Sueño hexaédrico (relato)
Nadie sabía nada de lo que ocurría en aquella casa, que en las noches de tormenta se convertía en villa, y otras veces al mediodía se veía transformada en castillo. En este lado de la ciudad, estos acontecimientos no extrañaban a nadie. No había misterio sino una realidad misteriosa, que hacía que los habitantes de ese lado de la ciudad pudieran vivir de esta manera: alucinados, como si vivieran en una Beulah desconocida.
Por: Óscar Jairo González Hernández
Nadie sabía muy bien quiénes vivían allí. Todo parecía absolutamente normal en ella y nadie sentía nunca deseos de conocer a quien la habitaba. No había por qué saberlo, dado que nunca ellos tampoco se interesaron por conocer y saber de la vida que llevaban los que vivían en ese lado ciudad. La casa tenía una arquitectura bastante excéntrica; era hexaédrica, en la que se combinaban estilos bastante extraños, que tenían como finalidad la de provocar, en quien allí vivía constantes sensaciones súbitas de fascinación. La fascinación era aquí considerada como una forma de conocimiento y de conciencia de la realidad. Todo estaba construido de esa manera. Nada estaba como un anexo burdo y bruscamente ornamental.
Las ventanas de estilo barroco estaban siempre cerradas, como si se tratara de evitar que se viera la luz que inundaba la casa, por momentos. Por lo que escuché decir, antes de que Sara fuera expulsada por los habitantes de este lado de la ciudad, vivió allí. Una vez fue desterrada, la casa fue quemada y no ha quedado rastro de ella. Excepto que en ciertas noches, en ese sitio, se ve una luz que se derrama de una cabellera de helechos. Nada más se sabe de ella, solamente su nombre. Es en realidad lo que uno debería saber de los otros, nada más que su nombre. Pero el nombre de Sara era tan real como la dimensión de la casa. Nunca tuvo trato con nadie. No tenía más relaciones que con su mundo. Para conocerse a sí misma no era necesario tener trato con los demás. Hablaba para sí misma. Tentación del conocimiento de sí misma y de la casa. No había forma exterior que no indicara claramente que ese había sido su camino decidido, obsesivamente.
Nunca se hizo ilusiones sobre el mundo ni sobre los hombres. No conocía la realidad más que por el temblor que causaba en ella la visión de lo desconocido. Tendía a no ser muy racional en las cosas. Decía hablar con los muertos. Para ella ir al Hades era lo mismo que ir hasta la sala de la casa. Era un mundo absoluto, en el cual la visión y realidad estaban fundidos entre sí. Era un mundo donde la percepción lo era todo.
En ese lado de la ciudad, la tranquilidad era total. No existía la violencia entre sus habitantes, no la conocían, nada sabían de ella. No les interesaba. Nadie podía destruir esa tranquilidad excesiva. Eran invulnerables. Todo comenzó a destruirse y a convertirse en un caos cuando Sara abrió la puerta de la casa y salió a dar un breve paseo por la calle que lleva hasta la playa. Sara nunca había salido de su casa hasta la playa. Decidió, ante la sensación de la hermosura que le causó lo inabarcable, lo indecible del mar, que no volvería nunca más a la casa, que se quedaría viviendo en la playa. Esta decisión desencadenó la furia y la locura de los habitantes de ese lado de la ciudad, ya que entonces ellos perderían el misterio de la casa, del que ella era el hilo conductor. La casa se transformaba en villa o castillo, porque ella estaba ahí, puesto que ella era quien hacía real ese misterio. Ya sin ella, ese lado de la ciudad no sería nada y las casas serían las mismas casas de toda la ciudad. No habría fascinación ni encantamiento para vivir allí.
Los habitantes de ese lado de la ciudad decidieron desterrar a Sara, porque viviendo en la playa, les traicionaba y moría así el misterio de la casa. Y el misterio de Sara. Ese lado de la ciudad fue lentamente desapareciendo y sus habitantes también. Todos fueron muriendo lentamente en ese lado de la ciudad y con la casa, que quedó abandonada, y ellos se abandonaron también a la muerte. Nunca más se volvió a hablar entre ellos de la casa ni de Sara. Fue y continúa siendo hoy un total misterio el destino de Sara. Nadie más volvió a saber de ella.
ILUSTRACIONES DE YVES TANGUY (1900-1955)
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