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El patético cabecilla de Los Alpujarros

Por Jaime Restrepo Vásquez Las imágenes tramposas, difundidas por Daniel Quintero Calle durante los tales diálogos vinculantes, suscitaron vergüenza ajena. Trucar videos, quitándoles el audio para que no se oyera el rechazo mayoritario al alcalde, es una acción perversa, propia de Los Alpujarros. Qu

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Redacción IFM
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Por Jaime Restrepo Vásquez

Las imágenes tramposas, difundidas por Daniel Quintero Calle durante los tales diálogos vinculantes, suscitaron vergüenza ajena. Trucar videos, quitándoles el audio para que no se oyera el rechazo mayoritario al alcalde, es una acción perversa, propia de Los Alpujarros.

Que un político tenga que arriar a unos cuantos peones, para que sirvan de coral de lambones, es la comprobación de que ha caído en desgracia. Solo llevando ese ganado, cada vez más diezmado, logra obtener una foto o un video con aclamaciones que él sabe mentirosas e interesadas.

Sin embargo, el espectáculo lamentable apenas comenzaba. Con megáfono en mano, Quintero Calle se lanzó a posar en su farsa, para hacerle creer a la galería exterior, que es un alcalde querido por la ciudadanía medellinense. Es que en Medellín, ya nadie le cree ni le come cuento.

En esa puesta en escena, que no despertó rabia sino lástima, el burgomaestre soltó cuanta ocurrencia vetusta se le ocurrió, para tratar de asirse al «enemigo interno Álvaro Uribe», al cual requiere con desesperación, con miras a las elecciones de 2023. ¿Qué tiene que hacer un alcalde, gritando arengas en un evento? ¡Debería trabajar, que hartos problemas sí hay!

Esa impostura de Quintero Calle es un desafío a la Constitución y a la ley. Puede que sus conmilitones en el Congreso puedan conseguir el cambio de las normas, pero hoy por hoy, está prohibida la participación en política de los funcionarios, por lo cual, es un simple transgresor de las leyes que se sabe, por lo pronto, impune frente a la justicia.

Es que un alcalde llega a esa posición como político, pero ya elegido, es un administrador, un gerente y un gestor de beneficios para los ciudadanos del territorio en el que resultó escogido. Nada de esto ocurre en Medellín, ciudad abandonada a su suerte y con la espada de Damócles de que Empresas Públicas de Medellín sea, después del 30 de noviembre, una empresa inviable.

Por desgracia, Medellín tiene por alcalde a un adultecente caprichoso, bruto, inmaduro y matoneador, que cree que sabe hacer política, cuando la realidad demuestra que, pese a los millones que ha invertido, de procedencia más que sospechosa, los resultados son deplorables y su imagen es la peor registrada en la historia de Medellín.

¿Por qué no se asoma a las marchas que llegan justo al frente del piso 12? ¿Por qué no bajó a atender, por ejemplo, a los funcionarios de las comisarías de familia, quienes hicieron un plantón esta semana en la plazoleta de La Alpujarra? ¡Por físico miedo! Daniel Quintero le tiene terror al rechazo y esa es una de las emociones que despierta en la ciudadanía.

Es tan cobarde y consciente del desprecio, que el pusilánime Quintero Calle llegó con su dispositivo de seguridad a los diálogos, rodeado de maletines blindados, como si alguien quisiera ensuciarse las manos con semejante escoria.  La amenaza que siente el alcalde surge de la culpa por su deshonestidad, por su falta de transparencia y por sus juegos mezquinos con EPM e Hidroituango. De seguro, es incapaz de conciliar el sueño.

Así, con esos pobres policías y empleados de la UNP tratando de evitar que lo golpearan, le resultó muy sencillo exhibirse como el típico matoncito de barrio, trenzándose en discusiones y pleitos con quienes tuvieron la honradez de repetir lo que se dice en toda la ciudad: que Quintero es el peor, que es un ladrón, una rata que defraudó a sus electores y que nunca ha gobernado la ciudad.

No existe algo más patético, que un gobernante insultando a la ciudadanía opositora, pues a diferencia de otros mandatarios que han tenido el coraje y la tranquilidad de buscar el diálogo y la argumentación, a Quintero Calle solo le alcanza para delinquir, pues tendría que comprobar que los ciudadanos a los que señaló como ladrones, realmente lo son.

En la farsa de Quintero no podía faltar la agresión física. Dos de sus galopines, el inútil Juan David Duque y el irrelevante Juan José Aux, golpearon al activista David Toledo y, como barriobajeros, agredieron de palabra a todo aquel que osó cuestionar al despreciable alcalde.

Esa es la calaña que dice gobernar a Medellín. Esos son los asaltantes del erario, los matoncitos de quinta, los desclasados que en mala hora, la ciudadanía disque eligió para regir los destinos de la ciudad. En realidad, son tan patéticos como su máximo cabecilla, Daniel Quintero Calle.

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