¡Viene la peor violencia en la historia de Colombia!
Por Jaime Restrepo Vásquez Algunos optimistas creen que Colombia está regresando a las terroríficas épocas de El Caguán. Sin embargo, el rumbo que viene tomando el país se antoja mucho más nefasto que lo vivido a finales del siglo XX: hay una conjugación de amenazas que están avanzando en el propósi

Por Jaime Restrepo Vásquez
Algunos optimistas creen que Colombia está regresando a las terroríficas épocas de El Caguán. Sin embargo, el rumbo que viene tomando el país se antoja mucho más nefasto que lo vivido a finales del siglo XX: hay una conjugación de amenazas que están avanzando en el propósito de controlar amplios sectores de la geografía nacional y desatar una extrema violencia en Colombia.
La semana pasada fue una epifanía para algunos tozudos del «progresismo», pues todo el país vio a las FARC demostrando que el tal acuerdo de paz santista fue solo un pacto para jubilar a algunos terroristas que estaban cansados del monte. La realidad es que esa agrupación terrorista, que se nutre del narcotráfico y que cuenta con rentas fabulosas para desestabilizar al país, nunca se desmovilizó y hoy es una amenaza real, con más de siete mil simpatizantes en su haber —la mayoría agrupados en la tal Guardia Campesina—, más los casi cinco mil hombres en armas.
Mientras tanto, el grupo narcoterrorista del ELN hace demostraciones de fuerza, detona explosivos y se lía en batalla con otros grupos de su misma laya, con el riesgo adicional de que ellos siempre han tenido una importante influencia en las zonas urbanas por lo cual, en cualquier momento, pueden desencadenar sus acciones en las distintas ciudades de Colombia.
Adicionalmente, el Clan del Golfo sigue haciendo de las suyas subyugando ciudadanos en diversos territorios y apropiándose de cualquier negocio ilegal que se cruce en su camino. Ese grupo opera como un ejército privado del narcotráfico y de la minería ilegal y aspira a conseguir la misma impunidad que les concedió Juan Manuel Santos a las FARC.
Las anteriores agrupaciones pusieron su parte en la activación del grupo terrorista urbano denominado Primera Línea, cuyas acciones han disminuido en los últimos meses, como parte de un entramado en el cual ellos son la reserva que tienen los criminales y genocidas para generar un conflicto de gran envergadura en las principales ciudades de Colombia. Es necesario señalar que muchos de los miembros de esa agrupación terrorista hacen presencia en las «barras bravas», algunas de ellas direccionadas, utilizadas y financiadas por cárteles de la droga nacionales e internacionales, amén de los politicastros que instrumentalizan a los fanáticos para satisfacer sus propios intereses.
Para completar, hay amenazas criminales internacionales que están actuando con fuerza para ejercer control territorial en Colombia como es el caso del Tren de Aragua, la MS 13 (Mara Salvatrucha que ya tiene negocios y presencia en el país), el cartel mexicano Jalisco Nueva Generación —con narcoalianzas con el ELN en el Cauca y en el Catatumbo— y otros graves peligros que ponen en riesgo la poca estabilidad que le queda al país.
Ante semejante colección de amenazas, nunca antes vista en el país, el Gobierno Nacional no solo es pusilánime frente a la criminalidad galopante, sino que se muestra complaciente y hasta cómplice de los grupos narcoterroristas, favoreciendo el accionar criminal mediante la desintegración y desmotivación de las Fuerzas Armadas.
Un Gobierno que ve inconveniente el uso legítimo de la fuerza coercitiva del Estado, que acuartela a sus tropas y que decapita a los mandos que tienen la experiencia, el conocimiento y el talento estratégico para enfrentar las amenazas contra la seguridad y la defensa nacional, es cómplice de los terroristas. Un Gobierno que desestimula la persecución al narcotráfico —el combustible que nutre la hoguera de la violencia— y justifica su complacencia nacional e internacionalmente con argumentos banales, solo está promoviendo y usufructuando las tropelías crecientes de los violentos.
El panorama en seguridad y defensa es desolador. Las amenazas están desatadas, operando a sus anchas en todo el país, mientras la respuesta legítima del Estado, las Fuerzas Armadas, fue castrada en lo operativo y en lo logístico, para no incomodar a los criminales, asesinos, narcos y demás especímenes que tanto fervor despiertan en la Casa de Nariño.
Las épocas del Caguán serán una pequeñez en comparación con lo que se viene para Colombia. Estamos advertidos.
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