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Petro, enemigo del desarrollo

Por Mauricio Morales Moreno El desarrollo es todo avance social y político que genera bienestar, y que depende especialmente del avance económico. Es por tanto el tema central y fundamental que todo gobernante debe conocer en detalle, y más si se trata de un país en «vía de desarrollo» perteneciente

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Redacción IFM
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IFM Noticias

Por  Mauricio Morales Moreno

El desarrollo es todo avance social y político que genera bienestar, y que depende especialmente del avance económico.

Es por tanto el tema central y fundamental que todo gobernante debe conocer en detalle, y más si se trata de un país en «vía de desarrollo» perteneciente a la OCDE como Colombia.

Con un nuevo mandatario populista, que precian y presumen como «el gran estadista», tal como muchos incautos consideran al presidente recién electo; se esperaría que el país entre en un círculo virtuoso del desarrollo, sin embargo, con Petro en el poder, estamos realmente muy lejos de eso.

Lo primero que hay que saber sobre el desarrollo, es que este no existe sin crecimiento económico. Cabe recordar que los importantes indicadores del crecimiento miden el resultado de una producción económica actual, que puede ser comparada con la de otros ciclos de tiempo y dentro de un territorio determinado, que a su vez se puede dividir entre el número de personas que lo habitan.

Puede presentarse en forma de indicadores como el PNB (Producto Nacional Bruto) o el PIB (Producto Interior Bruto), los cuáles son mediciones vitales para saber el nivel de desarrollo, de este y de cualquier otro país del mundo.

La productividad entonces asume una importancia central en todo lo relacionado con el avance de la prosperidad de un país y que definitivamente incide en sus niveles de bienestar.

Estos importantísimos instrumentos de medición que dan cuenta del crecimiento demuestran con cifras, que, sin crecimiento, ningún avance social, político o económico sería realizable, y cualquier planeación futura o cálculo económico, serán precarios o insuficientes.

Actualmente el crecimiento de Colombia se ubica en el orden de 6.7 % superando los niveles previos a la pandemia, lo que ubica al país entre los primeros puestos de la región latinoamericana.

No se entiende entonces, por qué razón quienes se hacen llamar «progresistas» no están interesados en fortalecer los factores e indicadores que inciden en este dato de crecimiento, para aumentar el bienestar de la gente, aunque este ha demostrado académicamente y hasta la saciedad, que es el instrumento idóneo para explicar la capacidad que tiene un país para desarrollarse.

Muchos son los argumentos que se esgrimen para explicar esta falta de interés del «progresismo» en el crecimiento, para desviar el foco de atención hacia el tema de la desigualdad.

Desde la intelectualidad que rodea a los gobernantes de izquierda, tienden a valorar mucho más los indicadores referentes a la distribución del ingreso, promoviendo el novedoso coeficiente de Gini, donde Colombia sale muy mal calificado con 0.53 lo cual quiere decir que es uno de los países más desiguales del mundo.

Sin advertir que desigualdad no necesariamente significa subdesarrollo; que los ricos sean muy ricos comparados con la población de menores ingresos en un país, nunca ha sido un problema de desarrollo, ni de bienestar como muchos creen.

En Estados Unidos, por ejemplo, la diferencia entre ricos y pobres es abismal comparada con la de sus homólogos del primer mundo.

Solo por mencionar dos ejemplos, Bangladesh 0.320 o Mauritania 0.326 en el coeficiente de Gini, gozan de una mejor distribución del ingreso que Estados Unidos que tiene un 0.418 (recordemos que entre más se aleje de 0, más desigual es el país).

A pesar de esto, dichos países y muchos más que presentan un mejor indicador, figuran entre los más pobres del mundo.

El nivel de bienestar de Norteamérica que se explica por un alto nivel de desarrollo económico del país, muestra con claridad que cualquier nivel de bienestar del ciudadano promedio estadounidense, es muy superior al de cualquier otro país por fuera del G20.

Así que el desarrollo para la izquierda no es un buen indicador, por eso llevan décadas intentando introducir el concepto de progreso; con su lenguaje tratan de introducir ideas como los impuestos progresivos.

