Francisco Mejía: “La membrana de mi poética es un espejo poroso que se interpone entre la realidad y la incertidumbre”
¿Tiene conciencia en sí mismo, en sus membranas tentaculares y en los movimientos sensibles, en esa rotación y traslación de los sentidos, de cuándo, en qué momento y cómo se concibió realizarse este libro, qué intensión y tensión resuelve o no, que como decía Michaux de “conocimiento por los abismo
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿Tiene conciencia en sí mismo, en sus membranas tentaculares y en los movimientos sensibles, en esa rotación y traslación de los sentidos, de cuándo, en qué momento y cómo se concibió realizarse este libro, qué intensión y tensión resuelve o no, que como decía Michaux de “conocimiento por los abismos”, lo contiene, lo interviene, lo extasía, lo excita hasta el delirio, sí o no y por qué; por qué lo tituló “Baile de Máscaras”, de que se trata y cuál es el carácter y formación que este libro le proporciona o provoca a su destino como poeta y a la poesía?
Inexplicablemente, todo parte de aquel abismo sinuoso, indecible, indeleble, que nos habita desde el antes de haber nacido –hibernación en el útero de la nada— cuando la realidad ilusoria, es infiltrada por el accidente: El ser cacheteado por una hoja, así, como una veleta direccionada por un viento de costado o, en su defecto, el ser lacerado por las esquirlas ominosas del azar, ocasiona un movimiento de translación, no escrito, ni destinado por ninguna voluntad absoluta.
Ningún movimiento es regido por otro movimiento consciente, es como ahondar al azar en la alteridad, en el hecho, fenómeno intuitivo de inmersión ¿Qué más tensión entre los elementos que nos contiene, que la misma incertidumbre que provoca el entendimiento, la razón o sin razón, que incita a bucear las aguas telúricas del misterio con la escafandra del delirio, tras el viril deslumbrante de opacidad, del paraíso necrótico de salvación?
Pienso que la “intención” es un impulso involuntario de supervivencia, inherente a una fusión racional-intuitiva con la impronta misteriosa e incomprensible en la superficie del gran abismo. Considero a esta, como una memoria ancestral-genética antes del comienzo en el ágora de la nada. La fuente: Ella dicta, desde la herencia “salvaje”, un legado sensible al cuerpo, como membrana de observación creacional en forma o texto. Más que una necesidad formativa de expectación, es un auscultamiento en relación con el “otro”, con el “uno”, las dimensiones originarias y la relación entre la Naturaleza humana y lo salvaje, “Hombre y Bestia”, materia binaria indisoluble, espíritu velado por la máscara, la moral y la estética.
La máscara provoca al pensamiento un temblor fabuloso. El reflejo de un mundo ignoto y sibilino sombra vigorosa de la luz, debelarla temerariamente, permite saltar de la guarida. Ella danza el juego del azar: seducción, idilio, movimiento, ritmo, palabra, y juega con un todo, quebrado, despedazado, sorpresivo y excitante, en la dimensión de la cotidianidad transvalorada, permitiendo mutación, metamorfosis, y experimentando el otro yo del territorio inhabitado del “afuera”, para ser colonizado por la “Bella bestia”, que libre, trasciende depurada, conciliando su naturaleza apartada de dogmas, ideologías y censuras.
¡Enmascarémonos, desenmascarémonos! Sólo queda derramar luz sobre la arena, descender lentamente, a la honda obscuridad de las aguas dulces y, mirarnos como tortugas, sin corza, sin palabras, sin ojos, ni sol, ni movimiento en la nada. Nunca tuve una revelación como arte iniciático de formación, fue el azar en el tránsito a través de un sentimiento atormentado, “nostalgia óntica” por el laberinto de la vida, ocasionando un “estallido poético”, emoción que antecede al impulso-fuente, instinto vernáculo del pensamiento, no como certeza, sino, como un sentimiento opinatorio.
En consecuencia, la “intención” no existe en mi poética, como si, el albur de la materia y sus partículas efervescentes con una rotación bella y despiadada, rozando indistintamente con seres y cosas, conectadas a frecuencias y sonoridades. La membrana de mi poética es un espejo poroso que se interpone entre la “realidad” y la incertidumbre, que obra instintivamente como mecanismo de defensa, para la subsistencia en el abismo telúrico de las sustancias propiciatorias.
Más que “razón del delirio”, es la fuerza creadora que obra en la obra, en un espacio de tiempo inconsciente. El libro “Baile de Máscaras” se podría decir que es el continuum de “Una Lúcida Locura”, obra que penetra el conocimiento con la tentacular poética de la subjetividad intuitiva de lo irracional, aproximándose temerariamente al universo de los sentidos. Allí, en el teatro de las apariencias, la “angustia óntica”, la danza existencial por la prevalencia, una puesta en escena tras un telón de bambalinas espejeantes, donde se amaina el escozor de la incesante presencia del vacío, con artilugios rimbombantes edulcorados de bondad.
La “Máscara” se hace protagonista en el vestuario de las utilerías, para la obra de la “Gran obra” en el constructo humano de las apariencias o, la banalidad en los afanes perentorios de las gentes. Cada gesto inspira la máscara del día siguiente, aunque solo sea el hecho, un reflejo, como el de apartar tan solo el pelo de la frente. Tampoco tuve un requerimiento fundamental para pintar o escribir, soy observador de nacimiento, cuya intención es entender el objeto que se mira y cómo se puede representar sin imitarlo.
El pintor fenece como todo y, las imágenes siguen plasmándose con palabras… Es la misma poética que muta en “Baile de Máscaras”, pero con la vertiginosa dinámica de una voz escrita, con la levedad del soporte, o sin él, en inmateriales figuras de palabras que concilian en una sinergia de forma y contenido, trasciendo el hecho y la costumbre. En el teatro de los antifaces reposan las tinieblas prohibidas, los prismáticos ocultos de la realidad distante para no imaginar como imaginamos, no sentir como sentimos, no ver como miramos, no amar como amamos, no ser como somos y, no vivir como vivimos.
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