(OPINIÓN) “No era rabia, era impotencia”: la salud en Colombia dejó de dar tranquilidad. Por: Claudia Hoyos
Cuando conseguir un medicamento se vuelve un problema y una lucha diaria, el tema deja de ser político y empieza a ser profundamente humano.
La crisis de la salud en Colombia no explotó de un día para otro; se fue deteriorando poco a poco. No empezó con grandes titulares en los periódicos o noticieros, ni con un anuncio oficial que advirtiera que el sistema estaba entrando en problemas.
Comenzó lentamente, con cambios que parecían menores, con retrasos que muchos creyeron temporales y con advertencias que no todos quisieron escuchar.
Al principio, para la gran mayoría de los colombianos, eran solo casos aislados: una demora más larga de lo normal, una autorización aplazada, un medicamento difícil de conseguir. Pero, con el paso de los meses, lo que parecía inusual empezó a volverse cotidiano.
Y fue ahí cuando la gente comenzó a sentir que algo no estaba funcionando bien. Eso es justamente lo que está pasando hoy con la salud en Colombia.
Hace unos días me tocó vivirlo en carne propia. A mi mamá, una mujer de 84 años con movilidad reducida, le pusieron trabas para la entrega y aplicación de un medicamento: una vacuna que necesita mensualmente.
También vimos esta semana como un joven falleció mientras esperaba una autorización, casos que, tristemente, parecen repetirse con más frecuencia.
No estamos hablando de un lujo ni de algo opcional. Estamos hablando de tratamientos de los que depende la vida de las personas. Y, aun así, todo se volvió un enredo, un caos.
No era rabia lo que uno sentía. Era impotencia, dolor y desesperación. Y eso no debería ser normal.
La salud dejó de ser un tema lejano. Ya no es solo lo que se discute en el Congreso o en los noticieros. También es lo que se conversa en las casas, en las farmacias, en las filas interminables y en las llamadas que nadie responde. Son las vueltas eternas para autorizar algo básico.
Es la angustia de no saber si el medicamento va a llegar, si la cita sí se la van a cumplir o si la salud va a seguir desmejorando.
Cada vez más pacientes sienten que acceder a una cita, a un tratamiento o a un medicamento se convirtió en una carrera de obstáculos. No es que el sistema haya desaparecido; es que ya no responde como la gente necesita que responda.
Y cuando la salud empieza a fallar, uno lo siente de verdad. Porque no es solo una demora: es el miedo a que un tratamiento se interrumpa. Es la preocupación de que algo que podía manejarse a tiempo termine complicándose. Es no tener claro a quién acudir cuando más se necesita.
Lo más delicado es que esto no siempre sale en los titulares. Se vive en el día a día, en pequeñas situaciones que se repiten constantemente y que, sumadas, terminan desgastando emocionalmente a la gente y afectando incluso su salud mental.
También preocupa la falta de claridad. Hoy, ni los pacientes, ni muchos médicos, ni las clínicas saben con certeza cómo va a funcionar el sistema en el corto plazo. Y cuando no hay reglas claras, lo que crece no es la confianza, sino la angustia.
Colombia nunca ha tenido un sistema perfecto, eso es cierto. Siempre ha necesitado ajustes. Pero una cosa es mejorar lo que no funciona y otra muy distinta es que aquello que ya operaba, aunque fuera con dificultades, hoy se sienta cada vez más inestable.
Y ahí es donde uno se pregunta: ¿por qué todo se volvió más difícil?
Al final, la gente no evalúa teorías ni discursos; evalúa lo que vive. Si le cumplen o no. Si le entregan el medicamento o no. Si puede seguir su tratamiento sin tener que rogar ni interrumpirlo.
Y hoy, para muchos colombianos, eso se está volviendo cada vez más complicado.
Esto no debería ser una discusión política. Debería ser una prioridad nacional, porque al final no se trata de política: se trata de vidas humanas. Y en Colombia, hoy, hay vidas esperando mientras el sistema no responde.

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