Donde el individuo más rico en proporción siempre tendrá que pagar más impuestos, y así entre más rico sea, en un afán de redistribución del ingreso castigando la riqueza, maltratando a quien vende bienes y servicios de mejor calidad a mejor precio, o a quien más ahorro genera en forma de rentas, de salario, de interés o de utilidades.

Sin tener en cuenta que cuando una persona se enriquece, se enriquece todo el país, especialmente si esta no paga impuestos, ya que si ahorra combate la inflación y traslada la riqueza a inversión futura, pero si gasta o invierte, genera ingresos para otros. Pero el progresismo prefiere gravarlo con impuestos.

A eso el izquierdista llama «progreso» como si aplastar fiscalmente al ciudadano, fuera una garantía de bienestar, y más sabiendo que los impuestos siempre tendrán que pasar por las «manos porosas» de la casta política tal como manifiesta el economista argentino Javier Milei.

Es por esto que, en sus intentos de justificar sus políticas fallidas en todo el mundo, surgen no solo estos indicadores relacionados con la desigualdad, sino también con la opinión pública.

Es allí donde aparecen formas bizarras de indicadores populistas, relacionados con la opinión de las personas, incluso hay indicadores como el que usa el gobernante de Bután, el Rey Jigme Singye Wangchuck, que se sacó este conejo del sombrero cual ilusionista de ignorantes, hablando del dichoso índice de felicidad.

Estos indicadores que rayan con lo ridículo solamente están dando cuenta de los niveles de buen humor, y de ignorancia de los electores o pobladores de una nación.

Mediciones que sólo les sirven a aquellos gobernantes que quieren usarlos con fines políticos o electorales, que en el fondo sólo son útiles para que el mandatario en cuestión quede bien con la gente.

Suele ocurrir que en las economías de mercado producto del estilo de vida, la gente por lo general no goza de buen estado de ánimo, casi nunca hay buen humor o paciencia entre la gente, es una realidad demostrable.

Son legendarios en materia de infelicidad los habitantes de Francia, Estados Unidos o Gran Bretaña, quienes ocupan los primeros lugares del mundo entre los países donde los habitantes son más malgeniados y donde la gente está más insatisfecha maldiciendo constantemente.

Sin embargo, no podemos comparar el nivel de desarrollo de estos tres países de Occidente miembros del G7, con el desarrollo del atrasado y montañoso Bután, suena ridículo hacer tal comparación, aún así Bután es el país mas feliz del mundo, y la gente lo muestra como un gran logro y lo aplaude.

Algo que, por cierto, socialistas de todo el mundo, organismos multilaterales y la inmoral prensa globalista, emplea para dedicarle extensas páginas en los medios y para exaltar permanentemente que el desarrollo y que el crecimiento económico no son importantes.

Paradójicamente Colombia aparece como un país bien calificado en el tema de felicidad, pero nunca lo mencionan en extenso ya que en este caso no les conviene.

Sin embargo y a pesar del buen estado de ánimo de nuestra gente, seguimos viviendo con dramatismo episodios de violencia extrema y de conflictos sociales permanentes, ya que las instituciones que permiten desarrollar nuestra economía durante muchas décadas han sido dejadas de lado en favor de la intervención oficial en asuntos sociales y en detrimento del capital.

Es así como entonces, desde la intelectualidad que rodea a los gobernantes de izquierda, tienden a valorarse más los indicadores referentes al índice de desarrollo humano.

Estos pretenden medir la salud, el acceso a la educación, y a su vez el PIB per cápita, sin embargo y muy a su pesar, ninguno de estos tres factores podrá incrementarse sin libertad económica, sin infraestructura y sin acceso a los mercados; así que volvemos al tema de la importancia del crecimiento y de las instituciones que fortalecen a este.

Esto se demuestra claramente con muchas misiones de ayuda o apoyo tanto privado como público, en los países del África, misiones que han fracasado justamente porque se enfocan en llevar las ideas e incluso la metodología «progresista» a las zonas apartadas y de bajos ingresos, donde hay grandes capas poblacionales sufriendo hambruna y necesidades básicas insatisfechas y sólo reportan avances reales, cuando ingresa el comercio y la Inversión Extranjera Directa IED, a estos territorios.

Aquellas ideas que adoctrinan sobre economía solidaria y propiedad colectiva son abundantes en las ONGs que prestan servicios en ese continente e igualmente ocurre lo mismo en la Colombia rural.

