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Autorretrato hecho con palabras

Desde muy joven tuve clara mi decisión: apostarle a la vida. Era casi un niño cuando vagabundeaba por calles y avenidas presenciando el espectáculo de los días. Ahora las canas pueblan mi cabeza y continúo regocijado al asistir a la fiesta que significa ver pasar la existencia.

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Autorretrato hecho con palabras
Imagen procesada con IA

Por: Fabián Castaño Mejía (1962-)

Nunca dejaré de maravillarme, de conmoverme, y si me he convertido en un aliado de las letras es porque dentro de sus atmósferas encuentro la porción de inteligencia y de celebración que me hace querer aún más el sueño que siempre he perseguido. Pero estar a tono con esta perspectiva es importante aprender a respirar con mayor asiduidad el aire solitario e ingobernable de la creación. Solo así seremos fieles a nuestro propósito. Después, cualquier acto creativo nace lo impredecible, de la confrontación con unas fuerzas de las cuales nada sabemos; pero a las que debemos acechar hasta que de tanto persistir en ellas se resuelvan a entregarnos una parte del misterio, y gracias a semejante regalo logremos sorprender o seducir el alma del lector. Sin esta contraseña resulta inútil presentarnos ante cualquier público. Por eso cada uno debe intentar descifrar la parte del enigma que le corresponde, más si se trata de un escritor.

Este libro representa el tercer movimiento de una pieza todavía inconclusa, un segmento del autorretrato que invariablemente estamos haciendo al momento de escribir. En el fondo de nuestro trabajo se encuentra la imagen del ser humano al que queremos desentrañar; nada distinto podemos hacer. De ahí la importancia de las lecturas, del estudio, de convertirnos nosotros mismos en el laboratorio donde logremos modular lo significativo de cualquier expresión.

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Siempre he pensado que el aforismo no obedece a un plan determinado; sería iluso comprenderlo así. Nadie puede sentarse a copiar aforismos así no más. Más bien ellos van apareciendo caprichosamente, en cualquier lugar, como un estallido, una especie de potencia inusitada que nos obliga a detenernos, sacar el cuaderno y apuntar las dos o tres palabras dictadas desde no se sabe qué región de nuestra mente. En este sentido, el escritor es una especie de intermediario entre esas voces que le hablan y el lector. Así que entre más auténtico sea el diálogo mejor será el resultado. Nada nos consuela tanto como escribir, pues al hacerlo nos colocamos al unísono con las fuerzas que nos hacen sentirnos plenos con nuestra actitud.

No conozco otra dimensión más bella. Soy y seré un hijo de las letras, y hasta el final de mis días voy a estar al frente de mi tarea como un testimonio del compromiso inconfundible que adquirí siendo casi un niño. No nos queda otro camino que el de perseverar, y así como el sol sale todos los días para no dejarnos en tinieblas, de igual manera nos internamos en los caminos de la creación para sentirnos cómodos y satisfechos dentro de un universo incomprensible, despiadado, pero fascinante, al que llamamos humanidad.

Hoy he dejado de ver un árbol. El espacio vacío hiere mis pupilas y me da cierta nostalgia. Lo han cortado. Ese diálogo bullicioso que significa presenciar un árbol ha dejado de hablarme. Ya sus hojas no volverán a inundar de verde las aceras, y el sol se irá de allí con su brillo buscando nuevos horizontes. Siempre me han gustado los árboles. Representan la bondad suprema. No importa lo que les hagamos, jamás protestan. Se han envuelto en un silencio admirable. Abrigan aves, hormigas, miles de insectos; todo el que llegue allí será recibido con beneplácito y sin queja alguna. Incluso al aserrador o al que viene a cortarlo.

Autorretrato hecho con palabras

Ellos, como ningún otro ser viviente, han comprendido lo inútil que es luchar contra la sinrazón humana. Nos observan con piedad como los dioses, pero jamás intervienen. Aun cuando les prendamos fuego, permanecen erguidos, tal vez enseñándonos lo que significa morir de pie. Más bien, vuelven y retoñan, vuelven y le apuestan a la vida. Y van creciendo, centímetro a centímetro, haciendo caso omiso a las heridas que el tiempo les depara. A veces, se coronan de flores para demostrarnos que uno puede convertirse en el señor de sí mismo.

Trabajan y trabajan para regalarnos una de las condiciones sin las cuales sería insostenible la existencia: el oxígeno, y de paso nos ilustran en aquella máxima de la sabiduría que significa hacer las cosas sin esperar nada a cambio. Resulta imposible no aprender de ellos. Son nuestros vecinos más próximos y más lejanos, solo que han elegido permanecer distantes, estáticos. Vienen acompañándonos desde tiempos inmemoriales y en silencio han visto cómo nos hemos matado los unos a los otros sin sentido alguno. Pero lo más enigmático y paradójico es que así seguiremos hasta el final de los días, mientras ellos siempre estarán ahí para abrigarnos con su bondad suprema.

Soy una máscara, un instante en el espejo. Encadenado a mis sensaciones viajo sin retorno posible. Solo sé que de mí ni siquiera se asomará el polvo. El tiempo abatirá mi sombra y el resto lo consumirá el olvido.

Autorretrato hecho con palabras. Medellín. Editorial Ojo Mágico. 2026. Págs. 3-4, 5-6, 62.

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