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(OPINIÓN) Se les apareció el Estado. Por: Lorena Lázaro Ocampo

Hay gobiernos que necesitan cuatro años para explicar por qué no pudieron hacer nada. Y hay gobiernos que, en sus primeras 48 horas, consiguen que los criminales empiecen a mirar por encima del hombro.

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(OPINIÓN) Se les apareció el Estado. Por: Lorena Lázaro Ocampo

Entre el sábado 8 y el domingo 9 de agosto, Colombia recibió una noticia que durante cuatro años parecía haberse convertido en especie en vía de extinción: el Estado volvió a comportarse como Estado.

Más de 38 golpes operativos contra la criminalidad en las primeras 48 horas, según los reportes oficiales que hoy conocemos.

En Meta cayó alias ‘Ruso’ o ‘Alemán’, señalado como cabecilla principal de una estructura de las disidencias de Mordisco, junto con otros integrantes. En Antioquia fueron neutralizados dos integrantes del Clan del Golfo y se incautaron fusiles y material de guerra.

En Necoclí fueron capturados cuatro presuntos integrantes de una estructura financiera y narcotraficante.

También hubo operaciones en Liberia, Caquetá y otras regiones: golpes a estructuras armadas, capturas, incautaciones de armas y municiones, afectación de finanzas criminales y operaciones contra redes de extorsión y narcotráfico.

Y aquí hay que detenerse para decirlo sin miedo y con la bandera en alto: honor a nuestros soldados, policías y hombres y mujeres de las Fuerzas Militares.

Porque hay una mentira que no voy a comprar; nuestras FF. MM. no necesitaban aprender a combatir el 7 de agosto. Ya estaban listas. Totalmente listas. Tenían entrenamiento, inteligencia, experiencia, doctrina y hombres dispuestos a jugarse la vida.

Lo que recuperaron el 7 de agosto fue otra cosa: libertad de acción, respaldo político y la certeza de que el Gobierno volvería a estar detrás de ellos.

El soldado no apareció el 7 de agosto. El héroe ya estaba ahí. Lo que cambió fue quién dejó de ponerle freno.

Y ahí hay que reconocer a Abelardo De La Espriella y al general Jorge Eduardo Mora. No porque hayan creado una Fuerza Pública de la nada, sino porque entendieron algo elemental: al criminal se le combate con inteligencia, operaciones, justicia y autoridad; al soldado se le respalda.

Después de cuatro años de Petro, de esa tragicomedia llamada “paz total”, Colombia necesitaba exactamente eso. Cuatro años de discursos, concesiones, ceses y una confianza casi religiosa en que los bandidos iban a descubrir espontáneamente el amor por la República.

Mientras tanto, demasiadas comunidades pagaban extorsiones y demasiados uniformados cargaban con el costo de una política que confundió diálogo con debilidad.

Ahora el mensaje cambió. A los criminales no se les está preguntando cómo se sienten. Se les está diciendo que sabemos dónde están y vamos por ellos.

Y si no entienden el mensaje, habrá que explicárselo con toda la capacidad legítima del Estado: los vamos a perseguir como a ratas, pero dentro de la ley, con inteligencia, Fuerza Pública, Fiscalía y jueces. Porque esto no es una vendetta: es recuperar el monopolio legítimo de la fuerza y proteger al ciudadano. Que corran. Que se escondan. Que cambien de madriguera. El Estado también sabe buscar.

No, Colombia no se arregla en 48 horas; sabemos que habrá violencia y resistencia. Pero 48 horas bastaron para demostrar algo que durante cuatro años muchos quisieron negar: cuando hay voluntad política, respaldo institucional y una Fuerza Pública preparada, el Estado puede volver a golpear al crimen.

Repito, no nacieron nuevos soldados el 7 de agosto. Nació un Gobierno dispuesto a dejarlos hacer su trabajo. Y eso, en seguridad, lo cambia todo.

Honor a los que están en el terreno. Memoria y paz a los que cayeron. Respeto a quienes llevan el uniforme. Y a Colombia, una promesa que vale más que mil discursos: que el ciudadano honrado volverá a dormir tranquilo y el delincuente dormirá preocupado. Todo por la Patria. Nada sin ella.

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