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Débora Arango en situación (20 años de su muerte 2005-2025)

Por: Óscar Jairo González Hernández El expresionismo no es un movimiento que históricamente podamos situar de manera concreta y exacta; podríamos decir que donde se halla un hombre habrá expresión y habrá representación de la realidad. Del movimiento expresionista decía en 1937 el expresidente y pol

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Redacción IFM
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Débora Arango en situación (20 años de su muerte 2005-2025)

Por: Óscar Jairo González Hernández

El expresionismo no es un movimiento que históricamente podamos situar de manera concreta y exacta; podríamos decir que donde se halla un hombre habrá expresión y habrá representación de la realidad.

Del movimiento expresionista decía en 1937 el expresidente y político conservador Laureano Gómez, en su ensayo titulado: «El expresionismo como síntoma de pereza a inhabilidad en el arte»: «Para ser pintor expresionista, no se necesita conocer las leyes de la perspectiva aérea, el canon de la figura humana, los infinitos secretos de la gama cromática, las prodigiosas, siempre nuevas, siempre desconcertantes maravillas de la luz, los misterios del claro-oscuro, los variados recursos de la sombra, las combinaciones inagotables de una paleta rica, valiente, exacta e ingeniosa Toda la crítica que aquí formulaba, en ese entonces, el expresidente Gómez hacía relación “indirectamente” con la obra de Débora Arango (1907-2005).

La crítica entonces de Gómez contra el expresionismo radica en el hecho de no mantener y preservar el canon académico y la concepción formal y técnica del movimiento renacentista y clásico. El expresionismo no es siquiera lo contrario a estos movimientos que acabamos de mencionar, es la continuidad del sentido ideal y romántico, por decirlo de una manera que contenía también el renacimiento, y a la vez por su carácter internacional, como lo han demostrado brillantes y lúcidos teóricos del arte, al indicar que el expresionismo (1888) fue un movimiento que alcanzó a tener características muy próximas a las del movimiento renacentista de 1400, al romanticismo de 1700 y al naturalismo de 1800.

Es más, como lo releva Ferdinand Fellmann en Fenomenología y expresionismo, al decir que: «El impulso expresionista hacia la realidad, sea en forma de la transformación de lo dado o de la contemplación visionaria de configuraciones completamente nuevas, va parejo con la absolutización del yo creador.»

El expresionismo es existencia y experiencia interior y exterior. Crítica de la realidad y crítica de uno mismo. En esa medida, el expresionismo en Débora Arango es bastante provocador y perturbador para el que observa sus cuadros. Ya aquí no estamos frente a las formas de la escuela clásica y en obediencia a los principios de la belleza y de lo ideal, sino que nos hallamos ante la presencia de la violencia, de la muerte, del dolor, del drama y la desesperación del ser humano. El expresionismo en Débora Arango es el intento de expresar lo inexpresable, y para ello no hay técnica, ni estilo, ni forma determinada y establecida; la expresión por sí misma y en ella misma, busca y halla la técnica, el estilo y la forma.

De la destrucción de la forma a la construcción de una forma otra, es lo que realiza como tentativa. Como bien lo concreta Pierre Courthion, sobre el expresionismo: «(…) Se trata de expresar mediante una presión la sustancia de las cosas y los seres, de hacerla salir y aparecer, y esto, con fuerza, sin consideraciones.»

El expresionismo en Débora Arango es la aproximación a la realidad, para, tras esa necesidad, mediar con ella, para poseerla, demostrarla y probarla. Da y hace una historia, que es vivida y experimentada por ella. Y no una historia de relatar, describir los hechos por los hechos mismos. Vemos la expresión y la representación como una verdad que revela la existencia de hechos reales, y por eso mismo perturba y trastorna. Con ellas no hay olvido y por eso son memoria de lo que ha ocurrido, tanto en ella, como en la realidad, en la historia. Expresionismo y el realismo, que la hacen involucrarse con todo, intenta llevar la totalidad de la realidad a las pinturas.

En esa necesidad de expresar también hay una necesidad de silencio, de una inescindible condición de la soledad, de quien no puede, a la vez, ante y en medio de la conciencia de lo que está ocurriendo, hacer absolutamente nada, sino intervenir con su pintura la realidad. Exponerla, denunciarla; protestar contra ella. Débora Arango, en su expresionismo, ha sabido que para hacer arte es necesario saber ver y saber escuchar. Ve la realidad, la observa, se conmueve ante ella y la hace también suya. Es en su visión intencionalmente crítica e irónica, como lo hicieron, Grosz, Dix, Beckmann, o Käthe Kollwitz, quien dice en su diario: «Sin duda, lo mío no es… arte puro. Pero arte al fin… Estoy de acuerdo con que mi arte tiene un objetivo. Yo quiero obrar en este tiempo en que los hombres están tan desamparados y tan necesitados de ayuda.».

Hay dolor allí y expresión por la impotencia. Es el resultado de un saber que la realidad los excede. El expresionista destruye las formas, para encontrar formas nuevas, ya que lo humano no es ni bello ni feo, sino que es y eso basta. En los cuadros sobre la “violencia” Débora Arango no hace más que ironizar. Ironía que explota en la denuncia y en la protesta contra un estado de cosas absurdo e intolerante.

obra de Débora Arango revela la fuerza de la expresión, la búsqueda de la realidad más profunda desde la superficie misma, la develación del dolor y la desesperación que yacen en el hombre; y demuestra, por otra parte, la disciplina y la responsabilidad con la que ella se expresó en todo momento, sin ceder ni hacer concesiones; el extremo de una rebeldía y de una lucha. Con ello nos ha demostrado, y eso es lo más extraordinario, la fuerza y el carácter que se necesitan para ser artista en uno mismo, y la pasión que se requiere para ser siempre fiel al proyecto y destino que se ha creado y ha querido para sí misma. Constancia y permanencia en su verdad. Concluyamos con un texto sobre la artista: «1987».

Estuve mirando los cuadros de Débora Arango en el MAM: me impresionó nuevamente una “cosa” en su obra pintada con acuarela. Una sugestión irónica, de gran belleza sensual, se desprendenn de estas obras. Unos desnudos femeninos, en formato natural. Me recuerdan el desnudo clásico de Tiziano; es como la única manera de mirar el cuerpo con belleza. Ura, el rostro femenino es in-quieto, de sensualidad contenida.

Hay un tema crudo tratado con una mira¬da digamos «griega» y que sugiere un goce en el ritmo de los movimientos del cuerpo y cierto «pathos» en la gestualidad facial de los personajes. La dama y unos personajes varoniles que la rodean y la muestran como un logro sublime de la creación -naturaleza- en el cuerpo femenino.

Descubrí los ojos azules y misteriosos de Débora (sin saber…) mirándome franca y secreta-mente; de pronto, hacia un rincón iluminado de la sala.». («Diario», Sergio González).

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