(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 16, por Jaime Mayor Oreja
En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 16 titulado «Un hombre con valor y valores».
IFMNOTICIAS.COM publica con autorización el capítulo 16 del libro «El Uribe que yo conozco», una obra de compilación de la senadora Paola Holguín y del representante Juan Espinal, en el que se presentan diferentes testimonios sobre la vida e historia del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez.
Los 29 capítulos de esta obra fueron escritos por diferentes personalidades de la vida pública nacional e internacional que conocen al expresidente Uribe. En él, usted puede encontrar anécdotas, historias, relatos y episodios inéditos.
En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 16 titulado «Un hombre con valor y valores», escrito por el exministro del Interior del Gobierno de España y exeurodiputado Jaime Mayor Oreja. A continuación, se transcribe el texto mencionado:
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UN HOMBRE CON VALOR Y VALORES
Por: Jaime Mayor Oreja, Exministro del Interior del Gobierno de España y Exeurodiputado.
Permítanme una afirmación inicial, que es una aproximación personal al significado del presidente Uribe.
El presidente Uribe ha sido siempre y es, para mí, la persona más determinante de los últimos años en la nación colombiana. Si tuviera que escoger un nombre, sólo un nombre de Colombia en estas últimas décadas, como referencia de esta maravillosa nación, sería el suyo.
No me corresponde, no tengo el conocimiento suficiente de la realidad colombiana para desarrollar un análisis exhaustivo de su personalidad política.
Voy a escoger tres momentos, tres circunstancias en las que, por razones muy distintas, tuve el privilegio de estar próximo a su trayectoria política y personal. Tres momentos y circunstancias en las que destacaría su papel de víctima, de presidente y de líder político de Colombia.
El primer momento se remonta a su condición de precandidato y candidato a la Presidencia y paradójicamente, a su condición de víctima, ya que era un objetivo inequívoco de los terroristas de las Farc.
En aquel momento, antes de su elección como presidente en agosto de 2002, no le conocía personalmente. Sabía obviamente de su trayectoria, como alcalde de Medellín, gobernador de Antioquia, como senador, como líder del partido más importante de Colombia. Pero cuando yo desempeñaba la responsabilidad de ministro del Interior de España, nunca le había tratado. En esta responsabilidad me llegó una petición de colaboración del entorno de Álvaro Uribe en el ámbito de su seguridad personal. La caravana que acompañaba a Uribe era sistemáticamente atacada en sus desplazamientos, principalmente con la brutalidad de los carros-bomba. Ante esta petición, trasladada al Cuerpo Nacional de Policía, se decidió unos meses después escoger a un inspector de este cuerpo para que se trasladase a Colombia en una condición de asesoramiento. Se escogió a un excelente y competente inspector de Policía, D. Miguel Castaño, que acabaría siendo meses después el responsable de Seguridad de mi escolta personal en España.
No recuerdo exactamente la fecha de su desplazamiento, pero sí recuerdo que poco tiempo después, y pese a la competencia acreditada de los oficiales colombianos encargados de la seguridad, el Inspector Castaño informó al Cuerpo Nacional de Policía dos datos relevantes que acrecentaban la inseguridad de Álvaro Uribe. En primer término, la ausencia de inhibidores adecuados, y, en segundo lugar, la facilidad con la que la guerrilla terrorista conocía sus itinerarios, a través de ciertas coacciones que recibían familiares de la larga lista de personas que, de un modo u otro, estaban encargadas de su seguridad. Ambos problemas fueron corregidos.
Quiere ello decir que mi primer recuerdo de Uribe como persona, político y candidato es su condición de víctima, víctima potencial de un fenómeno terrorista que le seguía con especial saña. Lo señalo porque las personas que de modo singular son escogidas como potenciales víctimas de terrorismo siempre me han merecido y merecen un singular respecto. Su elección como víctima, su persecución, nunca es casual; son personas que molestan, perturban, irritan a quienes son la expresión y personificación de una crisis moral máxima que les hace matar y asesinar.
El segundo momento en esta relación personal se refiere a su condición de presidente de Colombia entre 2002 y 2010.
