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En la biblioteca del mundo: tres en el camino del abad

Viajamos por nosotros mismos, cuando estamos viajando, resulta que no lo hacemos o nunca lo hemos hecho en nosotros mismos, sino que hemos viajado en el mundo, en medio de la realidad o de las realidades que construimos.

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Redacción IFM
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En la biblioteca del mundo: tres en el camino del abad

Por: Óscar Jairo González Hernández.


Viajamos por nosotros mismos, cuando estamos viajando, resulta que no lo hacemos o nunca lo hemos hecho en nosotros mismos, sino que hemos viajado en el mundo, en medio de la realidad o de las realidades que construimos. Delirantes viajeros, como Bruce Chatwin, del que nos quedan relatos extraordinarios, sublimes, kantianamente hablando, y así.

Como cuando hacemos un viaje por una ciudad que está en nosotros mismos. O la ciudad que de todos los otros, como en el viaje que hace el personaje Leoncio, del libro de relatos de Luis Fayad: Un espejo después, por decir de un libro de relatos. Que de por sí, constituye el libro de todos los relatos que se han escrito o los que no, o los que están por venir, como aquello que se da una y otra vez, en la vida de uno mismo y en la vida de los relatos, aquí, los de viaje.

Viajamos pues, sin que podamos decidirlo, cubriendo una necesidad o un deseo. Concomitantes a eso. Concordancia de la vida del viaje. Delirantes viajeros, como Bruce Chatwin, de los que quedan relatos extraordinarios, sublimente kantiamente hablando, y así.

También, los de los viajeros que no escriben relatos, que lo hacen a otros, que se los dicen desde su fascinación de relatadores. Viajeros cósmicos, también existen. O ese otro viajero, que viaja por la naturaleza buscando las texturas de las rocas. Cada quien, hace entonces, su viaje, crea sus rutas, hace pues sus “hojas de ruta”, para tal realización.

O quizá, no tiene necesidad de la hoja de ruta, sino ser lector de las hojas de la hierba a la manera de Whitman. O crea, como hemos dicho, su manera, para hacerlo, su viaje lo construye él mismo, o lo destruye, o sea, coincide con un carácter del destino del viajero, porque ya no son ellos mismos, sino que ya son de la sustancia, de la materia del viaje.

Quedan hechos a la medida del viaje, a la sustancia de hacerlo. Y esa es la concomitancia, la concordancia del viajero. Indica que prevé el viaje, pero hay otro, que no lo hace. Y así. ¿Usted como viajera Alexandra David-Neel o Zalamea Borda en su libro Cuatro años a bordo de mí mismo? Y ante eso, conocido o no deviene el viajero.

Viajar es un devenir. Insemina y disemina sentido o sin sentido. Cada quién le da el sentido o no, o hace de su viaje un sin sentido, se conecta momento tras otro, con lo absurdo, le atrae lo inesperado, lo imprevisto, lo exótico, lo inaudito. No conoce límites ni fronteras.

Es libre como viajero que lo hace en sí mismo, y por el mundo. Es lo que concurre a él o ella, recurrentemente. O lo quiere provocar, sin sustraerse a la belleza de lo inmediato, a la belleza de lo inminente, o sea, de aquello que se le presenta ante todos sus sentidos. No tiene elección, para nada, todo es factor de atracción, tiene el imán para ello.

Viaja como imantado. Pero hay otro viajero: es el que va por el mundo, en su propio mundo, como libro, como biblioteca, esa es su naturaleza o una de sus naturalezas, dado que al saber del libro, lee todo desde allí; el libro es un extensión y proyección de sí mismo (lo hace por snob, eso es, que es también estructura de su estética): yo leo.

Y no es para decirlo a otros, sino que lo tiene que hacer porque esa es su condición decidida, tiene condición porque lo ha decidido, ser lector. Otros, han decidido que no lo son, que no lo serán nunca. O que podrían serlo, si lo necesitan, hasta tanto, no, nunca. Como consecuencia de ello, observa desde allí, ese su mundo, por el imán, por imantación.

Gnosis por imantación, se lo dice. De allí que en el viaje que está haciendo, eso que llama: Camino del abad (uno de sus libros imantados), es o se hace en un libro. Y ese texto, en esa causalidad, en ese movimiento de la causalidad, lleva en sí mismo, no siempre, una biblioteca.

O el libro va a ir a una biblioteca, o el libro solo y en sí mismo puede ser una biblioteca. Ya cada uno decide que es o como es. O como tendría que ser. No duda es instinto. En la biblioteca, dirán unos el libro muere. La biblioteca es la muerte del libro, no hay libro que no muera en ella.

Cada vez, que está en una biblioteca lo corrobora. Y no quiere hacerlo, pero lo percibe así. Ya no sabe en las nuevas bibliotecas que llenan el mundo, desde los ordenadores, si podría hablarse así. No tiene certeza sobre ello. Ni quiere tenerla. En el viaje, camino que hace, se encuentra con dos bibliotecas, en la carretera. Y eso se le hace extraordinario. Y le exalta. Pero se contiene en esa exaltación, cuando las observa, porque no hay lectores.

No los ve, puede ser por la hora, pero no hay lectores. Los libros están allí, muertos. O así se lo dice. No es que esté muerto, puede ser, porque la biblioteca no es una tumba, no tiene sentido decirlo así. ¿Cómo es el libro de los muertos o de lo que está muerto, qué leen, entonces los muertos? Nada.

O todo. (¿Quién muerto leerá su libro, poetas venusianos de la idolatría vacua, de la vacuidad?) En ellas, se movió tranquilamente, invocando los libros muertos, para darles vida, llamando a todos los lectores del mundo, a todas las bibliotecas del planeta para que vinieran hasta estas bibliotecas, con todos sus lectores para que les dieran vida, para que les proporcionaran la vida escandalosa, que han de llevar los libros en las bibliotecas, como decía Walter Benjamín, al comparar los libros con las prostitutas, en su poderoso libro: Calle de dirección única: Los libros y las prostitutas entrecruzan el tiempo. Dominan la noche como el día y el día como la noche.

Libros del mundo, bibliotecas en el planeta, que donde estemos, nos dirán que hay que leerlos, poseerlos como a todos sus lectores. Libros como oasis, que nos contemplan, que contemplamos, para ir hasta ellos y beber allí, para saciar la sed del viajero de los desiertos o de las ciudades, de los libros y las bibliotecas por donde atravesamos unos hoy, otros mañana, hasta que la vida cese en hermosas tormentas al mediodía.

Extractos de un diario de viaje, por la carretera, hacia y en Mompox, naturaleza de la fricción con la realidad, nuevas texturas de las sensaciones (Fribillas, las llamaba Michel Leiris).

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