(OPINIÓN) Volver a los liderazgos virtuosos. Por: Juan Esteban García Blanquicett
Mi profesora de filosofía política, Alejandra Ríos Ramírez, me enseñó una frase que hoy llevo como brújula en medio del estruendo ideológico: “Las emociones son radioactivas, los sentimientos son reflexivos.” Esa idea vuelve a mi mente cada vez que observo cómo ha mutado la política en Colombia. La
Mi profesora de filosofía política, Alejandra Ríos Ramírez, me enseñó una frase que hoy llevo como brújula en medio del estruendo ideológico: “Las emociones son radioactivas, los sentimientos son reflexivos.” Esa idea vuelve a mi mente cada vez que observo cómo ha mutado la política en Colombia. La figura del líder, que antes representaba la templanza, el carácter y la responsabilidad moral, ha sido desplazada por una caricatura contemporánea: el que domina las redes, no los principios. El que no gobierna, sino que protagoniza. El que no construye, sino que distrae.
Vivimos una época en la que muchos han confundido el liderazgo con la presencia mediática. El populismo ese viejo lobo con piel de redentor ha aprendido a moverse con soltura en este nuevo ecosistema, no con ideas sólidas, sino con consignas diseñadas para capturar emociones y alimentar la polarización. No se gobierna desde la coherencia institucional, sino desde el algoritmo emocional. No le interesa la verdad ni el bienestar común, sino que todo gire en torno a su delirio personal.
Y sí, el presidente Gustavo Petro encarna de forma clara la degradación del liderazgo político. Un hombre que prefiere el discurso incendiario a las soluciones concretas, que gobierna con el lenguaje de la agitación y no con el de la responsabilidad. Dirige el país como un activista resentido, no como un jefe de Estado. Sigue atrapado en la lógica de la confrontación, obsesionado con dividir al país entre buenos y malos, según su narrativa ideológica. Se aferra al pasado como excusa para encubrir su ineptitud en el presente, y en lugar de gobernar con responsabilidad, prefiere incendiar el debate público. En su afán por el poder, ha destruido toda seriedad institucional.
Frente a ese ruido, creo que es urgente volver a hablar de virtud. No en clave moralista ni nostálgica. Virtud en su sentido clásico, aristotélico: La virtud no es una pose. Es un modo de ser. Es lo que sucede cuando el carácter, la inteligencia y el servicio se alinean.
Pienso en Nicanor Restrepo Santamaría. No necesitaba micrófonos para hacerse escuchar. Pensaba lento, decidía con responsabilidad, actuaba con conciencia. O en Luis Carlos Galán, cuya serenidad era una forma de firmeza ética. Nunca fue estridente, pero siempre fue claro. Nunca buscó protagonismo, Su ejemplo es la demostración de que las ideas valen más que el show.
Y pienso también en las mujeres que encarnaron ese liderazgo como; Beatriz Restrepo Gallego, pensadora lúcida y cuidadosa; Teresita Gómez, con su fuerza dulce y simbólica; Débora Arango, que transformó con su arte y su dignidad.
No necesitaron incendiar la conversación para volverse imprescindibles. Nos hace falta: referentes que no alimenten el fuego, sino que inviten a sentarse junto a él. Liderazgos que sepan que sentir no es sinónimo de arder. Que sepan que lo reflexivo también puede ser apasionado. Que entiendan que la excelencia no es altivez, sino entrega bien hecha. No estamos huérfanos de líderes. Estamos saturados de intérpretes del ruido. Por eso, volver a la virtud es también volver a lo esencial: al buen juicio, a la serenidad, a la coherencia, a los liderazgos que no hacen tik toks.

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