Argentina Campeón, otro motivo inverosímil de división en redes
Por Alexander Barajas Pese a que fue de lejos el mejor partido de una final de Copa Mundo de las 12 que he tenido oportunidad de presenciar en directo (motivo suficiente para hermanarnos en el gusto común por el fútbol bien jugado), el partidazo de Argentina contra Francia que definió el campeón de

Por Alexander Barajas
Pese a que fue de lejos el mejor partido de una final de Copa Mundo de las 12 que he tenido oportunidad de presenciar en directo (motivo suficiente para hermanarnos en el gusto común por el fútbol bien jugado), el partidazo de Argentina contra Francia que definió el campeón de Catar 2022 degeneró en otra batalla campal en redes sociales entre colombianos, divididos entre quienes celebramos a rabiar el título albiceleste y quienes se burlaron de nosotros por una supuesta falta de congruencia o de criterio, la cual iría desde lo deportivo hasta lo identitario y moral.
Si nos vamos a poner en la tediosa tarea de asignarle racionalidad a aquello tan emocional que rodea el juego más popular del mundo y, a partir de eso, a irrespetar la preferencia del otro en algo tan íntimo y puro como es la pasión futbolera, pues ahora me tomo un tiempo para escribir estas líneas que no buscan ser una sentencia dialéctica definitiva para nadie más que para mí mismo. Ni siquiera pretendo tomarme la vocería de quienes como yo nos emocionamos y aplaudimos la victoria gaucha. No faltaba más.
Veamos cuáles fueron los argumentos más recurrentes para señalar como una aberración nuestro apoyo a la selección argentina. El primero es que no éramos argentinos. ¿Y qué? ¿No nos podemos alegrar de que EEUU haya llegado a la Luna o que los rusos derrotaron a Hitler o de que los ucranianos repelieron a sus invasores, por solo citar un hecho de actualidad? ¿Sólo podemos alegrarnos por lo que hagan nuestros connacionales? ¿En serio? ¿Sólo podemos escuchar y bailar por música de colombianos? ¿Sólo nos podemos conmover por arte hecho por colombianos? ¿Seguro?
Los logros de otros pueden ser nuestros si compartimos sus mismos valores en algunos aspectos; nada debería ni tiene que ver la nacionalidad, lo que es un accidente cultural, una convención humana, artificial. Los valores, los sentimientos y la empatía son por lo general naturales, espontáneos. Como el odio (en este caso, el odio a lo argentino). Una y otra cosa puede ser válida o no válida, depende del corazón de cada quien. Es la emoción, es la conexión. Se siente o no se siente. El resto es murga.
El segundo argumento es este: “¿cuándo han visto a un argentino apoyar a Colombia?”. Otra “poderosa” razón con la debilidad de la generalización. Con que un argentino lo haga es suficiente para desarmarla; algo que con seguridad ya pasó y volverá a pasar, en 200 años de vida independiente de ambas naciones. Solamente les dejo esta inquietud: ¿Están seguros de que los argentinos no apoyaron a Colombia en los cuartos de final de Brasil 2014? ¿Lo pueden jurar? Y bueno, digamos que nunca pasó, ¿la reciprocidad es requisito imprescindible para apoyar? ¿Yo apoyo a un político que ni me conoce, con el voto, porque a su vez me apoyó a mí? Por favor.
El tercer argumento es quizás el más patético porque conlleva injusticia, olvido e ingratitud. “Es que los argentinos son unos agrandados”. Bueno, primero es injusto porque generaliza a todo un grupo humano, de casi 50 millones de personas, en el cual debe haber y hay de todo. Tengo la fortuna de tener conocidos argentinos y algunos los considero mis amigos. He conocido de todo en ellos, todas las posibilidades del carácter humano. Como toda generalización, es endeble, y encima injusta.
Y ese mismo argumento trae consigo un imperdonable olvido: un colombiano que etiqueta a un individuo de otra nacionalidad. ¡Un colombiano! Quizás el latinoamericano más estigmatizado no tiene empacho en estigmatizar a un argentino. ¡Válgame Dios! El chiste se cuenta solo. Ahora viene el ingrediente de la ingratitud, para lo cual recurriré a unos datos de fácil comprobación, a través de nuestras hinchadas futboleras vernáculas.
No apoyan a la Argentina hinchas del Atlético Nacional, que le deben tanto a un Zubeldía, a un Brown, y en tiempos más cercanos, a un Galván Rey, a un Pezzuti y hasta a un Armani. ¡Un Armani!, el jugador que más títulos les ha dado, verdadero ídolo, inclusive campeón del mundo este 18 de diciembre en Doha. ¿Se dan cuenta de la monumental ingratitud de su irracional e incongruente aversión a lo argentino?
Por la vereda del frente también se puede decir lo mismo. ¿Cómo un hincha poderoso puede despreciar a la Argentina si de allí han venido los ídolos más grandes de su historia, como José Manuel “Charro” Moreno o el mismísimo Germán Ezequiel Cano o el actual capitán Adrián Arregui? Todos ellos campeones con el DIM. Seamos serios.
Este breve recuento cercano puede repetirse en cualquier club de fútbol colombiano. Todos tendrán, en su escalafón, casi lo podría jurar, un ilustre deportista argentino que ayudó a construir su particular historia de gloria. Con Argentina nos unen lazos de amistad y hermandad que trascienden lo futbolero, pero como estamos hablando de este bello deporte, no nos salgamos de allí.
Ninguna potencia balompédica suramericana le ha aportado tanto a nuestro fútbol y a su crecimiento como la Argentina. Ninguna. Y eso lo deben tener más que claro quienes, en ejercicio de su libre derecho de apoyar o denostar a quien les dé la gana, prefieren en cada Mundial “torcer”, por ejemplo, por los brasileños; que los hay y por montones.
Aparte del lejano recuerdo del fugaz paso de Garrincha por el Junior y las grandes gestas de Ephanor, los recuerdos más recientes de grandes estrellas brasileñas en el fútbol profesional colombiano para nuestra generación de cincuentones futboleros tienen a Sapuca, Marcio Rodrigues Cruz y Rogerio da Silva. ¿Creen que hay algún punto de comparación, muchachos?
Déjenos gozar y no se pasen de mala leche. Ganó Argentina, también ganó nuestra América Hispana. Desde luego, ganó el Tercer Mundo sobre el Primero; pero, sobre todo, ganó el talento y el mérito -tan cercanos y a veces tan esquivos- sobre cualquier otra consideración.
Si eso no los alegra, por lo menos que no los amargue. No sean así.

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