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En la muerte de David Lynch

Cuando estamos ante la muerte, o sea, ante eso que podemos llamar sin más, lo irrevocable, no es lo mismo que estar ante la vida, ya que la vida no es la muerte, o no está hecha para la muerte, porque la vida misma, no lo sabe, no es consciente de ella, o nadie quiere ser consciente de ella, porque

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Redacción IFM
7 min lectura
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En la muerte de David Lynch


Por: Óscar Jairo González Hernández

Cuando estamos ante la muerte, o sea, ante eso que podemos llamar sin más, lo irrevocable, no es lo mismo que estar ante la vida, ya que la vida no es la muerte, o no está hecha para la muerte, porque la vida misma, no lo sabe, no es consciente de ella, o nadie quiere ser consciente de ella, porque no necesita serlo ni tenerla. Y sí, la tiene tampoco puede resolverla, sino vivirla con más intensidad dramática que otro que no la tiene. Por eso, entonces se nos indica que debemos vivirla intensamente, pero no se nos dice que hay que vivir hacia o en la muerte, con la misma intensidad. Y de estas maneras, vivió el artista David Lynch, hasta el momento de su muerte.

Como entonces, la vida es una decisión que se tiene que mantener, la de Lynch, al observarla, dado que él también la observó desde sí mismo, entonces hizo con ella arte, llevo una vida en el arte, desde todas las formas que contiene, tiene, lleva y transparenta en la vida de un ser humano, David Lynch (1946-2025).

Y se involucró con todas las artes, dado el desarrollo que le provocó a su sensibilidad, extremándola en el orden de sus relaciones y tensiones. Tensión del creador que transforma su mundo desde lo que la estructura que formó para ello, lo propiciaron; se lo propiciaron a él, a nadie más, porque cada artista construye su método, diremos así. Y esa es su causa. Y la hace su causa. Que es la de hacerse artista, formarse, darse ese destino, entonces, como la muerte, irrevocable.

Ya que nadie puede decidir por uno, ser artista o mantenerse en su vida como artista. Y así lo vivió Lynch. Del vivir de Lynch podemos decir, que lo hizo como artista, al tener la conciencia necesaria que conectaba con la decisión, de manera inescindible. Conciencia (Dentro de todo ser humano hay un océano de conciencia vibrante, pura.) que le lleva a la decisión, decisión que a su vez, le lleva a la interpretación de la realidad de la vida, de examinarla, considerarla, en sus condiciones elementales de misterio. Fascinación que sentía por las insólitas formas del misterio, que le evidenciaban la necesidad de una resolución surrealista, tenida o sostenida sobre y desde lo inconsciente (o inclusive, lo que él llamaba: sueño).

Y así lo proyectaba a su destino, al de su estética: Me encanta la lógica de los sueños; sencillamente me gusta cómo funcionan. Ese mundo de Lynch, de sus estéticas, está dominado por esas relaciones que estructura para sí. Y eso entonces, va estructurando en su mundo, lo hace concibiendo la idea, le propone y le hace avanzar en la construcción de ese mundo desde el arte o para el arte que son desarrollos trascendentales de su sensibilidad creadora (Una idea –nos dice- es un pensamiento. Es un pensamiento que abarca más de lo que crees cuando se te ocurre. Pero en ese instante salta una chispa…)

Que trascienden las denominaciones, en las que le podamos insertar o incrustar, que le resultaban, solo a él, medios para llevar a su realización su mayor intención en la construcción de lo que llamo: Meditación trascendental, vaciada en su libro: Atrapa el pez dorado. Donde Lynch nos dice de toda su teoría sobre lo que hizo en el arte, desde donde lo hizo, como lo intervino y como hizo entonces, lo que conocemos o se conoce como cine (contar historias, en la medida, en que esa historia, está transformada por los movimientos indecibles de la invención), pues toda su meditación, estaba allí exhibida, hecha evidencia oscura, extraña y rara. Ya que esa era la manera de hacer lo que hizo. Y allí están entonces, ese trayecto que hizo en el cine, desde Cabeza borrada (1977), de la que dijo: Es mi película más espiritual. Nadie me entiende cuando lo digo, pero es así, hasta INLAND EMPIRE (2006), y considerando todo lo que hizo en medio de esos dos momentos esenciales de su vida como artista total, como en El hombre elefante (1980), Terciopelo azul (1986), Corazón salvaje (1990), Twin Peaks (1990-91), Carretera pérdida (1997), Una historia verdadera (1999) y Mulholland Drive (2001).

Tratados del cine moderno, de la estética moderna: dadas sus características tendencialmente maniobradas hacia lo extraño en lo extraño y de lo extraño, fantástico o delirante que vivía Lynch, en sus mundos, en sus visiones. Es así como también, para la construir su estructura estética, Lynch observó que le era necesario lo espiritual, que era sustancial la intuición (La vida está llena de abstracciones y la única manera de entenderla es a través de la intuición.

Intuición es ver la solución: verla, saberla. Es la unión de la emoción y el intelecto. Algo esencial para el cineasta.), que se hacía irreversible tener trato con el sueño, como ya hemos dicho; que le era básico en su forma el deseo (…Todo empieza con el deseo.), y en medio de todo ello, la Biblia, como libro de revelación, que necesito por un momento en su vida, para resolver lo que tenía resolver por medio de ella, en ese su mundo, en esa su visión del mundo, ante el obstáculo que se dio cuando estaba haciendo Cabeza borrada.

(…De modo que saqué la Biblia y me puse a leer. Y un día leí una frase. Y cerré la Biblia, porque ya estaba…). Lynch, pues, buscó comunicar desde unos medios, lo que le eran necesarios, los que eran sustanciales a su proyecto de comunicar su estética, y que buscó comunicarnos en todo lo que hizo. Y desde ese comunicar, que le traía problemas, con la visión trascendental del mundo, que quiso realizar, que no era lo mismo vivir una realidad, que por sí misma, puede estar absolutamente en contra de lo que se quiere vivir en otra dimensión. Otra escena de la vida.


Queremos decir, que hubo también en Lynch, una decisión sobre cómo vivir, que se racionaliza, pero que esa racionalización no lo realizaba totalmente. No la cubría. No puede abarcarla. No se sabía cómo contenerla. En lo que llamamos, el movimiento iniciático de la vida hacia la muerte, la media racional, no nos propicia hacerlo tranquilamente, sino que tiene demasiadas fricciones con uno mismo, ya que uno (Lynch) no quiere vivir así, no se quiere vivir la muerte de esa manera. Como un místico que no tiene sino a Dios, para hacer su vida, y realizar su muerte. O todo o nada, es así.

Ya Lynch en este momento de su vida, alcanzó entonces, como artista consciente de la estética con la que vivió, una conciencia desde la puede decirnos, con mayor fuerza, aquello que nos dijo en su tratado de la vida, Atrapa el pez dorado: “Sentarse frente a un fuego hipnotiza. Es mágico. Me ocurre lo mismo con la electricidad. Y el humo. Y las luces parpadeantes. Todo esto, que él ahora no tiene para sí, pero que nos ha dejado indestructible a nosotros, que le seguiremos ante su muerte. Y ante nuestra vida como los que le “conocimos”, por el arte que hizo, que nos deja, tal como él lo enseñó. Y a los que le quieran ver, escuchar y sentir en su nuevo mundo irrevocablemente contenido, allí está.

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