Como antes he dicho, no me voy a extender en este apartado, porque hay muchos que lo harán con mucho más fundamento, conocimiento y visión que yo, pero he de recordar, en primer término, que en el ámbito de la lucha contra el terrorismo acertó, marcó correctamente la dirección, abandonó sustancialmente la estrategia de la negociación como fórmula de solución e hizo de la ley, de la fortaleza del Estado de Derecho, su única aliada. Era probablemente la única política que faltaba por aplicar en Colombia; la llevó a la práctica y fue eficaz.
Pero siguiendo en esa relación personal, en aquellas fechas yo desempeñaba la tarea de la Vicepresidencia del Grupo Popular Europeo y la Presidencia de la Fundación más importante de la Unión Europea, la red EIN (European Ideas Network). Esta red organizaba una Universidad de verano con carácter anual, que escogía una personalidad internacional que hubiese destacado por su trayectoria personal y política. En aquella universidad de verano del 2010, concretamente el 17 de septiembre, Álvaro Uribe Vélez fue el principal orador, como Guest Speaker en Budapest (Hungría), lugar donde se celebraba este evento, como reconocimiento europeo a su labor que acababa de finalizar pocos meses antes. Quiere ello decir, sobran las palabras, que el reconocimiento europeo del primer partido en el Parlamento Europeo y de su Fundación era inequívoco, y fui testigo de excepción de ello.
El tercer momento de mi relación personal se circunscribe a la etapa mal llamada del “Proceso de paz” de Colombia, que tuvo su plebiscito el 2 de octubre de 2016. Álvaro Uribe, con otros líderes que no olvido como el Presidente Pastrana, había defendido el “No”, que parecía estar condenado al fracaso. El resultado de todas las encuestas de opinión era contundente, que el “No “como media, apenas superaba el 30%. El respaldo internacional del “Si” era abrumador: Parlamento Europeo, Instituciones Europeas, Naciones Unidas, Santa Sede… Todos apoyaban el “Sí”. Aquel referéndum era la viva expresión de la batalla entre David y Goliat, en la que Uribe, por convicción y amor a Colombia, había apostado por la opción aparentemente más débil.
Estuve aquella noche en Bogotá, y confirmé por un lado la extrema sorpresa que generó el resultado, y por otro, el extremo desagrado de prácticamente todos los observadores internacionales presentes aquella noche en esa capital. Tuve ocasión de estar al día siguiente con el presidente Uribe, y me di cuenta de que el Presidente comprendió siempre bien, desde el primer momento, la naturaleza y el objetivo de los procesos de paz, singularmente el que padecía Colombia. Todos los procesos de paz pagan un precio político: paz por poder para los grupos terroristas, como se ha visto en España y en Colombia. Siempre hay un acuerdo marco, unos públicos y otros opacos, en el que los grupos terroristas dejan de matar, pero que los gobiernos que los suscriben se comprometen a cambiar en su raíz la sociedad, en este caso la colombiana. El presidente Uribe comprendió que el mal llamado “proceso de paz” produce siempre una metamorfosis profunda del Estado de Derecho, mayor que de la naturaleza y de los objetivos y los grupos terroristas, que buscan cambiar la sociedad en su raíz. Metamorfosis de un Estado de Derecho, en la dirección de una situación de creciente inseguridad jurídica; metamorfosis de la sociedad y de sus valores, esto es, intento de sustitución de un orden social asentado en valores tradicionales y cristianos en otro fundamentado en la nada.
Uribe no solo combatió las organizaciones terroristas siendo presidente, sino que supo hacer frente cuando ha sido expresidente al proyecto político y al proceso subsiguiente impulsado por los terroristas, expresado en el acuerdo marco de La Habana. Una vez más, demostró “valor” en singular, propio de las personas con “valores” en plural, por atreverse simplemente a decir la verdad, por saber decir “No” a la presión e injerencia internacional. Álvaro Uribe, como todos los líderes que tienen convicciones y valores, no deja indiferente a casi nadie.
En la fecha de hoy, por todo lo que significa su trayectoria todo lo que ha llevado a la práctica a lo largo de su actividad pública, padece y sufre persecución, agravada por el mal llamado “proceso de paz” y sus consecuencias. Cuando fue víctima en su etapa de candidato a la Presidencia, este hecho no fue una casualidad. Hoy, como expresidente, tampoco es víctima por azar. Es simplemente cuestión de justicia, que quienes le respetamos y queremos, sepamos alzar y expresar nuestro reconocimiento.
Fin del capítulo.

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