Tres escritores tratan sobre inteligencia artificial
En la dimensión de los nuevos medios o instrumentos tecnológicos y de sus desarrollos insólitos y extraordinarios, qué podría decirse y decirnos, en relación con la inteligencia artificial y su visión del mundo desde su estética y por qué, cómo la incide o no y para qué?
EVERARDO RENDÓN COLORADO
En cuanto a las tecnologías de hoy, creo que Internet es la octava maravilla del mundo y a partir de allí toda la cantidad de software, aplicaciones y programas que se han inventado son un gran avance en cuanto se pongan al servicio de la humanidad y no se conviertan en una esclavitud posmoderna. La IA es la suma histórica del devenir de la humanidad; es el resultado intelectual del colectivo en todas las ramas del saber, en su desarrollo social, científico y tecnológico; en la dialéctica constante de su habitar e interactuar en el universo.
El ser humano deberá manejar esta herramienta con sumo cuidado a la hora de cargarle información, para evitar accidentes fatales. En cuanto a la incidencia de la IA en la literatura, creo que es una herramienta útil para proporcionar datos históricos y libros o páginas muy técnicas. Ahora, sin duda, se inundarán las editoriales e imprentas con gran cantidad de libros, muy planos, fríos, sin asomo de la creatividad intuitiva y esa emotividad del calor humano. En literatura, como novela, cuento o poesía, la IA jamás podrá igualar o superar el duende creador de cada autor. Todo individuo es un mundo aparte, un monólogo personal, una historia, un ritmo de vida, un manojo de nervios, de azarosas intuiciones, que, en últimas, son su caja fuerte, su defensa, y solo él sabe las claves que desatan su inspiración. Por tanto, la IA podrá crear páginas muy precisas y hasta buenas, pero desangeladas.

RENÉ JARAMILLO VALDÉS
Parecería que la deshumanización a la que está siendo sometido el mundo da pie para que todo lo nuevo que llegue se quede. No estamos en capacidad de deshacernos de nada, menos de lo que nos presentan como novedoso y por tal motivo tenemos que aprender a convivir con lo que, como dicen, beneficia a la humanidad. En esta época todo llega para quedarse. El afán, el consumismo y las apariencias nos hacen olvidar los momentos esenciales de la vida; olvidamos que la sombra más fresca y placentera es aquella que viene de la mano de tarde y que una noche bien merecida es un puente poderoso al que ningún abismo oscuro intimida.
Bienvenida la tecnología, los magníficos inventos que nos devuelven, con los cuales mejorará nuestra calidad de vida. Y sí. Vista desde este punto la inteligencia artificial se convierte en el arco que desde el instante en que suelta la flecha se conoce el puntaje obtenido. En el arte, como en la literatura, la tecnología es muy interesante, es una herramienta muy eficiente y agiliza los procesos. Sin embargo, está lejos de reemplazar la naturaleza humana, los sentimientos, los pensamientos y las reflexiones que desarrollan las distintas actividades humanas.
Las bellas artes siempre necesitarán de un ordenador de ideas, de un generador de las emociones e interacciones sociales capaces de auscultar lo humano y, a la vez, orientar en comprensión de sus contradicciones. Haré uso de la inteligencia artificial y serán mis capacidades, mis habilidades, las que pongan límites a sus intromisiones. En algunos momentos podrá convertirse en supervisora de procesos, pero no para delegarle la creación o conservación de momentos de goce estético. La creación es ascender escala a escala, capítulo a capítulo, y no pararse en el desván a contemplar un horizonte pintado por quien no va a vivir en él, aunque en él se vea representado.

ALEJANDRO GARCÍA GÓMEZ
Le expongo aquí mis “cambios” tecnológicos:
Cuando me decidí a mi trabajo literario, disciplinado (que quizá fue ya entrado en los últimos períodos de mi juventud), comencé en una máquina Olivetti que adquirí en una prendería. Un poco más adelante, a partir de algún premio y otros reconocimientos (1988), también me inicié en la columna periodística y en las reseñas literarias para un periódico de Pasto (Diario del Sur), y no recuerdo para cuál medio más, quizá algunas revistas de “publicación clandestina”, algunas. Mi columna se llamó Nod y luego Desde Nod, lugar bíblico donde Yahvé expulsó a Caín después de que asesinara a Abel, su hermano, y lo desterrara del Edén, según el Éxodo (IV,16). Encontré que Nod, en el idioma del imperio hitita, tenía un valor cultural asimilable al de “baldío” (por obvias razones culturales no se puede hablar de traducción); ese término, “baldío”, me produjo una connotación de libertad, y desde eso el cubículo donde escribo se llama Nod, lugar de mi libertad.
