Rómulo Naranjo Naranjo (*) a cinco años de su muerte (2020-2025)
Por: Óscar Jairo González Hernández La dureza es el don más grande para el artista, dureza contra sí mismo y contra la propia obra. Gottfried Benn. Uno Cuando se conocen las personas y siempre por el relato maravilloso que ellas hacen de sus vidas, de lo que ellas tienen, de liberación del miedo y d
Por: Óscar Jairo González Hernández
La dureza es el don más grande para el artista, dureza contra sí mismo y contra la propia obra. Gottfried Benn. Uno Cuando se conocen las personas y siempre por el relato maravilloso que ellas hacen de sus vidas, de lo que ellas tienen, de liberación del miedo y de la esperanza como quería Spinoza, uno siente que es muy poco lo que puede decir de ellas. O sea, que ellas en sí mismas cierran intencionalmente lo que uno querría buscar en ellas, sin que ellas lo sean totalmente conscientes de ello.
Lo que quiero decir, es que en ese acercamiento, prevenido y desprevenido, previsible e imprevisible, posible e imposible hacía y en el otro, se queda en todo momento en una muy “evidente” aproximación. Las evidencias nos han hecho abandonar el rastreo de los indicios, los intersticios y los incidentes, que son conocidos por la pasión, el entusiasmo y la emoción, lo que Remo Bodei llamaba la «ciencia intuitiva”.
Eso es lo que yo experimentaba, con Rómulo Naranjo. Y lo que puedo saber de él, él me lo decía y lo expresaba con certeza; pero queda abierto allí mismo lo inexpresable y lo in/manifestado para el que lo escuchaba y para el que lo había leído (y todavía lo escucha y lo lee), principalmente en sus ensayos y en su poética.
Y es que su manera de abordar el mundo era, para él, inseparable de lo vital como materia que llena su palabra y de lo indefinible, que lo llamamos así, porque nunca sabremos si es lo imposible, o la muerte, o el misterio, o lo real. Nunca se ha dicho. He ahí lo que le da el carácter y el destino. El carácter por aquello que ha decidido ser, con toda la imposibilidad y la posibilidad que ello contiene y el destino porque ha sabido hacerlo y formarlo.
Carácter hacia la transparencia y tensión constante, hacia la insoslayable tarea de «deshacer entuertos», para decirlo con el Quijote de la Mancha, una de sus mayores obsesiones. Rómulo es, para mí, la insolencia total y liberadora, la del artista. Todo hombre ha de tener un arte para hallar en la realidad lo que busca y hallarse en lo que encuentra. Dos Rómulo Naranjo, no ha estado expuesto al impulso instintivo del destino, sino al impulso dador de la razón y de los principios de la vida.
Él ha llevado la vida hasta donde ese impulso racional, mesurado y coherente lo reclama; por ello mismo, el exceso ha sido su medida. Ya la «Doble Vida» -G. Benn- que hay que tener, no por uno y no porque uno lo querría, sino porque otros lo quieren y es más, que nos incitan a hacerlo, nos la hace conocer por medio de sus reflexiones y sus escritos; como lo extraemos de su soneto «Súplica Elemental»: Para el hilo que aún resta en mi madeja/solo pido, Señor, cosas sencillas,/por ejemplo el adiós de las orillas que despiden al río que se aleja, (…)/».
La vida es lo indefinible y esa fue su postura: relacionar la vida como bios prácticos y el bios teorikhós, praxis y teoría, en la cual encontraba lo que necesitaba y a la vez lo vivía en lo inconmensurable e inabarcable; y como dice Jaspers de Dios: «Dios es lo inabarcable». El trabajo era para él: de la lectura, del libro o los libros, del amar y del criticar, del polemizar y del resistir en lo irresistible; hacerse a una estética de la observación y meditar.
