Juan Gil Blas: “Una sola flor nunca me ha animado nada"
En sus temas (constructos diseminadores del arte o de su estética), los que le hacen acceder, provocar un conocimiento, incrustar una conciencia sensible, asir o no un símbolo, sentir en qué dimensión, sostener su visión de conocimiento o que haya hecho un trayecto en su vida obsesivo onírico quiromántico y real: ¿Podría decirnos qué flor lo ha causado y realizado y por qué y para qué en lo que ha hecho o en lo que hace? (Revelación del instante o de su catarsis)?
Por: Óscar Jairo González Hernández
Siglo veinte cambalache. No es en mí una sola flor el final del veinte; sus ochenta y noventa me fueron sí todas. Reales. Imaginadas. Gramatizadas. En el cementerio San Pedro, en el San Lorenzo, en el de Belén, en el Universal, en el Campos de Paz, en el de Apartadó, en mis visionadas Escombreras que nadie más, embelesados los poetas teóricos con sus flores de adorno, vislumbró, sintió, soñó, nombró, dijo. En las mañanas, a mediodía, al atardecer, al anochecer. Floreciéndome. Solo conmigo y en compañía de los muertos.
Contemplándolos, viviéndolos, interactuando con ellos, nutriéndome de la savia de la tierra, de las bóvedas, de los columbarios, de los mausoleos. Indagando la antioqueñidad, la medellinidad, mi un No sé cómo he venido a parar aquí (Nicanor Parra). Libreta, lapicero y máquina de escribir a mano. Barrio apartadosueño Las Flores. Barrio medellino Laureles. ¡Todas las flores en primavera! Diccionario triste (escrito en el 92 y 93, publicado en 1998); “Flores negras”, “Flores de la ira” (1996, aprox.). Siglo veinte cambalache y ni una sola flor específica en mi creación, en mis sueños. Ni un pétalo de mistificación estética. Ni una corola, ni un estambre, ni un pistilo.

En cambio sí, la montonera: el esmero del jardinero en pro del requerido funcionamiento bio-estético de las flores, la rosa crepuscular, los caminos de piedrecillas blancas entre los girasoles, los crisantemos abiertos y dadivosos, las flores que han nacido, han crecido, han reproducido, han muerto, los jazmines y jacintos, los geranios, los gladíolos y los girasoles, una mata de maíz (el maíz tiene flor) gravitando la poesía de Gregorio Gutiérrez González entre los muertos, el mirto de Acuario, la margarita de Aries, el sietecueros de Cáncer, la no-flor de Capricornio, el marchitamiento de Escorpión, la orquídea de Géminis, los claveles, los capullos arrasados por un loco en las noches de luna llena, las coronas marchitas que el jardinero quema en el pozo de los desperdicios, el olor a centro de mujer del mediodía de las orquídeas, los lirios y los azafranes, las begonias, margaritas, dientes de león, azucenas, paulonias, milamores de Rosa la tumba 306, los tallos, raíces y hierbas del yerbatero muerto por otro yerbatero de mayor sapiencia, los sauces, almendros, palmas, naranjos visitados por pájaros, libélulas, mariposas, basiliscos, zancudos, chicharras, hormigas y moscas, y los escarabajos y grillos y murciélagos y gallinas ciegas, hábitat natural de las flores de cementerio. Y el mundo se me anchó y el mundo fue mío y las flores de los muertos del siglo veinte cambalache me bautizaron escritor. La Medellín florida. Tus olorosas esencias.
Siglo veintiuno cambalache. Cables inalámbricos, cabelleras membretadas, celulares, IA. Flores, muchas. Artificiales, dirigidas, conducidas. Flores de la miseria. Flores de la indolencia. Flores del lugar común. De la máscara. Del adorno. Sin fú. Sin fa. No mentiré, no retoricaré. No me caso con ninguna flor. No la hallo. El paisaje es seco, estéril. Es aparaticos, no naturaleza. Selfies de una flor.
Esqueletos con flores no-flores, muchos. Forman taco. Mientras más carnavalesca Medellín, mientras más festiva, más hedonista, más tecnologizada, más dirigida, más ajuiciada, más se me escapa, menos mía es. Brego mi red para asirla. La que me nace. Lugares comunes floridos, un montón. Los de la moral y las buenas maneras. El orquideorama. El desfile de silleteros. Los silleteritos. No me pueblan.

Los respeto, como la vida que es. A veces hasta me animo y en ocasiones aplaudo, pues conciudadano soy. Pero dónde está el cementerio, fuera o dentro?, se preguntaba Mariano José de Larra recorriendo Madrid hace ya bastante tiempo un día de difuntos. Eso mismo hago. Recorro, busco, observo, huelo dónde, cómo y cuándo van a nacer flores mías. Que me pueblen porque sí. Flores más allá de estos sanjoaquines de la entrada de la casa, de estas floridas veraneras rojas y moradas de enfrente, de este floripondio de aquí abajo que florece y lo cortan y lo cortan y florece. Que han de brotar, digo, si el clima lo permite. El clima espiritual, quiero decir. Lo demás que dijera aquí sería paja. Una sola flor nunca me ha animado a nada. Todas, en mi primavera, sí. Lo bueno de ser romántico es que le permite a uno ser antirromántico. Y viceversa. Según se quiera. La orquídea salvaje digo hoy, como metáfora. No la de matero.
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