Hans Bellmer: De la instalación teatral del goce
En medio del total y más absurdo llamado a la evidencia, instalada como prueba absoluta de lo real, no le quedaba más a Hans Bellmer (1902-1975) que hacerse a una evidencia nueva. Esta sería llevada de manera irrevocable hacia la tensión esencial de la obsesión, coincidiendo con la construcción intensamente irracional de lo que podríamos llamar una estética de lo maravilloso en la perversión, y esa perversión no ha sido más que la insistencia en la rebelión.
Por: Óscar Jairo González Hernández
Rebelión ante lo femenino en su relación con lo femenino, que habría entonces de hallarse sometida no a las condiciones del dominio oscuro de la evidencia sino a las tensiones que en cada instante son necesarias y que inclusive es necesario incitarlas y provocarlas para que nunca sean lo mismo, para que nunca sean prueba sino exhibición total de lo nuevo. Goce del instante y perturbación inquietante sobre el sentido del destino.
Y entonces lo que Bellmer intenta en todo momento es provocar las revelaciones de lo oculto que hay en la tensión entre lo femenino y lo masculino, como medio para poseer la conciencia y el conocimiento de sí mismo y el sentido que tienen para él la provocación intencional e intensa. En la medida en que no nos podemos hallar inmersos en la realidad, dado que ella ha sido escindida de su totalidad, entonces no queda más que vivirla en esas tensiones que uno mismo tiene que provocar. Ya la provocación y el escándalo no están en esa realidad sino en uno mismo y desde allí se hacen los movimientos necesarios y sutilmente se diseminan construcciones nuevas en las tensiones y se buscan iluminaciones en la estructura indecible de lo incidental.
Es lo que sería para Bellmer, el mismo que incita a la revelación de estos incidentes de rebelión metódica y sin condiciones, pues se inició y tuvo conocimiento concreto y fascinado de toda la revolución dadaísta, lo mismo que el proyecto artístico de G. Grosz y su intervención decidida en lo que en el movimiento de la "Nueva Realidad", y se relacionó en lo esencial con Heartfield y Schlichter, artistas de una considerable sensibilidad irritada y crítica. Bellmer sabe entonces que la crítica a la realidad ha de hacerse desde la mayor contención e irradiación de la irritación provocada.
Por eso es de una trascendencia incandescente transcribir en su totalidad lo que dice en un hermoso ensayo André Pieyre de Mandiargues sobre Bellmer: "(…) las obras en las que pensamos enseguida son las “poupées”, las muñecas; desde la primera, berlinesa, de 1934, hasta llegar a sus hermanas más recientes. Las muñecas de Bellmer no son esculturas, son objetos en el sentido más estrecho de la palabra, y, curiosamente, es a ellas a quienes vemos inspirar y dirigir los más impactantes dibujos y grabados del artista.
Por medio de sus elementos intercambiables, estas muñecas se prestan a esa suerte de perversión intelectual que es el juego de anagramas con el cuerpo femenino, el cuerpo de la muñeca considerado como una palabra o como una frase cuyas letras constitutivas son móviles partes carnales. El humor y la crueldad son los dos polos de este juego, que está organizado como una filosofía de aguda meticulosidad. Esta virtud humorística, de la que ya hemos hablado, y a propósito de la cual es oportuno recordar que fue revelada por Breton al comienzo de la última guerra mundial, adquiere una tendencia netamente sádica en Bellmer, mientras que en Giacometti es más bien masoquista (…) (1).

Es, sin melancolía poder decirnos que el sentido de la obsesión es también el de la posesión provocadora e incitadora y tensionada por la intención de la perversión concreta. Y sin mediación de lo consciente y lo racional, sino más que nada su ocultamiento. Eso es lo que hace el sentido de perversión, ocultar lo inducido y darlo sin más a la hermosa provocación, que nos hace sentir de nuevo lo que hay en un cuadro del cubano Camacho, de 1966: "Señora, usted desciende en las tinieblas". Nada pues de concesiones en lo que hace relación a la sensibilidad irritada y perturbada, nada concesiones al sentido absoluto de la vida y a su total sin sentido, porque entonces lo que hace Bellmer cuando lleva a su fantasma de perversión y fantasía sexual y sensual a exhibirla teatralmente es la necesidad de la provocación, ya que de no tener esa tensión no serían más que obscenas "instalaciones" y no dirían nada; como cuando se determina en lo indeterminable y decide en lo indecidible extremo de la rebelión a llevar su fantasma, aquel que está también en lo inminente pero no es decible y revelable, ese fantasma con el que él media como masa concreta y estructurada, que lo cambia y lo transforma, que el interviene sutil, violenta y escandalosamente, para instalarlo, ya no es una "instalación" sino una teatralización. Y es allí, y es eso lo que libera su mundo de la perversión maniobrada y mediocre. No insulta porque se halla en el orden sensorial y de la percepción de la insolencia, dado que un artista sin la necesidad de la insolencia no puede serlo; es lo que nos hace decir Bellmer.
Ellas se teatralizan con él. Este teatro, o el que más se nos hace coincidente con lo de Bellmer es el de T. Kantor, porque él decía: "En mi teatro un maniquí debe convertirse en un MODELO que encarne y transmita un profundo sentimiento de la muerte y de la condición de los muertos: un modelo para el ACTOR VIVO". Es la combinación de los sentidos y los músculos lo que hace sentir. El teatro es poseer el ideal pero transformado y no cambiado, por una necesidad racionalizada y determinista de escandalizar. Teatro hace pues Bellmer y perturba, sin intencionalidad sino por lo mismo que hemos dicho, la medida de lo que hace en él, resultado de su tensión. Tensión de uno mismo, eso es el teatro.

