Daniel Jurado: «Estoy aquí en París, porque me gusta perderme en las ciudades»
Por: Óscar Jairo González Hernández ¿En este momento mismo, concentrado densamente en su forma y contenido, qué sentido, qué sinsentido, qué naturaleza, qué simboliza, qué se lleva de ti o qué llevas tú a París y por qué, cómo, desde dónde y con qué haces ese constructo, desde lo racional y sensible
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿En este momento mismo, concentrado densamente en su forma y contenido, qué sentido, qué sinsentido, qué naturaleza, qué simboliza, qué se lleva de ti o qué llevas tú a París y por qué, cómo, desde dónde y con qué haces ese constructo, desde lo racional y sensible de lo que haces y vives allí (y has vivido y muerto), quién eres (Excavaciones)?
Es parte del gran misterio de cómo otros viven su vida. Yo he querido construir la mía buscando ser muchos, en muchas ciudades y en diferentes tiempos. Por eso ha sido fundamental para mí el viajar, el migrar, esa tendencia casi instintiva a elegir ciudades grandes. Estoy aquí porque me gusta perderme en las ciudades, y París es buena para ello: un gran armatoste de cines, cafés, bares, librerías y esquinas que se propagan al infinito. Subir al último piso de un edificio y ver la ciudad como rara vez la vemos: desde arriba, y encontrarse exmundus, extemporis por fuera del mundo y por fuera del tiempo.
Medellín tiene una gran aguja, París tiene una gran antena que, cada noche, ilumina como un faro y llama a marineros perdidos y viajeros locos. Es un llamado de sirena a integrar el gran armatoste. Esta misma antena, además de luz, emite permanentemente una bruma opaca que llaman grisaille, un gran nubarrón que opera bajo sus propias leyes y que nos impide ver el sol. A veces pienso en esta ciudad como un gran barco; tal vez de ahí su lema: Fluctuat Nec Mergitur —agitada por las olas, pero nunca naufraga.

Disfruto mirar el cielo de la ciudad y, al mismo tiempo, adentrarme en sus tripas: el Metro, los pasadizos y los senderos de las catacumbas. He podido adentrarme en ese gigantesco laberinto subterráneo, una ciudad dentro de la ciudad. Algo así como un París futuro, destruido por bombas nucleares, en donde los pocos sobrevivientes están destinados a vivir en tuberías llenas de ratas. Perder la posibilidad de moverse en el espacio es verse obligado a viajar en el tiempo.
Pienso en esa atmósfera atemporal, pues parte de mi experiencia aquí ha transcurrido en ella. Y con eso me refiero a la oscuridad de los pasadizos, de la noche y de las salas de cine. He pasado muchas horas en esas salas, y es, en gran medida, la razón por la que sigo aquí. Ciudad luz, que se irradia sin descanso en cientos de pantallas. Salir del cine, dejar el Barrio Latino y llegar al centro. Recorrer Les Halles e imaginar la antigua plaza de mercado, el gran vientre que alimentaba a obreros, ejecutivos y prostitutas.
El fantasma de un inmenso restaurante: la matriz de todas las panaderías del mundo, de las brasseries, los cafés y los bistros. Un desfile de postres que baila exuberante ante mis ojos. Olores y sabores hacen parte de la fabricación de los recuerdos. En un universo paralelo, camino por el Passage Choiseul, y me cruzo de repente con mis abuelos mientras ellos recorren Junín. Nos detenemos a saludarnos y es extraño notar que tenemos la misma edad y que vamos muy elegantes.
Siempre supe que el fantasma de mi abuelo habitaría estos pasajes, rondando por librerías y buscando un juego de cartas en cabinets de magia de inicios del siglo XX. Lleva a mi abuela de gancho, ella más callada, pero como siempre sonriente y elegante. Tan derecha que parece que se hubiera tragado un paraguas. Nos despedimos y cada cual sigue su camino. Ya ese Junín no existe, mis abuelos están muertos, pero mi imaginación se sigue refugiando en estos lugares; allí la dejo durmiendo y allí mismo la recupero de cuando en cuando. Gustavo Sampedro y Olga Tobón en Junín (Medellín) Una ciudad para caminar. Y mejor aún, para descubrir y desplegar en bicicleta.
Aprendí a moverme en bicicleta, a pesar de la lluvia o la nieve. A cruzar el río a las dos de la mañana y ver el reflejo amarillo de las lámparas temblando en el agua. Acelerar el ritmo y creer acelerar el mundo. París es una postal a talla humana que los parisinos y los turistas se esmeran por mantener intacta. Tan cargada de clichés, tan manoseada en los libros, en las películas. Hay que mantenerla así, quieta, intacta; deja poco margen de invención o reinvención; uno viene a ella para transformarse, no para transformarla, pues ella se resiste. Pero con el tiempo y con cada calle, cada parque, cada nombre acabamos convirtiéndola en museo.
Eso son las ciudades, y no solo París, sino todas las ciudades: rutas de recuerdos. Un gran inventario que vamos llenando con marcas de tiempo, pequeñas marcas de nuestras pequeñas vidas. Una conversación con A., la estación de metro de B., las urgencias cuando a C., le dio una úlcera, el bar donde D., se olvidó las llaves. Esto es fascinante, ¿no? El inventario crece cada día y hace que quieras seguir viviendo en un barrio o que quieras huir de él. En esos recorridos entendí que caminar la ciudad sin rumbo es dirigirse en espirales al fondo de uno mismo. Y que, extrañamente, para encontrarse primero hay que perderse.

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