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Volver al punto seguido, 26 años después: Un manifiesto en movimiento

El bus se mueve entre luces que no sé si son de la ciudad o de otro siglo. Llevo la edición 68 de la Revista Punto Seguido entre las manos, recién entregada, y siento su peso exacto. La misma dimensión de aquella otra, la del año 2000, Edición 40, la que me publicó hace veintiséis años, cuando el siglo se abría como una herida luminosa. Paso mis huellas dactilares por la tapa. La toco. La acaricio. Le doy la vuelta. La abro.

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Volver al punto seguido, 26 años después: Un manifiesto en movimiento

Por: Silvana Tobón Cardona

Y allí, en la segunda página, al abrirla, está mi poema. El golpe en el pecho es instantáneo. La emoción me nubla la vista por un segundo. La cierro de nuevo, casi con miedo, para demorar el placer, para guardar ese instante intacto. Quiero sentir antes de leer. Quiero que el papel hable primero. Entonces me concentro en el diseño, en el arte de la portada, y el bus se convierte en una nave que atraviesa la penumbra; los postes de luz se estiran como pinceladas, los vidrios empañados multiplican los reflejos,y el tiempo se pliega sobre sí mismo.

Afuera, Medellín es un rumor líquido. Adentro, la revista es un universo.

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Entonces comprendo que esta puerta no se abre hacia afuera, sino hacia adentro. Hacia el lugar donde la memoria más que un recuerdo, es un instinto estético, ese saber del cuerpo que siempre precede a la razón y la desborda. Como un párpado que se cierra para ver mejor la luz. Como el peso de un gato en el regazo, la aspereza del pan contra los dedos, el sudor en la sien cuando la palabra empieza a tomar forma. Eso es Devenir, mi poema, un acto de presencia, una declaración que, sin buscarlo, se fue configurando como manifiesto, mientras el bus sigue su rumbo y yo sostengo en la mano un puente entre mi yo del año 2000 y este que se escribe ahora.

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Veintiséis años después, volver a sus páginas es como encontrarme con mi propia sombra en un espejo que no sabía que existía. Y qué bello es que este poema dialogue con aquella publicación del año 2000, como un hilo que no se rompe, que se teje entre siglos y memorias, mientras afuera la ciudad se desdibuja en un paisaje onírico, apenas iluminado por las velas de una pintura que cruza el tiempo.

La portada, entonces, me detiene. Esa obra del maestro Sergio Luis González Hernández (1955-1990) rinde homenaje a Georges de La Tour a partir de su Magdalena penitente. Y allí, en la penumbra del bus, la imagen se enciende. La Magdalena de La Tour no es una santa de vitral, es una mujer a solas con su propia luz. Una vela ilumina su rostro, sus manos, los libros sagrados, la cruz, la calavera, todos como instrumentos de una meditación que no admite testigos. El resto es sombra. El pintor francés, contemporáneo de Descartes, entendió algo que la razón no alcanza; y es que la verdad no está en la luz plena, sino en el contraste, en ese instante indecible donde la claridad y la oscuridad se tocan y se reconocen. María Magdalena, antítesis de Cristo, se convierte en símbolo del poder del perdón, de la posibilidad del cambio, de una vida que se desplaza del pecado a la santidad no por decreto, sino por devenir esa palabra que ahora, en el vaivén del bus, entiendo mucho mejor.

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Esa es la condición de lo irrevocable; sobre lo que está fijo, una vez acontecido, es lo que nos transforma para siempre. El destino del artista no es llegar a un punto, sino mantenerse en el movimiento, en esa tentativa que se sostiene sobre sí misma, en ese indecible movimiento del que me hablaron los editores de esta revista. Y qué bello es saber que esa filosofía no es solo mía; es la de una revista que, desde 1979, se sustenta con la confianza, con la decisión inalterada de quienes creen que esta tarea merece mantenerse en pie. Desde esa palanca de Arquímedes (el apoyo de una comunidad que sabe que el arte no se compra ni se vende) se gravita, se provoca, se hace posible este proyecto. Con atrevimiento y riesgo, como en toda "aventura espiritual", la revista es un destino.

En la contraportada, una pieza de Chadra Line Road, de la India, multiplica la mirada. Es un diálogo visual que cruza siglos y territorios, como si el arte fuera ese espejo que refleja la candela y su reflejo, como en el juego sutil de De La Tour.

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Lo que más admiro de Punto Seguido, de Jhon Sosa D., de Óscar Jairo González Hernández y de Samuel Tarsicio Valencia, más allá de la emoción personal, es su filosofía radical. No solo publicaron mi poema, sino que me leyeron en esencia. Me presentaron como un "Texto manifiesto. Desclava. Libera". Citaron a Novalis para recordar que un buen historiador debe ser poeta para enlazar hechos. Y cerraron con una frase que me llegó al alma: "Silvana viene de las selvas y del bosque de símbolos."

Leer eso, con el bus aún en movimiento y la revista caliente entre mis manos, me hizo sentir profundamente conmovida. Y como no podía ser de otra manera, el eco de Mina Loy resuena en el traqueteo del motor: "La poesía es prosa embrujada, música compuesta por pensamientos visuales, el sonido de una idea."

Incitaciones estéticas, las llamó alguien que sabe. Y es cierto, porque lo que hacemos, los que escribimos, los que leemos, los que sostenemos una revista con las manos y con el alma, no es otra cosa que un acto de fe en lo incalculable. En tiempos donde todo parece tener precio, Punto seguido apuesta por el valor incalculable del encuentro. Por el instinto estético que Nietzsche reconoció como la única brújula posible.

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El bus frena. O acelera. No importa. Yo ya no estoy del todo en él. Estoy en esa doble luz de la Magdalena, en esa página que me contiene y me trasciende. Gracias infinitas a quienes hacen posible esta maravilla. Después de 26 años, volver a casa sabe a selva, a símbolo, a palabra viva.

Y quizá, al final, eso sea el arte. Una libertad creadora que se mantiene sobre sí misma, como la llama de una vela en la noche de La Tour, iluminando apenas lo suficiente para saber que estamos vivos, mientras la ciudad pasa y el papel, entre mis dedos, arde sin quemarse.

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