Joan Jiménez Hincapié: “A veces la grieta es delirio que expande otras”
Por: Óscar Jairo González Hernández ¿Dónde y en qué momento concibe usted y tiene conciencia, o se dice a sí misma, tener conciencia de que es una grieta, qué grita en usted desde allí o qué no dice, o cómo dice de su grieta, de sus grietas, que la formaron, que la forman, y si …
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿Dónde y en qué momento concibe usted y tiene conciencia, o se dice a sí misma, tener conciencia de que es una grieta, qué grita en usted desde allí o qué no dice, o cómo dice de su grieta, de sus grietas, que la formaron, que la forman, y si hay una catarsis que se dé para liberarse de ella, o está poseída y consumida o no por la realidad y la inminencia de la realidad de agrietarse, de ser grieta en su mundo, en su visión del mundo, como el delirio o la razón, en sí mismas, que la proyectan o no; y cuál su relato, y de la densidad transformadora de la conciencia de ser o tener grieta?
La grieta es más que un desgarramiento o fisura del espacio temporal; es el lugar donde la realidad se suspende, donde el tiempo se deshace en estratos y la conciencia se vuelve capaz de verse a sí misma. Es una hendidura que atraviesa tanto la materia como la imaginación, un umbral en el que la experiencia abandona la linealidad y se transforma en resonancia.
En ella, lo que parecía estable revela su condición frágil, y lo que estaba oculto adquiere voz. Desde esta doble comprensión, la grieta emerge como un dispositivo creador. Es la alegoría del desbordamiento que permite al ser cruzar hacia territorios inéditos; es también la herida donde la luz encuentra un pasaje, la interrupción que abre la posibilidad de un mundo otro.
En la grieta, la memoria, la intuición, el trauma, la belleza y la incertidumbre conviven sin jerarquías. Allí, el tiempo no transcurre, palpita. Allí, el sujeto no solo contempla lo roto, se reconoce en la fisura, se nombra desde ella y a veces incluso decide habitarla. Tal vez en el instante en que la línea de lo cotidiano se quiebra y la imaginación deja de obedecer al ritmo de lo habitual. Cuando una fisura, visible o secreta, irrumpe en mi identidad y me obliga a escuchar un murmullo que no proviene del afuera, sino desde lo recóndito del ser, eso que constituye el inconsciente.
Allí ocurre, no como un pensamiento articulado, sino como una percepción súbita. La conciencia de la grieta aparece cuando descubro que lo que creía entero estaba sostenido por una tensión demasiado fina, una palabra no dicha, un recuerdo que pulsa, un deseo que se niega a morir.
La grieta emerge en mí cuando el pasado asoma en el presente, cuando el futuro se vuelve posibilidad que reclama espacio, cuando el tiempo deja de ser secuencia para transformarse en cámara de resonancia, amplitud de la percepción de los sentidos y el pensamiento, que altera el plano temporal en el que se pretende actuar o construir como ente social, productivo.
No es una grieta que busca destruirme, sino una que exige ser mirada. Una que me arranca de la superficie y me invita a ese intersticio donde la identidad se reconfigura. Allí entiendo que la fisura no es solo herida, es umbral. Es la zona donde lo que soy se desoculta, donde lo que puedo ser comienza a aflorar.
A veces. Pero la catarsis no consiste en sellar la abertura, sino en comprender su función. Liberarse de la grieta no significa cerrarla, significa aprender a respirar dentro de ella. La catarsis es aceptar que la grieta también sostiene, que la luz necesita un borde para filtrarse, que el exceso de continuidad asfixia y que la grieta es un llamado a recomponer el sentido desde otro lugar. Ambas cosas, hay grietas que se abren sin permiso, irrupciones de lo real que nos desordenan.
Pero hay otras que uno mismo cultiva como un acto de desobediencia poética, fisuras que se vuelven atajos hacia la creación, hacia el pensamiento, hacia una forma más honesta de ser en el mundo. A veces la grieta es delirio que expande, otras, razón que desoculta. En todo caso, es siempre la marca de que estoy vivo. Mi relato, entonces, es este, soy la continuidad que se fractura y la fractura que se vuelve umbral.
Soy las grietas que heredé, las que me formaron, las que aparecieron como relámpagos en momentos decisivos, y también las que yo mismo abrí para escapar de la inercia. Soy el espacio donde la luz entra y donde el tiempo se conjuga. La grieta es mi alerta, mi apertura y mi posibilidad. No la temo, la habito, porque sé que, al final, la grieta no es aquello que me rompe. Es aquello que me revela.
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