(OPINIÓN) Y al final ¿Qué importa fracasar? Por: Julián Andrés Palacio Olayo
Somos una cultura que castiga el fracaso. Desde pequeños nos enseñan que equivocarse es malo, que perder es vergonzoso y que fallar es sinónimo de debilidad. En el mundo empresarial, esta visión se intensifica: cuando una empresa entra en crisis, la mirada social es de juicio, no de aprendizaje.
Somos una cultura que castiga el fracaso. Desde pequeños nos enseñan que equivocarse es malo, que perder es vergonzoso y que fallar es sinónimo de debilidad. En el mundo empresarial, esta visión se intensifica: cuando una empresa entra en crisis, la mirada social es de juicio, no de aprendizaje.
Pero la realidad es otra: la crisis en una empresa es más común de lo que muchos creen. Según el Global Entrepreneurship Monitor, en Colombia, una de cada cuatro personas adultas está iniciando o gestionando un nuevo negocio. Sin embargo, solo una de cada treinta logra tener un negocio establecido. En el camino, muchos fracasan. Pero no se habla de eso.
Peor aún: el miedo al fracaso no es un mito. Tener miedo de fracasar al pensar en emprender es muy habitual. En vez de normalizar la posibilidad de equivocarse, la hemos estigmatizado aún más.
En culturas como la de Silicon Valley, el error se valora. Quien ha fracasado, ha aprendido. Lo que se castiga allá no es fallar, sino no aprender de ello. En cambio, aquí, al que se cae, se le señala, se le critica, somos una sociedad donde quienes nunca han arriesgado su capital critican entre murmullos a quien atraviesa un momento difícil por haberlo intentado.
Desde la experiencia personal como asesor de empresas en turbulencia, hay un patrón que se repite: el deudor no acepta que está en crisis, que necesita ayuda, que ya no puede solo, y termina pidiendo apoyo cuando ya es demasiado tarde. Para ese momento, la única salida que queda es la liquidación. Y eso, además del golpe financiero, conlleva una carga más dura: la vergüenza.
A puerta cerrada, muchos clientes me han manifestado que les genera mucha ansiedad lo que van a pensar sus conocidos. Tener que tomar la decisión de sacar a sus hijos del colegio, cambiar el lugar donde viven; defraudar a la pareja.
Ahora imaginen la presión sobre los hombros de un empresario, donde un mal manejo de la crisis que termine en liquidación implica tener que despedir a sus empleados. No solo se siente como un fracaso personal: se vive como una traición silenciosa a quienes creyeron en él.
Y detrás de esa vergüenza hay algo más profundo: la crisis económica genera una depresión silenciosa, una ansiedad constante, que a veces termina en divorcios… y en los casos más tristes, en suicidios. Estudios realizados en la universidad de California indican que los emprendedores tienen más probabilidades de experimentar depresión (30%), TDAH (29%) y trastorno bipolar (11%) que la población general.
Por eso escribo esta columna: para hacer un llamado a que el fracaso no te define. Lo que te define es lo que haces con él.
Si estás en crisis, haz esto:
- Busca ayuda profesional. No lo enfrentes solo.Consulta con psicólogos, mentores, abogados, contadores, financieros.
- Rodéate de personas que te aporten. La crítica destructiva solo hunde más.
- Toma decisiones informadas. Y si después de evaluar todo ves que no hay cómo seguir, cierra… y vuelve a empezar.
Las más grandes historias de éxito están llenas de capítulos de fracaso.
Y al final ¿Qué importa fracasar? Lo importante es que sigas escribiendo tu historia.

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