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El libro de la ciudad y el taller del pintor de los intersticios

Todos saben que la ciudad es una prueba más que tienen que vivir en sus vidas.

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Redacción IFM
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El libro de la ciudad y el taller del pintor de los intersticios


Por: Óscar Jairo González Hernández.


Todos saben que la ciudad es una prueba más que tienen que vivir en sus vidas. Queremos decir, la relación con la urbe, es eso, una constante tensión y desorden; es la realidad absoluta de lo imprevisto, de lo inexplicable, de lo insubordinado, de lo incoherente pero a la vez, con esa misma dimensión, con esa misma fuerza, truculencia, se da lo previsto, lo explicable, lo subordinado, la coherencia, y eso es lo que sorprende, lo que causa la sorpresa, ante aquello que por saber el ciudadano, no quiere decir que lo puede dominar o lo tiene dominado.

La ciudad es como el conocimiento, que quién experimenta esa necesidad, la de conocimiento por primera vez, se le hace insaciable, ya no podrá nunca más desprenderse de esa insaciabilidad, como si quisiera hacerse el personaje Trelkovsky en El inquilino quimérico (Roland Topor), de ese o esos conocimientos, así mismo, la ciudad. Conocerla, no conocerla, en sus interioridades y en sus exterioridades, involucrarse en ella, como quien quiere vivirla en todas sus formas.

No tiene forma, ya que nadie la tiene en la vida, la puede tener en la vida, ya que solo se tiene, de tenerse, con la muerte. Conocimiento que se tiene para sostenerse en ella pero ella se le hace insostenible.
Extraviado en ella, quiere volver a lo que conoce. No se distancia de ella más de lo que necesita. Repite sus movimientos en ella. O sea, tiene que darse un canon para vivir en medio de esas tumultuosidades de lo que llamaremos, lo incesante que no cesa en el movimiento de la ciudad.

Y entonces, establece un canon, un orden para su vida en la ciudad, como lo hace el artista, que lo tiene, que tiene su canon, su técnica, su conocimiento para hacer arte, para hacer lo que hace, nunca lo que le hacen hacer, o que el medio le establece o determina hacer, como el que extrae de la ciudad, su estética o sus estéticas. Que mide sus perpendiculares, sus horizontales, sus transversales, que atraviesa la ciudad desde esa visión, que la mide en sus circunstancias, que la concibe en sus causas para él como artista.

No compone sino desde allí, le sacuden sus movimientos. Y los lleva a sus cuadros. Conocimiento de la ciudad en el arte, que es resultado de su contemplación, de cómo se tensiona la contemplación, el contemplar para incrustarla como técnica, en la realización técnica del cuadro. Que todo quede dentro del cuadro, que ese momento que vive en la ciudad, quede en el cuadro como si tuviera el conocimiento, como si abarcará en él toda la vida de la ciudad, toda su vida en ella.

Desde eso que ordena, pero que proviene del desorden, de la realidad de lo coherente e incoherente de la misma ciudad, pero que también está en su vida como artista, porque él están en el devenir, en su devenir, movidos una condición que se imponen, raro eso, pero que es así, se imponen para ser otros, para llevar otra vida, a la que se someten como artistas, porque así es el artista, se somete a hacerlo, se condena a hacerlo, no es una mentira, es su verdad, la del conocimiento.
Y eso lo hace insaciable, por lo mismo, otro, o para decirlo con Novalis, un ser irritado. Incontenible, pero porque busca contener lo incontenible.

Abarcar la ciudad, en un cuadro, la urbe como su tema, o sea, él mismo. Y entonces vive en ímpetu y el furor tanto su vida como la vida de la ciudad. Mondrian vivía en la ciudad, sin vivirla, o la vivía en sí mismo para no hacerlo, dado que en su estética (la que se impuso, a la que se sometió, o se liberó con o por medio del conocimiento).

De la ciudad en sus horizontales, verticales, paralelas, oblicuas, intersecciones. Ese mundo, que con su sensibilidad estética inserto sutilmente en su pintura. Y se lo pregunta: (…) Contemple la ciudad, ¿no es allí precisamente donde el hombre ha hallado siempre fuerzas nuevas? ¿Y no se ha debido únicamente a dificultades de orden pecuniario el hecho de que no haya mucha más novedad en ella?

La dimensión de las ciudades, nos desborda, no podemos contenerla, si no concentrarla en una estética que la domina. O interviene para dominarla. ¿Cabe Nueva York en un cuadro de Pollock o de Barnett Newman?, por no decirlo sino de o sobre ésta ciudad. Inmensidad inmensa, que derrota, por momentos al insaciable del conocimiento. Eso es. Y vamos, de un momento a otro, hacia el Taller-Yo-Ciudad (del pintor Bairo Martínez); de los intersticios de la naturaleza y de la ciudad, ciudad como naturaleza, en mixturas heteróclitas (Paisajes bucólicos. Intersticios), quiere verla desde ahí, desde lo instersticial como lo nuevo de ese conocimiento como pintor, como aquello de, lo que podríamos llamar su manera de destruir el canon, pero también de construirlo, desde su nuevo proyecto de los intersticios; no ha dudado en hacerlo, su insaciabilidad estética, le propone, le presenta la coherencia e incoherencia de su estética (como la ciudad, en sus intersticios, donde nada es, donde todo es; donde o como sólo él percibe, la ausculta, la mide, la contiene, la fracciona, la quiebra, como siempre lo ha hecho en su pintura).

Caminamos hacia su Taller (localizado en una urbanización, próxima a la Plaza de Toros de la Macarena, donde ya no hay corridas de toros ¿o no sabe uno que toros fantasmas todavía quedan allí o están allí o que corridas se hacen todavía?). Ya en él, observamos de una, sin medidas a la mirada, que entre sus libros, está pues, como prueba de lo que estamos diciendo, un libro de Stefan Zweig: Hombres, libros y ciudades. Prueba, entonces, sin haberlo decidido o tenerlo previsto, que el pintor, tiene el libro, que la ciudad tiene al pintor y que la pintura es una forma de lectura de la ciudad, en la insaciable necesidad de conocimiento, como el Conócete a ti mismo que está inscrito en la entrada del templo de Apolo, en la ciudad a la ciudad de Delfos; como está inscrita, invisible, en el taller del pintor.

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