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Andrés Restrepo Gómez: “… En la posibilidad de una belleza unívoca”.

¿Cómo inicia usted, o se inicia en usted, la tarea del proyecto y destino de este libro “Acelera, animal”, y en qué consisten, qué forma y estructura tienen en ese inicio, lo que acelera y cómo deviene y lo arrastra la tromba que yace y subyace en él; y desde dónde o de qué manera se le hace presente el animal? Por qué la relación de acelera y animal? ¿Cómo se instala su yo en estas dimensiones que se dan como deseo o necesidad? ¿Qué de su formación entonces ante este libro? ¿Es el vaciamiento de lo inconsciente, o no; porque el carácter irónico y su estética quebrada, fisurada y en constante fricción en “Acelera, animal”; qué tiene de sus obsesiones, y cuál ha sido el método para hacer este libro, que lo excede o no, ya que toda decisión es un exceso, es lo inexorable o no?

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Andrés Restrepo Gómez: “… En la posibilidad de una belleza unívoca”.

Por: Óscar Jairo González Hernández

Este libro tuvo muchos nombres, derivados de títulos de poemas a los que les tengo mucho cariño y que, en distintos momentos, creí que podían representar al conjunto. Se llamó Hallazgo del tacto, como para agarrarme de esa veta dérmica, erótica, sedienta de sedimentar la experiencia en el cuerpo; y también Los tiempos de Truffaut son perfectos, por mí ya bastante obvia cinefilia. Al final, todo decantó en la animalidad o, mejor, como dice mi maestro Gerardo Jorge en la contratapa, en la zoontología, es decir, quiero creer, en la posibilidad de imaginar en nosotros otras potencias de la naturaleza.

Sobre todo ahora. Lo dice el poema que da título al libro: cuando se nos deshace el sentido, cuando nos abruma un no-futuro, hay que acelerar los ritos. Acelerar la cultura (escribir el libro, plantar el árbol) o lo biológico (dar vida) para que el animal humano alcance a agarrarse de algún manojo simbólico, a reinventar algún sentido, aunque sea provisorio, ¡un muñón de sentido!

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Lo irónico que mencionas, en cambio, me excede. Ya no lo controlo, supongo, incluso cuando intento evitarlo. No me gustaría ser recordado como un simple ironista, porque considero creo que Rilke dice algo parecido en alguna de esas cartas al joven poeta que la ironía, por corrosiva que sea, por eficaz que pueda resultar incluso políticamente, no llega del todo al fondo de las cosas, no alcanza nunca lo auténtico.

En todo caso, me gustaría pensarla como la encuentro en uno de mis escritores favoritos, Flaubert. Creo que ahí, en su prosa perfecta, o al menos profundamente laboriosa, en eso que él llamaba el estilo, el autor de Madame Bovary y Bouvard y Pécuchet consigue caminar por el borde de un abismo de cinismo sin llegar a caer en él como sí caen, pienso, otros autores, sobre todo norteamericanos, que me interesan bastante menos, no me conmueven, y se sostiene justamente gracias al contrapunto entre un sentido crítico social impiadoso, corrosivo, y la posibilidad, de pronto, de la más alta lírica.

Y esa lírica supone, creo yo, pensar todavía en algo. En su caso, en la belleza; o, mejor dicho, en la posibilidad de una belleza unívoca.

Andrés Restrepo Gómez: “… En la posibilidad de una belleza unívoca”.

ACELERA, ANIMAL

Los tiempos de Truffaut son perfectos. La sinceridad está sobrevalorada si por ella hay que romper un corazón. Yo prefiero, como Doinel, tomar la medida de mi dicha, amar ingrávido y en silencio (también) a otra mientras, puertas adentro, gozo un domicilio conyugal y fraguo la fuga indolora de mi gran amor en fuga.

Lo cierto es que todos los amores son pequeños pequeños como estrellas y sus duelos majestuosos como es majestuoso un altarcito a Balzac. Prendido fuego dentro de un placard y sus nostalgias renovadoras.

De Colette a la violinista, la japonesa y hasta Christine. Catherine en Jules et Jim, las dos inglesas (también). Desencuentros redimidos. Triángulos pacientes.

Melancolía precoz en secuencias de montaje unidas en diáfanas transiciones encadenadas a una piel suave. Los tiempos de Truffaut son perfectos.

Cada romance, hasta el más postergado, tendrá su verano o su otoño. Tal vez media primavera. A veces solo golpes y una tarde. Quizá (también) una noche americana.

Sedimento barroviano. Temor que no baste la vida. Y volvemos presa, como Proust pero a la inversa, al fondo de una copa, por ejemplo: sedimento barroviano. Malbec hacia mis sesenta, por ejemplo: ojalá noventa.

Si llego a tener incluso la vida deseada, tengo miedo (más que miedo: pánico…) de sentirlo todo como un parpadeo. Lo único que puedo es convertirla de involuntaria a voluntaria agarrar las ascuas con las manos parpadear para adelante: un puñado de amores más, un puñado de lecturas: suficientes para ensamblarle muletas al dolor que vendrá (¿vendrá?)

A lo mejor me entierren antes, o incluso una catástrofe mayor no ahorre pésames separados. De cualquier manera, hay necesidad de ser hondo en los momentos hondos (identificarlos es lo único que pido). Y no reír cuando se llora. Y no llorar cuando hay que quemar las naves o pagar otra ronda o apagar la luz.

Principio de incertidumbre. De llegar un marciano y, pasado un tiempo, lo miráramos haciendo algo íntimo y acuoso, no tendríamos herramientas suficientes para resolver si orina o reza.

Acelera, animal. Buenos Aires. Mansalva. 2026.

Págs. 13-14, 20-21, 24.

Andrés Restrepo Gómez: “… En la posibilidad de una belleza unívoca”.

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