La poesía siempre la escribía a mano (y aún lo hago así), porque siento que de esta manera es como mejor me va o quizá porque así me acostumbré: anoto en papeles, que ando cargando en el bolsillo pechero de mi camisa, apuntes que luego paso a alguna libreta o a otras hojas para ser transcritos a otras y de estos a otras, y así, hasta que creo que ya; que no más, que el poema está ya.
De mis cuentos, alguno o algunos iniciales los escribí manuscritos también y los pasaba luego a la Olivetti. Los empezaba a corregir con muchos tachones y enmendaduras y los volvía a transcribir. Nuevas lecturas, nuevos tachones y enmendaduras, hasta que ya no más, y de ahí los almacenaba en legajadores. A veces, abría el legajador para verlos de nuevo (manía que creo es de todos los escritores) y los volvía a enmendar y, claro, a transcribir.
Los textos periodísticos debí siempre escribirlos a máquina, porque el director del primer medio donde comencé (de Pasto) me regaló algunas hojas y me dijo colocándose una de las hojas en su mano izquierda y señalando con su índice derecho: “Tamaño máximo de la columna desde aquí hasta aquí, espaciado sencillo”. En los inicios, una vez terminada la columna, le hacía una fotocopia (afortunadamente no me tocó la era del papel carbón, como sí a mi padre con sus escritos), lo metía en un sobre de carta con la dirección del periódico (y más tarde a otros medios más, donde comencé a publicarlas y, claro, ya eran más fotocopias, entonces) y las despachaba por un correo que entonces se llamaba “correo aéreo”, de Avianca, porque parece que se transportaban en camiones.
Las “cartas” estaban llegando a Pasto o a las otras ciudades, casi a la semana. Una vez en el medio de comunicación, lo “levantaban” y lo imprimían en la edición de alguno de esos días, cuando lo señalara el director. O sea, la demora de un texto llevaba, más o menos, de una semana en llegar y otro tanto similar en salir publicado. La extensión con las reseñas de textos literarios (novelas, cuentos, poesía, biografías, etc.) tenía una ligera posibilidad de ampliarme un poquitico más, si era necesario para el texto, porque eran para una revista dominical.
Luego me tocó la era del fax, pero aún con mi Olivetti: ya no sacaba fotocopias, sino que iba a alguna papelería o tienda cercana que tuviera fax y las despachaba. Los textos, milagro de la tecnología ya, llegaban instantáneos a los periódicos para ser levantados e impresos. Creo que, en algún interregno de esos, empezó a volverse accesible tener un computador familiar en la casa, con su respectiva impresora, creo. Un poco más tarde, el computador empezó a tener la posibilidad de integrarle fax en su “corpus” (como un servicio de la empresa de comunicaciones, pienso) y ya no tenía que salir a conseguir uno en una papelería, sino que el envío lo hacía desde mi propio computador, ¡instantáneo!
Luego fue llegando la era de los computadores con tecnología un poco similar a la de los actuales. A los servicios públicos de comunicaciones les fueron compitiendo otros de naturaleza privada y en ese entretanto llegó la magia del internet, con el correo electrónico y luego el resto de beneficios actuales que cambian a velocidades que jamás imaginamos en nuestra infancia o juventud.
Las dos novelas me encontraron con un computador más o menos de los actuales. Y ya en la era actual, sigo encontrando cambios, modificaciones a las que me he ido adaptando para mi trabajo literario y que, en su gran mayoría, he encontrado que han sido para mi mayor comodidad, como p. ej. la manera como hoy usamos los diccionarios y encontramos datos precisos al instante, como fechas, personajes, etc.
¿Qué viene? Qué viene, no; ya llegó: la inteligencia artificial (AI), a la que el filósofo de la historia, Yuval Noah Harari, le dedica su cuarto estudio (Nexus, aparecido en este 2024). Estudio tan poco halagüeño, que más bien debería ponernos a reflexionar (más que a preocuparnos) sobre cómo podremos convivir con ella, sin que nos desborde y nos ahogue. Que aprendamos de los tiempos pasados, con otros descubrimientos inmensos que para su devenir, ocurrieron: la rueda, la máquina de vapor, la imprenta, el internet, etc. ¿Qué nos deparará la IA (uso un verbo piadoso, que espero sea el preciso)? Por un lado, y por parte de unos entendidos o expertos (como es el vocablo de moda), cada día tenemos una respuesta cataclísmica más, que se adiciona a la tragedia; y por el otro lado la otra, la de quienes ven en ella solo adelanto y progreso. No me siento fuerte en este campo para opinar más.
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