Nada puede hacerse para que eso se dé y para que cause el incidente de la provocación; es lo que queda por hacer cuando la realidad ha sido llevada a la nada. Y quieren que también la relación inescindible entre lo femenino y lo masculino no sea el hilo intuicional para hallar lo nuevo en medio de la muerte y el condicionamiento de los sentidos en su mayor momento del decirse en su teatralización. Queremos decir que la vida y la vida de los sentidos no se pueden exhibir teatralmente. Dominio de la obscenidad contra la que está Bellmer. Ella, puede decirse que es insulta para poder decir el porqué y el para qué, en la ilación de esas tensiones que los sentidos proyectan sobre la masa de oscuro que se quiere establecer como verdad del instinto, que no cede sino a la tentación de la exuberancia. Verdad sin la exuberancia de la intensidad no existe, para Bellmer y su intuición del arte de la "instalación", como se observa en cada una de las que realizó, en donde lo súbito hace su tumulto.
Dice Bellmer en 1964, al serle solicitadas unas indicaciones sobre su libro "Pequeña anatomía del inconsciente o la anatomía de la…": "En la combinación de partes de muñecas o de partes más o menos completas de la "Muñeca", he encontrado que no tenía sentido, y no provocaban la sensación de lo "probable", de lo "deseado" no comunicaban absolutamente nada". ¿Nada de qué, o la nada misma, o lo absurdo? Diremos nosotros, la revelación de que al hacerlo el azar lo suscitaba todo, lo incitaba a todo.

Ella es también Única Zürn con quien vivirá hasta la muerte de ella en 1970, la muerte provocada y deseada. Y es ella la que dice en uno de sus relatos: "Por la actitud de su cuerpo (en el momento del orgasmo), esta mujer se parece a uno de aquellos asombrosos cefalópodos que solía dibujar Bellmer: la mujer toda cabeza y vientre. Los brazos son sustituidos por las patas. O sea, que no tiene brazos. A esta paciente no le falta ni la repulsiva lengua de los cefalópodos de Bellmer". (2) Y medio de todo esto en el mismo relato ella se decía a sí misma: "El ser masculino me resulta incomprensible, como el femenino (….)." De esa tensión es de la cual, sin duda, deviene ella en Bellmer y él en ella.
Es en el orden y en el caos de la obsesión y de las tensiones del inconsciente de donde Bellmer observa la realidad y su irrealidad, da sentido a su posesión y a su hechizo, hace de la provocación su teatro y eso entonces es lo que lo hace comunicable con artistas como Kokoschka (3), A. Saura, P. Molinier y Marta Kuhn-Weber. O en la Sakti de la tradición oriental, como él mismo lo dice. Ese mismo hilo se puede llevar también hacia libros como la "Eva futura" de Villiers de L´Isle Adam, que trata de la ciencia simbólica y del sueño, concentrada y concretada en hallar más realidad de lo femenino en lo femenino, de lo sensible y lo insensible en la construcción de la Andreida; lo mismo que en la Shelley, Roussel, etc.
No nos queda nada por decir ya que todo está dicho, pero habría sí que indicar que son maravillosas por la tentadora provocación que tienen las ilustraciones que hizo Bellmer de libros y no todos los libros, sino esencialmente el libro de Bataille: "Histoire de l´oeil" en la que se exhibe fanáticamente y sin prevenciones la historia de las relaciones turbulentas entre lo femenino y lo masculino, y de lo hermosamente absurdas que son en la medida en que lo que se intenta es la exaltación del goce, liberada y hermosa.
Notas:
1. PIEYRE DE MANDIARGUES, Andre. Objetos surrealistas. La Jornada Semanal. Madrid. 1977. 31 de agosto. Pág. 24.
2. ZÜRN, Unica. Primavera sombría. El hombre jazmín. Barcelona. Seix Barral. 1986. Pág. 137.
3. PRAZ, Mario. El pacto de la serpiente. México. Fondo de Cultura Económica. 1972.
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