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De una librería en un mundo y del mundo en una librería (Mundo libro)

Nunca había querido vivir en una ciudad, o en lo que en la década de los 70 del S. XX, era una que se consideraba que era una ciudad, y lo que constató después, era que no había ciudad nunca, porque la ciudad era un movimiento y estaba en constante movimiento

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Redacción IFM
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De una librería en un mundo y del mundo en una librería (Mundo libro)

Por: Oscar Jairo González Hernández


Nunca había querido vivir en una ciudad, o en lo que en la década de los 70 del S. XX, era una que se consideraba que era una ciudad, y lo que constató después, era que no había ciudad nunca, porque la ciudad era un movimiento y estaba en constante movimiento; que su carácter era el cambiar constantemente, y que esos cambios no los hacían, en realidad los ciudadanos, sino quienes tenían el poder de administrarla, de ponerla en movimiento, con los ciudadanos o sin ellos.

No obstante, se tenía que vivir en ella. O en ellas, dado que la ciudad, forma en si misma, otras ciudades, se disemina en otros territorios, donde se concentran otras sensibilidades, la ciudad de la voluptuosidad estética, la del goce. No es extática en nada. Y muchos la querían así. Él joven ciudadano en la joven ciudad para él o ella, se sentían pues, siendo los constructores de ella misma. No tenían miedo de vivirla ni de sentirla.

¿Cómo sería una ciudad que se tuviera miedo de sentirla para vivirla? Ese joven, necesitaba la libertad existencial para vivirla, la vivía entonces, como un existencialista, con todas sus fuerzas.

Fuerzas que para él estaban contenidas en el vértigo que le proporcionaba esa libertad. Ese joven (que le recordaba el relato de Dostoievski: El adolescente) sabía que tenía que vivir su destino en esa ciudad, tanto que podía hacer la relación matemática de la conexión entre los que la administraban, que querían hacerla a su manera, como él o ella que la intervenía de otra manera, en esa necesidad de construirla para sí. No tenía otra forma, que rebelarse, en todo momento contra sí mismo, porque si su destino era ese, vivir en esa ciudad (no en otra) tendría que hacerla a su medida. Ordenar en la simetría, en la sincronía sensual su Babel, como la llamaba.

Decía que vivía en una ciudad llamada Babel. (Después, conoció una revista de la ciudad, que se llamaba Babel, que todavía se publica hoy, del escritor y ensayista Víctor Bustamante) Existir en el destino de la ciudad. Construir el destino de la ciudad, era la obsesión del joven solitario. (Como era un libro, que tenía para sí, esa ciudad, así llamada, entonces como lector de su destino, contra la muerte, tenía que hablarse en ella, hacer hablar de ella, como el joven del relato de Salvador Novo: El joven).

Toda la ciudad para el joven, su Babel, era una totalidad, la tenía que vivir como existencialista, en su totalidad. Tratados de la ciudad existencial, era lo que quería escribir, de su destino en ello, o de quién desde la insumisión o de su insurrección estética concibe la ciudad como una obra de arte.

No un territorio determinado de esa ciudad, sino la totalidad de la ciudad, que es la que le ha sido destinada. Es como el carácter que le da la ciudad, a su destino.

Y el destino hacia el que tiene que orientar, llevar, maniobrar y proyectar su carácter, se lo decía, mientras caminaba por la Avenida La Playa entre las calles El Palo y Girardot. Concentrada era la ciudad, allí ante los bustos de quienes hicieron y quedaron en la historia de la ciudad; el joven sabía que él nunca haría la historia de ella, que él sería un ciudadano sin historia, o con otra historia, que no le daba mucha trascendencia a los bustos que allí estaban, que hoy todavía están.

¿Y qué le dirán a los jóvenes de hoy? Y eso lo mantenía a raya en sus elucubraciones sintéticas. Era eso. No quería avanzar en nada de esas elucubraciones. Quedaban aplazadas, podía posponerlas, porque quería entrar tranquilo, a la librería Mundo Libro, que estaba allí, incólume en su nueva propuesta para la ciudad, cofundada por el librero Pacho García (Ex librero de la Librería Continental).

Quería ser nueva, no vieja librería, moderna. Y en esa decisión se mantuvieron. En esa casa, reestructurada como librería, de la que el joven no sabía nada. No sabía quienes vivieron allí, qué hacían, como se movían dentro de esa casa, pero él sentía vibraciones allí, de quienes vivieron en ella, hicieron teatro, exhibieron sus verdades inalienables. Y veía también, entre los libros sus fantasmas. Y comenzó a leer libros de fantasmas, de lo fantástico. Esas vibraciones desencadenaron en el joven lector, la obcecada intención de leer esos relatos. Todos.


Y como era una librería nueva para su Babel, entonces, una noche, estuvo en la presentación de una revista llamada “Cantidad Hechizada”, que habían hecho en la ciudad, nueva para él, como quizá, un homenaje a Lezama Lima.

Eufrasio Guzmán, Óscar González. Presentando “Cantidad Hechizada”
(1986)

Hernán Benítez (amigo) con mi padre, Luis. En Mundo Libro. Presentación de CH.

Pudo percibir como en esa ciudad, se hacían cosas, se proponían también. Y que la ciudad era construida como un vitral, como aquellos, que había pasado horas enteras, observando en la Catedral Metropolitana de la ciudad, la vieja como la nueva, porque las ciudades, son y serán, con o sin nosotros; porque la ciudad es nueva para el joven que existe en ella, que comienza a existir en ella.

Nadie existe sin la ciudad, la ciudad no puede existir sin el que ya existe en ella. Y la ciudad, es vieja para el viejo que ha existido en ella, que ha hecho su vida en ella. Con o contra ella. E hizo conciencia, de que su vida no era como la de la ciudad en la que había sido destinado a existir, que su Babel, moriría con él.

La ciudad entonces, la librería y la casa, lo llevaron a los libros que hoy formaban esencia natural de su naturaleza estética. Y de la libertad que tenía, que había tenido en su vida, para no tener nunca, que destruir ni exterminar a nadie, ni discriminar ni censurar nada, porque para él todo tenía elementos materiales e inmateriales, que formaban esa ciudad-vitral que somos. Y de no tenerlos, él mismo se los daría. Ciudad vitral (vital) Libro como vitral. Y todos los otros jóvenes de la ciudad, como vitrales que se forman con extraordinarias sensibilidades, entre sí, que hacen simbiosis inusuales entre ellos, entre ellos, con ella. Vitrificación de la ciudad.

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