Pero es precisamente en estos lugares donde nunca se tuvieron en cuenta la iniciativa individual, los mercados libres, las decisiones personales, donde tenemos el mayor subdesarrollo.

El desarrollo rural con perspectiva territorial entonces es una trampa estatista, y pasa a ser la ideología imperante y la bandera que enarbolan los gobiernos «progresistas» que poco o nada le han aportado progreso al mundo.

Paradójicamente los países que reportan un más alto índice de desarrollo humano IDH, son aquellos que gozan de mayor libertad económica, donde fue mínima la cooperación para el desarrollo.

Países como Corea del Sur, Taiwan, Japón o Singapur, recibieron menor ayuda de la Unesco, comparada con la que recibe constantemente el África subsahariana, en aquellos países claramente la acumulación de capital a la cual son tan alérgicos los progresistas; fue la que justamente permitió la construcción de sus infraestructuras y de las instituciones que hoy los tiene encabezando las listas de desarrollo en el primer mundo.

Existe el índice global de libertad económica de la fundación Heritage para el año en curso, donde Colombia está en el puesto 60 entre 177 países.

Este por su parte, es un medidor de la capacidad que tiene la gente de acceder a los mercados en el marco de las economías, que entre menos intervenidas por el Estado, más desarrolladas son, desafortunadamente no hay indicios de que el nuevo gobierno aspire a que Colombia avance en este importante indicador.

Entonces la izquierda siempre desestimará las infraestructuras, ya pudimos verlo en declaraciones en la revista semana, que Petro detendrá el desarrollo de la construcción de las autopistas 4G, toda una mala noticia para el desarrollo del país.

Puesto que son las infraestructuras de conectividad las que fortalecen más la economía de mercado, es la forma de liberar al individuo del Estado, acercando a las empresas, a las familias, a las personas y a las comunidades, a los mercados libres y en consecuencia, a la prosperidad.

Pero la realidad es que la izquierda avanza inexorablemente sobre la administración pública en todos los ámbitos, desmontando todo avance que haya tenido la cooperación para el desarrollo, así está la actualidad colombiana.

Por eso vemos como en Medellín el alcalde progresista, tiene en pésimo estado los servicios y la infraestructura vial de la ciudad.

No solamente las vías públicas, también los cortes en el servicio de acueducto, la omnipresencia de basuras en el espacio público, la ineficiencia en la gestión de desastres, e incluso el metro, orgullo de la ciudad; presentan constantes fallas operativas, sumiendo incluso a esta última empresa en un declive en su calidad de servicio, tal como ya lo  documentó con propiedad, esta casa de noticias. 

Esta mala gerencia, no solo obedece a una falla personal ni de capacidad de gestión de los gobernantes de izquierda, sino a la estructura propia de su ideología que es totalmente contraria al desarrollo.

Petro al no cumplirle a los alcaldes en su reunión anual, y despreciando a quienes gestionan el bienestar de la gente, al declarar que las 4G no van más; demuestra desde ya su gran desprecio por el desarrollo y su apuesta por ideologías inútiles que solo sirven para crear dependencia de la gente hacia las instituciones estatales, que nunca solucionan problemas y que tampoco son fundadoras de orden.

El país ha tenido un importante avance en las vías nacionales, es para destacar que todavía falta mucho; sin embargo, el gobierno entrante romperá con el esfuerzo en desarrollo vial, que aunque ha tenido tropiezos por corrupción y por inexperiencia de los funcionarios en la ejecución de los grandes proyectos, el avance que ha tenido el país, es realmente innegable.

Estimado lector; por desgracia como un síntoma de la involución que se avecina, el nuevo gobierno en adelante definitivamente dejará de lado la apuesta por el crecimiento, al abandonar algo tan vital como la infraestructura estratégica del país.

Así veremos que en los próximos años las acciones gubernamentales irán siempre en contravía de la productividad y de las instituciones económicas que fortalecen la creación de valor, riqueza y el bienestar; retrocediendo en lo que aspiramos todos los colombianos, que es el tan anhelado desarrollo del país.

Se agradecen sus críticas complementos y comentarios a:

Emmorale71@yahoo.com

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