(OPINIÓN) En la muerte de Miguel Uribe Turbay (Q.E.P.D.). Por: Bernardo Henao Jaramillo
Hoy, con profunda tristeza y dolor, rindo homenaje a un ser humano cuya vida fue arrebatada por la desgracia y la venganza, en un estado absoluto de indefensión. El asesinato de Miguel Uribe Turbay no deja duda: fue un magnicidio y un crimen de lesa humanidad. Fui su amigo, colaboré con él en la cam
Hoy, con profunda tristeza y dolor, rindo homenaje a un ser humano cuya vida fue arrebatada por la desgracia y la venganza, en un estado absoluto de indefensión. El asesinato de Miguel Uribe Turbay no deja duda: fue un magnicidio y un crimen de lesa humanidad. Fui su amigo, colaboré con él en la campaña a la Alcaldía de Bogotá y, posteriormente, en la organización de marchas que ya ocupan un lugar en la historia. Luchó siempre por Colombia, y lo silenciaron cobardemente.
La familia Uribe Turbay ha escrito páginas de dolor que permanecen en nuestra memoria. Cuando Miguel era apenas un niño, perdió a su madre, Diana Turbay, durante un fallido operativo de rescate. Supo sobreponerse a ese hecho, aunque siempre lo tuvo presente en su camino político. Su abuela, doña Nydia, lo acompañó de manera constante en su formación, y su padre, Miguel, le forjó un carácter que imprimió a toda su trayectoria pública.
En los distintos cargos que ocupó, se distinguió por su compromiso y su capacidad. Fue el senador más votado en la legislatura actual y nunca dudó en alzar su voz para denunciar la corrupción. No le tembló la voz al señalar los desastres del gobierno del presidente Petro.
El 7 de junio de 2025, durante un mitin en un parque del occidente de Bogotá, el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay fue baleado por un sicario, al parecer menor de edad. Este crimen nos trasladó treinta años atrás, a una época que creímos superada.
Siempre quedará la duda sobre si su esquema de seguridad había sido reducido y sobre la responsabilidad de la Unidad Nacional de Protección (UNP), que en repetidas ocasiones se negó a reforzar su custodia en desplazamientos, sin dar explicaciones claras. Su director, Augusto Rodríguez, estuvo vinculado al M-19.
A este hecho atroz se sumó la desafortunada reacción del presidente Petro, quien calificó de “niño” al sicario y pidió protección para él, sin pronunciar una sola palabra sobre la víctima.
Este crimen tuvo antecedentes. El 1 de mayo, en la Plaza de Bolívar, Petro ondeó una bandera roja y negra —que él mismo identificó como la bandera de la “guerra a muerte” usada por Bolívar. En X, lanzó acusaciones contra el abuelo de Miguel, el expresidente Julio César Turbay Ayala, afirmando que había torturado a 10.000 colombianos y que Miguel no podría hacerlo “porque el pueblo se ha decidido”. Tras el atentado, se refirió a Miguel en X como “el hijo de una árabe”, cuando es bien sabido que su madre, Diana Turbay, fue una gran colombiana.
Los colombianos exigimos saber ¿a qué fue Gustavo Petro a Manta?.
En otro episodio, amenazó a “los amigos de Efraín Cepeda”, entonces presidente del Senado, asegurando que “el pueblo” los borraría de la historia de Colombia.
Se ha cometido un crimen de lesa humanidad que no puede quedar impune. Tanto los autores materiales como los intelectuales deben recibir castigo ejemplar.
En medio de este dolor, lo más importante es no perder la esperanza ni desfallecer en esta lucha desigual contra el mal. Al cuerpo médico que lo atendió en la Clínica Santafé, mi profundo agradecimiento por su labor titánica.
Paz en la tumba de Miguel Uribe Turbay y gratitud eterna de los colombianos de bien. A su esposa, María Claudia; a sus hijas; a su pequeño hijo Alejandro, de apenas cuatro años; a su padre, Miguel, y su esposa Delia; a su hermana Carolina; a su tío Julio César; y a toda la familia Turbay Quintero, mis más sentidas condolencias.
La sociedad civil mantendrá en alto las banderas que enarboló Miguel Uribe Turbay y no desfallecerá en esta lucha que él nos inculcó en la defensa de la democracia y de nuestra hermosa Nación.

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