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(EDITORIAL) En la ciudad: un magazine se expone y la expone

Las ciudades no necesitan que los ciudadanos las constaten o las corroboren. En ellas mismas no necesitan probarse.

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Redacción IFM
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(EDITORIAL) En la ciudad: un magazine se expone y la expone

Por: Óscar Jairo González Hernández


Las ciudades no necesitan que los ciudadanos las constaten o las corroboren. En ellas mismas no necesitan probarse. Nadie requiere probarlas, como quien busca ser corroborado en su verdad, porque la verdad se está haciendo en cada momento de sus movimientos, por eso mismo los hacen sin que nadie le indique o le muestre o le haya tenido que formar para hacerlo.

Tiene movimientos como de danza, porque ella misma hace danzar, es su carácter indeterminado e incondicionado. No pone condiciones la ciudadano para vivir, las establecen y las determinan quienes viven en ella, porque así tiene que ser, es un deber ser para los que hacen su vida en ella. Y cuando la observas haciendo una relación que va de lo extrínseco a lo intrínseco, se evidencia al yo de cada ciudadano que le fascina lo incondicionado.

Propone una naturaleza, pero puede ser otra. O no ser nunca naturaleza como la conciben los ciudadanos, porque ella les extravía, los hace, además, extraviarse. Eso se observado por quien iba a una exposición de la historia como un espectador (quién también, la hace como tal) y se encontró con que era la historia de un Magazín Dominical. Del Magazín Dominical de El Espectador.

Todos nos encontramos con lo que había sido su historia, en esta ciudad, donde se había fundado ese medio de comunicación, que ahora comunicaba entre sí a los ciudadanos de la urbe, tanto a los que sabían de él o habían participado en él, en el desarrollo de su historia, porque el MD., como se le decía, era también de las ciudades, o tenía una tendencia a ser leído en las ciudades de formación, En la ciudad, se vivía ese nexo comunicable e incomunicable.

En medio de ello, entonces escucha hablar de la historia del M.D., a quienes la hicieron, la están haciendo todavía. Y se instala allí. Quiere encontrar, hacerse encontrar del otro o de los otros. Es como si esa nueva ilación se hiciese sobre las masas de sentido o sin sentido que han formado su historia, también. Porosa. O no. ¿Qué será? Observa, la exposición, lo que le dicen. O lo que le “hacen” decir. Es su historia, provocada, así como Gottfried Benn hablará de la vida provocada, él la llama, historia provocada. No maniobrada por intereses que no sean los de la verdad, si ello es realizable de esa manera, como verdad. Como conoce el M. D., se contrae ante lo que se observa y escucha. Y por esas contracciones siente que se transforma en un animal extraño.

Tiene que hacerlo así, es su inclinación estética. Y no se somete sino a sí mismo; no es nada más que una necesidad, como la ostra tiene necesidad de ser ostra. Y cuando sale de allí de la Casa de la Cultura CONFIAR (Esquina de Caracas con Sucre), que es la sala de exposiciones, camina, porque le han dicho que la exposición cubre y abarca también, este trayecto en la ciudad, con el M.D., hacia la Plazuela San Ignacio, porque allí, han instalado, unos paneles que son y proponen de manera inequívoca, la continuidad de la exposición (la “misma” donde los nadaístas quemaron libros). De la sala de exposiciones (del interior) a la plazuela (de lo exterior), y quizá, después, al revés, de la plazuela a la sala de exposiciones. Considerando arbitrariamente, como podría hacerse este nuevo trayecto y todo lo que podría contener o todo lo que podría ser vaciado.

La ciudad contenida y vaciada del contenido de nosotros mismos. Decide cuál será su trayecto hacia la Plazuela. Es como cuando tenía el MD., lo llevaba para instalarse en él, como se instalaba en la ciudad. O sea un encuentro o un encontrar con los textos o las ilustraciones del MD., o el encuentro o el encontrarse con los otros, porque en la ciudad se leía el MD. Y corroboro después, que había muy pocos lectores de, por decir, la revista FMR de Franco María Ricci. No hace comparaciones, hace paralelos, traza paralelas, es geómetra (La ciudad geométrica, de la que trata Jean Starobinski).

Y en ese trayecto, nada de la casualidad sino todo de lo que quiere causar al y en el trayecto, se encuentra con el busto de don Fidel Cano, fundador de El Espectador, en la Avenida La Playa, pues decidió intempestivamente ir por ella, desde la calle el Palo a alcanzar la calle Girardot, haciendo mixturas en el trayecto. ¿Por dónde ir y para qué, qué podría encontrar o quien lo encontraría).

Consuma así, el ciudadano el trayecto, al abrirse ante él, espléndidamente, como se abre el horizonte, la exuberancia hermosa de la Plazuela, con la exposición del MD., para ser leído por todos en el mundo de la ciudad que forma, que nos forma, como lectores esperados e inesperados que allí querrán saber de cómo viven o cómo podrían vivir, cómo o desde dónde se resuelvan a hacerlo a su manera, eso es; con su vida o sus vidas. Y en los mundos que se le muestran, y que también él o ella, han de decidir que quieren mostrar, como una comunidad que está en movimiento, y que deviene radiante en su marcha. Esperada e inesperada.

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