Ese observar y meditar, son el arte de descifrar, el arte del descifrador, que no es la “técnica” del explicar o de la explicitación; es el arte, como lo dice Baltasar Gracián: «(…) Pero, ¡qué gran arte aquella del descifrar! -ponderaba Critilo-. No sé qué me diera por saberla, que me pareció de las más importantes para la humana vida». Extraer de los libros y de la realidad lo que necesita y lo que lo necesita.
Él nunca tuvo opinión, sino pensamiento; porque sabía que opinar no es lo mismo que pensar. Hay diferencias entre una y otra. Rómulo era un lector leído también por los libros, y es más: trabajado por los libros. En que “Tabla de las Maravillas”, podría escribir: «Yo soy el que ha sido trabajado por los libros». Bien, quiero decir, en la biblioteca, porque la biblioteca, es una tumba; y quizá no tan “fantástica” como sí lo es para Michel Foucault cuando habla de Flaubert (“La biblioteca fantástica”).
Tres Quizá todos pertenezcamos al reino de lo incomprensible, pero buscamos hacer comprensible la realidad de lo que somos y de la prueba en la que seremos. Lo que hacemos aquí es hacer comprensible lo incomprensible, más no interpretable, y Rómulo ha sido ese observador metódico de ello, y lo ha sido como lector. El lector que se escribe en el libro que lee.
En él, la lectura era el imán que lo movía y lo poseía; pero esta lectura no es solamente la de los libros, sino la de la realidad, por eso mismo era crítico y sensible, melancólico y dramático, ironista y sensual. Nada más hermoso que su hedonismo de lector; o lo que yo una vez llamé: el lector libertino. Eso quiere decir, que la lectura es la que hace el mundo y realiza los sueños, hace que experimentemos lo desconocido y que nos sintamos vulnerados y quebrantados, por lo que otro dice haber visto. La lectura es la que pone a prueba su misterio y lo inexpresable. Él nos hace decirnos, y quizá ahí radica también su virtud y su sinceridad.
La sinceridad del Decir, como la concibe Emmanuel Levinas-; porque sabía escuchar, porque tenía oído para todo y porque tenía ojo, el ojo en perspectiva renacentista, que le propiciaba y le hacía viable lo que decidía y lo que hacía visible de su destino; ya que el destino no se consuma en la muerte, sino que el destino se visibiliza y materializa en la vida. Carácter y destino son para mí los que constituían el vaciado y la forma de la vida de Rómulo Naranjo. El carácter es dialéctico, y la oratoria su retórica. Hay que tener un tratado y un arte de la retórica sin ser “retórico”, que dice es de su “decadencia” y no de su poder creador como el fundamento Aristóteles.
Lo que sé, ahora que escribo aquí, es que no todo podrá nunca decirse de un hombre, y que siempre quedará ese “Todo” por ser dicho. Es lo inconmensurable, lo que el cuerpo de un hombre nos pone delante de sí. La duración y a la vez lo que no dura, la huella de lo destruido y de lo indestructible.
Notas: Bodei, Remo. Geometría de las pasiones. México. Fondo de Cultura Económica. 1995. Been, Gottfried. Doble vida y otros escritos autobiográficos. Barcelona. Barral Editores. 1972. Gracián, Baltasar.
El palacio sin puertas (El críticon). Antología. Monte Ávila Latinoamericana. 1995. Foucault, Michel. La biblioteca fantástica. Revista Eco. Bogotá. Nro. 167. 1974. Levinas, Emanuel. Dios, la muerte y el tiempo. Madrid.
Ediciones Cátedra, 1994. (*) Rómulo Naranjo Naranjo (1929-2020). Normalista de la Escuela Normal de Varones de Medellín. Exprofesor de la Universidad de Medellín, Universidad Nacional, sede Medellín, escritor y ensayista.
Exsecretario de Educación de Medellín. Exdirector de las Revistas: Universidad de Medellín, Con-textos, y Avanzada. Fundador de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Medellín.
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