva para sí una parte, se oculta y muestra solo algunas veces signos de lo que hubo, hay o habrá en ella.

Volvamos. Que no se le haga presuntuoso a nadie que hable de mí, porque la pregunta me ha sido dirigida, así que respondo así sin más, exhibiendo lo que uno cree que es, lo que uno cree que piensa o siente, con el riesgo consabido de desconocerse al día siguiente, que en cristiano quiere decir: mañana mismo.

Yo viví 27 años en Medellín e hice parte del club de los 27 porque me fui por cuenta propia. Entonces pasé 6 años en Buenos Aires y 6 en París. Lo que hay entre las 3 ciudades es una sola calle. Una ciudad, para volver, es una sola calle larga que se tuerce y retuerce a cada rato, como si estuviera bajo el influjo de un exorcismo. Toda calle es un exorcismo; incluso aquellas que no tienen en los libros una historia, están llenas de signos. Cada muro empapelado de afiches y grafitis es como el muro de una caverna monolítica donde tantos han dejado los rastros de sus exorcismos.

Ignoro qué es lo que he estado buscando. Cada vez que visito una ciudad nueva pienso: Otras arquitecturas, caras, idiomas, comidas, climas, miradas, músicas, historias, modas y sin embargo, las mismas manos, ojos, boca, lengua, pies, piel, y la misma sed.

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