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“La novela la escribí porque sentí la necesidad visceral de hacerlo”

Por: Óscar Jairo González Hernández ¿En qué momento y por qué puede concretar, si ello es así, ese momento en que comenzó a concebirse Las azules tan lejanas, qué lo llevó a ello, dónde radica su relato en lo esencial y básico del mismo, y que busca proyectar en su tentativa, en su estética y [&hell

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Redacción IFM
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“La novela la escribí porque sentí la necesidad visceral de hacerlo”

Por: Óscar Jairo González Hernández

¿En qué momento y por qué puede concretar, si ello es así, ese momento en que comenzó a concebirse Las azules tan lejanas, qué lo llevó a ello, dónde radica su relato en lo esencial y básico del mismo, y que busca proyectar en su tentativa, en su estética y qué dimensión tiene el mundo real o el mundo de los sueños en ella; qué contenidos críticos o qué naturaleza crítica tiene, también?

Fue en un momento difícil para la humanidad y difícil para mí. Si bien es cierto que la humanidad desde siempre ha vivido en tiempos difíciles es sabido que la historia de la humanidad es la historia de la guerra, también es cierto que no había sucedido antes que todos los países al mismo tiempo estuvieran en guerra, como sucedió cuando fuimos atacados por el Covid 19.

Todos los hombres y mujeres del mundo estábamos amenazados de muerte por el enemigo invisible. Entonces la mayor parte de los países del mundo le declararon la guerra al ejército asesino y microscópico.

Y lo mismo hicieron casi todos los hombres y mujeres del planeta, al tiempo que se protegían para no enfermar y morir a causa de la peste esparcida por el enemigo. Yo también le declaré la guerra y así lo hizo Federico, el héroe de la novela.

En ese momento empiezo a concebir la obra en mi cabeza y empiezo a escribirla. Era el mes de marzo de 2020. La novela la escribí porque sentí la necesidad visceral de hacerlo. Todo lo que escribo nace de esa necesidad, ese instinto incontenible, esa pulsión escritural que mueve mi voluntad a buscar papel y bolígrafo para contar una historia o dibujar las palabras de un poema.

A escribirla me llevó, en primer lugar, esa necesidad visceral. Pero también tenía la necesidad y el deseo de hacer soportable el encierro, la cárcel a la que nos sometieron los gobernantes y el enemigo invisible y asesino.

El relato es simple, la anécdota es sencilla: Un médico equivocado de profesión, después de dar tumbos por la vida, vino a recalar al oficio de tabernero en una ciudad colombiana y se vio obligado a cerrar la taberna porque la humanidad estaba siendo atacada por un enemigo invisible y la mejor manera de protegerse de ese enemigo era evitar el contacto social y que todas las personas permanecieran encerradas en sus casas.

Federico, que así se llamaba el tabernero y narrador en primera persona de la historia, años después de terminada la guerra contra el enemigo invisible, regresa a uno de los lugares donde vivió el encierro, la finca que fue de sus padres. Ya encuentra la casa en ruinas, pero aun así se sienta sobre los escombros a escribir la historia, es decir, su historia en tiempos de la guerra contra el enemigo invisible, el Z91.

Lo hace porque Federiquito, su hermano muerto, le pide en un sueño que le narre lo sucedido en tiempos de la guerra. Federico se sienta a escribir el relato para leérselo a su difunto hermano en la honda noche de los sueños. Allí narra, entre otras cosas, cómo sorteó las dificultades del encierro en tres lugares, en tres “cárceles”.

Cuenta también cómo él y su novia, en la ciudad, se encontraron de frente al enemigo y tuvieron que padecer las terribles consecuencias de ese encuentro. Ahí está resumida la anécdota de esta novela titulada Las azules tan lejanas. Pero en una novela la anécdota no es lo más importante, es solo un pretexto. La sustancia valiosa de una novela está más allá de la anécdota. En ese más allá un lector sagaz podrá ver el espíritu de la obra donde anidan las terribles verdades de lo humano.

Hasta ahora mi apuesta estética cada vez que escribo un relato de ficción o un poema es trabajarlo con constancia, paciencia y disciplina hasta que pueda ver ante mis ojos un objeto al que pueda nombrar como una obra de arte. Porque escribir excelentes novelas, excelentes cuentos o excelentes poemas es un arte y de esto no me cabe ninguna duda.

Heidegger dijo algo que yo nunca olvidé: “Poesía, así con mayúscula, es la esencia de todo arte verdadero”. Puede leerse también de esta manera: “Hay arte verdadero allí donde hay Poesía”. Llevo años reflexionando sobre el concepto de Poesía. Hoy pienso que Poesía es belleza en el sentido más estético de la palabra.

Lo bello y sus formas es Poesía. Y hay una belleza que no se ve con los ojos pero se siente y se presiente con el espíritu, también esta belleza es Poesía. Cuando he trabajado mucho un texto, en un oficio que parece el de un orfebre, y empiezo a ver allí el resplandor de la belleza, el resplandor de la Poesía, entonces me digo: Estoy a punto de lograr una obra de arte.

Las azules tan lejanas es una obra de ficción. También podría decir que es un sueño de 220 páginas. Un sueño que soñé despierto al mismo tiempo que lo escribía en un trayecto que duró cuatro años. Y en ese texto introduje sueños que soñé en la noche y los escribí en mi diario para después convertirlos en ficción, en sueños soñados por el personaje Federico.

Entonces esta novela es sueño, sueño diurno o fantasía y sueño nocturno. Y esta novela también es real, ¿Qué es más real que un sueño? ¿Qué es más real que el inconsciente? Haciendo eco a las palabras de Calderón de la Barca, la vida es sueño. O podemos hacer coro con Shakespeare para decir que la vida es un cuento absurdo y sin sentido narrado por un idiota.

En esta novela veo contenidos críticos en dos sentidos: Uno: El protagonista es un lector que por momentos se adentra en comentarios críticos sobre obras que lee, por ejemplo, de William Ospina y Fernando Vallejo. Dos: El protagonista Federico, en sus reflexiones, en sus monólogos escritos o pensados, es un duro crítico de aquello que cojea o no funciona adecuadamente en el mundo humano.

Entonces hace duras críticas a la estupidez de hombres y mujeres en todas sus manifestaciones. Critica la ambición de poder y riqueza material que desencadena casi todas las guerras en el mundo y un sinnúmero de conflictos políticos, familiares, personales y de todo tipo. Federico, lector de Baruch Spinoza, la emprende contra esas pasiones tristes que deterioran la vida de hombres y mujeres en todas partes.

De manera sutil, el personaje también hace duras críticas a la realidad social y política de Colombia, realidad mezquina de un país gobernado durante siglos por cafres codiciosos e ignorantes.

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