(OPINIÓN)La política me cambió. por: Daniel Carvalho Mejía
Llegué al mundo político de manera inesperada. Nunca soñé, como otros niños, ser Presidente o Senador, todo lo contrario: durante muchos años desprecié el escenario político y ni siquiera tenía la costumbre democrática de salir a votar.
Llegué a este mundo de la política electoral desde la academia y el activismo, cargado con mis ganas y convicciones, pero a la vez con las soberbias y los prejuicios que entrar a estos espacios nos generan. Tenía claro todo lo que debía hacerse en diferentes campos y consideraba errado a quien no estuviera de acuerdo; tenía un mapa mental de quienes eran los buenos y los malos, en función de su pertenencia partidista; aún creía que el pensamiento político podía reducirse a un par de apellidos. Estaba a la defensiva. La idea recurrente de que la política es un lodazal, un estanque de tiburones o un nido de víboras me hacía escéptico y desconfiado. Mi principal preocupación, aún lo recuerdo a manera de mantra, era: “que la política no me cambie”.
Por fortuna, la vida nos da sorpresas y lecciones. Rápidamente hallé gente valiosa y de pensamiento diverso; encontré apoyos en quienes pudieron ser mis contradictores, construí coincidencias donde antes sólo veía rivalidades y me permití moldear mis opiniones a la luz de los debates. Comprendí que los partidos no definen a las personas, que la ética es más importante que la ideología y que la política no se trata de imponer ideas sino de construir consensos.
Aprendí a ver los matices, a disfrutar la diferencia de pensamiento, a respetar las ideas que representa cada persona elegida, a valorar el intercambio vehemente de argumentos. Entendí la responsabilidad que conlleva ser un personaje público, el poder que tienen las palabras y los actos en un país donde el desacuerdo se convierte fácilmente en violencia y donde muchos líderes suelen abusar de sus posiciones. No quería ser otro factor de violencia y resentimiento en una sociedad marcada por el dolor y la sensación de injusticia.
Hoy me considero más modesto, más flexible, más abierto a escuchar. Tengo convicciones firmes y mi ética se ha fortalecido, pero me he alejado de prejuicios y rencores. Entiendo que nuestra labor es construir puentes, no dinamitarlos por orgullo, con el único objetivo de tener la razón. Hoy camino sin odio ni arrogancia y entiendo mi labor como un eslabón de la cadena del progreso; aspirar a eso es ya bastante. La alegría de lo aprendido me mantiene firme en el difícil día a día de la política nacional.
¡Por supuesto que la política me cambió! ¿Cómo no iba a cambiarme la experiencia profesional más intensa de mi vida? No hemos de temerle al cambio si este va en la dirección que consideramos correcta. Entré a este mundo a proponer transformaciones sociales y descubrí que la primera transformación es personal.

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