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Sergio González (1987-2019): Y su poética del "espejo"

Nadie quiere someterse a realizar una excavación en sí mismo, porque no le interesa o porque siente que no sabe cómo hacerlo, y no es dado a quedar en poder del instinto para proyectarse a sí mismo como quien excava insaciable y obsesivamente en ese sí mismo que ha construido y formado.

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Sergio González (1987-2019): Y su poética del "espejo"

Por: Óscar Jairo González Hernández.

Ese sí mismo, en su intención de conocerse a sí mismo no es para suturar al yo, sino para mantenerlo en movimiento, en el movimiento de esa temperatura. No se trata de saciar lo insaciable, sino de mantenerlo en movimiento, y por ello entonces es necesario el delirio, un delirio que sea el principio metódico del excavador, delirio como un medio incitador que le esencial al excavador de sí mismo, como el mismo SERGIO GONZÁLEZ lo dice en este su libro: La excavación es un viaje, la forma más aislada y oscura del inconsciente humano. Concebida como un deseo, marca una transición; es el apodo fantasmal que sumerge en el temor y el placer. Adentrémonos, reconectemos los miedos en busca de explicación, aunque esta sea imaginería surrealista. El resultado será solemne, pues la excavación deja atrás cualquier trauma que cuelgue.

No es una invocación, no se inquiere por uno mismo desde ella; es la inervación delirante del sentido de la tensión que se causa en el yo, ante sí mismo, pero más que nada ante otros, que no conocen de lo que uno lleva en sí mismo. De cómo se está condenado, pero ellos buscan la manera de exorcizarlo de sí mismo, sin que nada puedan decir de uno mismo, en su condenación irreductible e indestructible.

Es sentirse en la vida del sí mismo, condenado y sin resolución. Como dice otro querido condenado, Jean Pierre Duprey: He reventado una máscara y tu risa ha surgido como una boca nueva… (Espectras); en medio de la insolencia escandalosa de la provocación. Mostrar la tensión del condenado en su sentir, por su sentirse en sí mismo, es hacerlo para provocar el escándalo radical (Pasolini) que ha de ser lo que lo exorciza por un momento de ese contacto destructivo con los otros.

Destruirme es lo que tratan de hacer esos otros. Y para sostenerme en lo insostenible, el arte es lo que sabe de mí. No sabe de mí sino el arte. Yo me he dado a él, para que pueda condenarme, para que pueda destruir de otra manera, en donde lo estético sea la transparencia de la destrucción. Por lo mismo puedo decir, puedo exclamar como lo hace SERGIO GONZÁLEZ: La sociedad es un hábito, su proyección es un sueño.

Trastorno mi cráneo para hacerlo decir lo que yo no puedo decir. Y diciéndolo, inclusive, me hace callar. Me indica que debo callar y, si no, él estallará. Meteoros se violentan en mi cráneo. Y no sé cómo asirlos, no sé cómo proyectarlos en el espejo de mí mismo, porque solamente también sé de mí mismo como excavador y como quien es un exclamante, desde el espejo; sin espejo de mí mismo no soy nadie, nos dice obsesivamente (lucidez obsesiva) González, y todo está dominado en el sentido de lo que el espejo es: mar de espejos, lluvia de espejos zodiacales, oídos de espejos, ostras de espejos, que me devoran, que me hacen devorar mi vida en los espejos, sin espejo. Me inundo de espejos, vivo entre ellos, me consumen y me hacen delirar.

Por eso mismo, el espejo es el médium y está dicho desde cuando González nos dice de su Cioran. Nunca había leído un libro en el cuál la indicación principal al lector le sea dada con ese poder, con esa intencionalidad tan lúcida y tan insolente. Estética de la insolencia es este libro, que comienza a intervenir nuestro relato y que ha llamado: Espejo: Con mesura le mostré que fuera de mí no hay esencia; yo soy el agua que bebe, los caminos que busca, su espejo, su ignorancia, sus virtudes, su realidad, el aire, lo extraño, las ciudades, la valentía, el laberinto, el aliento, la eterna distancia, la peligrosa telaraña, el error y la sombra.

Sergio González (1987-2019): Y su poética del "espejo"

Es este libro también, un tratado de la irritación, de la inconmensurable irritación que se ha de causar en uno mismo, cuando ha deseado pronunciarse ante sí mismo y ante los otros. De esa condenación es desde la que aquí SERGIO GONZÁLEZ hace su tarea en la perspectiva de la decisión de hacerla; tarea, es una decisión tremendamente drástica, porque es innecesaria para los otros; en cambio a él, no. Y por lo mismo entonces, la irritación es una medición de esa intensidad del excavador. No duda en hacerlo. No duda en reírse de todo como lo hace en la totalidad de este libro; no es la risa retórica, obtusa, es la risa de la insolencia estética.

La irritación resultado de la relación, de la fricción, de la fisura con sí mismo y con los otros: naturaleza de la fricción, realidad de la fisura, de la contradicción física y química, de la rebelión estética, que lo lleva a lanzar invectivas poderosas. Contradictor, entonces se hace, pero por irritación, porque se es indeseable, o sea, no deseado lo que es o intenta ser, lo que dice o intenta decir. El libro es lo que excava; en él mismo y él mismo excava en el libro, como una heracliteana manera de no llenarse de ira obtusa, sino de irritación estética, de construir su conciencia crítica, indeleble e irreverente.

De allí entonces que deba (sin deber) recurrir a todas las formas de decir: Poemas, reflexiones, cuestionamientos, aforismos y cuentos. En esta su estética de la irritación y la insolencia, no existen formas ni contenidos ya construidos, sino que es él quien tiene (sin tener) que construirlos; por eso mismo tienen muchas y otras formas, no una sola, no una manera sola, sino todas en una hermosa y frenética intención de ser total, totalizante y totalitaria (en sí misma) de su excavación, de su intencionalidad decisiva e irrevocable de su excavación desde la invención del Espejo.

Este libro es un espejo que ha inventado González, para acceder a sí mismo, sin acceder o sea para hacerse a sí mismo, sin cráneo. La escritura es entonces su cráneo, el cráneo que ha encontrado tras su excavación. Habla del cráneo. Furioso libro. Inédito en su furor. He aquí el largo y sinuoso ritual de la vida, que misteriosa llega y luego se desvanece flotando ingrávida en medio de la oscuridad.

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