Nuestra radio, anclada en el pasado
Hay una realidad: Medellín y por extensión Colombia padece de un síndrome: el de la nostalgia y el retrovisor. En nuestras emisoras el tango que suena (ya cuando suena) es el de los años 30 y 40, de la época de Gardel; el pop-rock se quedó anclado básicamente en los 80; la salsa que gusta es la de l

Por: Juan Carlos Mazo
Hay una realidad: Medellín y por extensión Colombia padece de un síndrome: el de la nostalgia y el retrovisor. En nuestras emisoras el tango que suena (ya cuando suena) es el de los años 30 y 40, de la época de Gardel; el pop-rock se quedó anclado básicamente en los 80; la salsa que gusta es la de los 70; las baladas que suenan también son las de los 60 y 70. De eso está lleno el dial, de un Vicente Fernández ya muerto hace 2 años, de Héctor Lavoe de quien ya se cumplen 30 años de muerto, de Rocío Durcal, Juan Gabriel, José José y Rafael Orozco.
Una realidad dramática para los melómanos y que, tal vez, en buena parte define la pérdida de oyentes que poco a poco tienen las estaciones musicales comerciales de radio, las cuales hoy están en su mayoría relegadas a los estratos bajos, es decir a un segmento popular.
Comparando los listados de Billboard o los ganadores del Grammy, se puede ver la distancia entre lo que escucha el mundo y lo que se oye en las emisoras de Colombia, donde no se arriesga, no se hacen apuestas por artistas, no hay interés en que el oyente esté al día con la música. Sus programadores se quedan en la zona de confort de los clásicos o de los nombres que se sabe que venden, los Carlos Vives, Marc Anthony, Shakira o Karol G, los cuales airean la empolvada programación radial.
A esto se suma el fenómeno de la payola: pagar para que te suene la música o incluso contrapayola: pagar para que no suenen ciertos artistas, algo que pasa en la salsa, en el vallenato y hasta en la música popular. Alguna vez realizando la investigación periodística llegué a la cifra mágica de que para pegar una canción a nivel nacional se necesitaban 1.500 millones de pesos, para sonar en radio y televisión, cifras a las que sólo podrían acceder artistas con patrocinadores non sanctos que una vez pasada la burbuja no tuvieron un final feliz.
Es triste ver cómo artistas que haciendo un esfuerzo por tener su primer disco llegan a una emisora y les dicen: «ve a otra para que te lo peguen primero», pues los locutores, programadores y directores tranquilamente le dicen en la cara al joven músico: «no te vas a hacer famoso de cuenta mía ». Y mientras tanto la calidad de lo que se escucha en nuestra radio parece copias de emisoras de hace 30 o más años.
En cada género ha pasado toda una historia que nuestra radio desconoce. Amén de otros géneros que ni siquiera espacio tienen, como muchas de las músicas de Colombia, como la andina o la llanera, por solo hablar de dos. Por eso aparece un fenómeno como Spotify para llenar estos vacíos que desconoce nuestra radio por miedo a arriesgar un poco, por falta de compromiso con los artistas, por sus únicos fines comerciales.
¿En qué emisora suenan los artistas que aparecieron en Estéreo Picnic? Una parrilla de lujo que salvo contadas excepciones son desconocidos para programadores y directores de emisoras comerciales. ¿Dónde suena el afrobeat o lo último en el reggae o la música que se hace en Cuba o el renacer del rock argentino con bandas como Conociendo Rusia?
Estamos quedados en la música, precisamente en un momento en el que la música que sale de Colombia es oro en polvo. Como nunca estamos viviendo la explosión y exposición de nuestros artistas en el mundo, pero aquí nuestra radio sigue pensando en que no quiere volver a hacer famosos a niños de barrio como J. Balvin o Maluma o que no se arriesga a programar algo nuevo y diferente porque de pronto pierden una audiencia que hace rato está con otros tiempos y otros sonidos.

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