(EDITORIAL) Listas cerradas o abiertas: una discusión que el país no puede tomar a la ligera. Por: Laura Mejía
En distintos editoriales hemos insistido en la necesidad de observar con detenimiento las elecciones al Congreso. Aunque hoy el foco público está casi por completo en la contienda presidencial —en los más de cien precandidatos, en quién podría llegar a la Casa de Nariño, en la conversación del momen
En distintos editoriales hemos insistido en la necesidad de observar con detenimiento las elecciones al Congreso. Aunque hoy el foco público está casi por completo en la contienda presidencial —en los más de cien precandidatos, en quién podría llegar a la Casa de Nariño, en la conversación del momento—, lo cierto es que las elecciones legislativas son primeras y son tan determinantes como las presidenciales. A veces, incluso más.
El papel del Congreso será decisivo en los años que se avecinan, pero como país seguimos sin dimensionarlo. Tal vez porque es más fácil engancharse con los temas de moda, o porque las urgencias del día a día nos consumen. Tal vez porque sabemos que Colombia atraviesa un momento de desorden institucional que invita más al nerviosismo que a la reflexión. Lo cierto es que seguimos subestimando a quienes legislarán en el próximo cuatrienio.
Ahora entramos en días clave. Comienza la discusión sobre cómo se conformarán las listas al Congreso. En varios partidos se debate si optar por listas abiertas o listas cerradas. El Centro Democrático, por su peso en el escenario político y por el momento en el que inicia su deliberación, concentra buena parte de la atención, y se sabe que en las próximas horas tomarán decisiones sobre este tema. Pero más allá de los nombres y los partidos, este es un debate que corresponde analizar con responsabilidad: ¿qué modelo de elección fortalece más al país en este momento?
En un contexto como el actual, las listas cerradas vuelven a entrar en consideración. No son una solución mágica, pero sí una herramienta que, bien implementada, puede aportar al ordenamiento político. Colombia tiene hoy un Congreso fragmentado en múltiples partidos y subgrupos, varios de ellos sin coherencia interna. Esa atomización se traduce en bancadas divididas, congresistas que votan según conveniencias individuales y enormes dificultades para construir acuerdos estables. En un entorno así, mecanismos que promuevan cohesión y claridad programática merecen ser considerados.
El voto preferente, por su parte, ha generado dinámicas que el país conoce bien: campañas individuales que terminan convertidas en microempresas electorales, competencia interna feroz, alianzas clientelistas, compra de votos y la entrada de financiadores privados que condicionan agendas. También ha fomentado rivalidades dentro de los mismos partidos, debilitando su capacidad de actuar como colectividades. Esa lógica de “sálvese quien pueda” ha tenido efectos evidentes sobre la calidad del debate y la independencia de los legisladores.
Las listas cerradas pueden contrarrestar parte de esos problemas. Reducen la competencia interna, abaratan los costos de campaña y limitan la dependencia de grandes financiadores. Obligan a los partidos a asumir responsabilidad colectiva: el votante premia o castiga al partido, no solo a un nombre suelto en el tarjetón. Hoy, en momentos de desconfianza ciudadana hacia la política, recuperar esa noción de responsabilidad compartida tiene un valor democrático.
Pero además hay un componente que no puede perderse de vista: las listas cerradas abren la puerta a liderazgos nuevos. Colombia necesita caras frescas, voces jóvenes, renovaciones que traigan energía, innovación y compromiso con un país que exige transformaciones profundas. Y al mismo tiempo, requiere mantener a quienes han demostrado coherencia, trabajo serio y decencia en el Congreso; aquellos que han honrado el cargo en tiempos en que lo más fácil ha sido decepcionar.
Las listas cerradas, bien construidas, permiten ese equilibrio: renovar sin borrar, incluir sin improvisar, refrescar sin sacrificar la experiencia que el país también requiere.
En un sistema donde las campañas individuales se han vuelto prohibitivamente costosas, la posibilidad de ingresar a la política sin depender de maquinarias o financiadores poderosos es un aporte significativo. La renovación política no puede seguir siendo un privilegio de quienes tienen el músculo económico para competir en el voto preferente; debe ser un camino posible para nuevos liderazgos preparados, éticos y comprometidos.
Si la decisión es construir una lista cerrada, también será necesario garantizar que quienes la integren respondan a criterios de mérito y no a cálculos de ocasión. Colombia no está para listas diseñadas desde el arrastre; está para identificar liderazgos con experiencia, competencias claras y propuestas viables. Lo que se debe escoger no son nombres, sino capacidades y decencia en momentos en que ambas hacen tanta falta.
Colombia vive un momento en el que los topes de campaña se sobrepasan con facilidad, las campañas se encarecen año tras año y la política territorial enfrenta presiones crecientes. En un país donde no estamos para improvisar ni para darnos lujos que nos acerquen más al abismo, discutir con seriedad sobre la forma en que renovamos el Congreso no es un asunto menor: es un imperativo democrático.
Las listas —abiertas o cerradas— no son un detalle técnico. Son la estructura que define quiénes llegan al Capitolio, cómo llegan y a quién responden. Y mientras el país se concentra en la carrera presidencial, conviene recordar que el rumbo de Colombia también se decide en esa arquitectura menos visible, pero profundamente determinante, que son las reglas del Congreso.

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