No podemos olvidar el terrorismo del M-19 en los años 80
Fragmento de mi libro «La Colombia que recorrí» Por: TC. Gustavo Roa C. RELATO VI Por los caminos y carreteables de Caquetá. “La dureza de la vida, se refleja en los ojos tristes y asustadizos de los niños, en lasfrentes curtidas y sudorosas de las madres y en las manos callosas y endurecidas de los
Fragmento de mi libro «La Colombia que recorrí»
Por: TC. Gustavo Roa C.
RELATO VI
Por los caminos y carreteables de Caquetá.
“La dureza de la vida, se refleja en los ojos tristes y asustadizos de los niños, en las
frentes curtidas y sudorosas de las madres y en las manos callosas y endurecidas de los
labriegos”
«Varios campesinos del departamento del Caquetá fueron cruelmente asesinados en
cumplimiento de las órdenes de los sanguinarios cabecillas del M-19, por la sola
sospecha de ser colaboradores del Ejército, o por no entregar voluntariamente a sus
niños para que conformaran las filas del que ellos denominaban, en esa época como el
“movimiento revolucionario bolivariano”, el mismo remoquete o por lo menos similar
a este, adoptado años después por la Revolución chavista de Venezuela.
Las carreteras del departamento, que para la época parecían más, caminos de
herradura, especialmente durante el invierno, eran el escenario de sangrientos y
cobardes ataques con dinamita, dirigido a los puentes y también a los vehículos y
buses interveredales, abarrotados de campesinos y labriegos. Dantescos escenarios de
muerte y terror, se vivían a diario en ésta región del país.
En una oportunidad, al término de una jornada de patrullaje mecanizado por los
inhóspitos carreteables del departamento del Caquetá, conversaba en un recodo del
camino, con un ciudadano argentino que había viajado desde su país en busca de
mejores horizontes con toda su familia. Me manifestaba que, al llegar a Colombia,
específicamente al departamento del Caquetá, el cual le habían recomendado en su
país, por la bondad de sus suelos y riqueza de sus pastos; características que le
interesaban debido a su experiencia en la crianza de caballos de sangre argentina.
Llegó a Colombia, cargado de esperanzas e ilusiones, en el mes de marzo de 1.984,
al principio todo fue muy bueno, las cosas parecían estar marchando de acuerdo a lo
planeado con su familia. Con algunos pesos argentinos, producto de la venta de diez
ejemplares equinos criados en su país, compró un terreno plano y con buen
pasto, cercano al carreteable que conducía del entonces corregimiento de Solita a
Barandas.
Meses después, decidió invertir la totalidad de su dinero y ahorros sobrantes,
producto de la venta de sus terrenos en la ciudad de Santa Rosa, en la pampa
argentina, adquiriendo algunas yeguas y potrancas, para cruzar posteriormente con la
pajilla (semen caballar), que le enviarían congelados desde la Argentina. Ramón, como
se llamaba, era criador de caballos y había tenido muchas expectativas en lo que le
habían, hablado del futuro de los negocios de caballos y ganado en Colombia.
Organizó su vivienda campesina, una cómoda casita de ladrillo, unas pesebreras, un
puesto de monta y varios congeladores que le permitirían impulsar su proyecto
equino, compró además cuatro vacas lecheras y con su esposa y tres hijos menores fue
organizando su propiedad, en la hermosa franja de tierra, que él llegó a bautizar como
“El paraíso”.
Pero todo cambió abruptamente años después, cuando el M-19 apareció amenazante
en todo el departamento y la paz del lugar cambió por los permanentes actos de
extorsión, asesinatos, chantajes y amenazas. El paraíso, se convirtió en un infierno de
terror y muerte para Ramón y toda su familia. Me decía el ciudadano argentino, que
estaba buscando la forma de vender su propiedad y su ganado para regresar a su país,
pero esta labor se hacía cada vez más difícil, pues no aparecían compradores debido a
la violencia desatada por el grupo terrorista M-19.
Me afirmaba entre dientes, que los campesinos deseaban hablar con nosotros los
soldados, para informarnos sobre los movimientos y los terribles actos de barbarie que
cometía la guerrilla, sin interesar su agrupación, pues tanto las Farc como el M-19,
actuaban con la misma sevicia, en casi toda la orinoquía colombiana, tal como años
después, dentro de mi profesión como militar, lo comprobé tristemente, en otras
regiones del país.
Pero el temor de denunciar violaciones, secuestros, chantajes y asesinatos era
permanente en los campesinos, los cuales practicaban un obligado silencio, por las
retaliaciones y represalias de los terroristas, no sólo contra ellos y sus familias, sino
también contra sus escasas pertenencias, como ganado, animales de corral, cultivos de
pan coger, incluso muchas veces llegaron a quemar sus ranchos, con impresionante
sevicia incluyendo a los animales domésticos que amarraban, para escuchar sus
quejidos, en presencia de sus dueños.
El tiempo pasó, nunca supe más de la suerte de Ramón y su familia, algunos meses
después, durante uno de mis patrullajes de control volví a pasar por el lugar donde
Ramón, tenía su casita, pero ésta, estaba semi destruida, los pastos habían crecido y
las bases de pesebreras, y sus techos pajizos, parecían haber sido víctimas de un
bombardeo inmisericorde”.
El anterior relato, nos demuestra la vileza de los actos del M 19 en el Caquetá, como
en muchas otras regiones de Colombia. La historia de estos grupos terroristas,
lamentablemente han sido olvidadas o desconocidas, por muchos colombianos, con el
anuencia de sectores interesados, en ocultar la verdad de la historia de violencia en
colombia.
Lamentablemente el olvido y el ostracismo de nuestra historia, beneficia a los antiguos
terroristas, y ha permitido que nuevas generaciones, sin rubor y a nombre de una
quimérica, pero hipócrita igualdad social, promulgada por el progresismo
latinoamericano, elijan hoy a quienes ayer, fueron los integrantes, de estos grupos de
desolación y muerte, aceptándolos como sus nuevos y promisorios gobernantes.
*Consultor Sistemas de Gestión de Continuidad del Negocio.

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