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(OPINIÓN) Retrato del barrio. Por: Juan Ortiz Osorno.

Manuela se huele una cucharadita rosada llena de tusi por la fosa izquierda de su nariz y siente un sabor de frambuesa química detrás de la garganta.

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(OPINIÓN) Retrato del barrio. Por: Juan Ortiz Osorno.

Manuela siente que está a medias y entonces se huele otra, por la fosa derecha y ahora sí se siente una mujer empoderada. La pose esa que le daba pena frente a la cámara ya no le da pena y entonces se abre de piernas y contorsiona delante del celular y sus suscriptores le escriben mil cochinadas que antes la hubieran ofendido, pero que ahora “huelida” la hacen inspirar. Y hay uno que le manda tokens y el aparato ese que los recibe, y vibra, le pulsa entre su sexo y entonces Manuela sabe que lo está haciendo bien.

Cuando termina su turno como modelo webcam, camina mamada al Metro, sueña con dejar de trabajar en esa casa y cuando sea mayor abrir su OnlyFans y poder operarse los senos, la nariz, los cachetes, los labios y algo más. Sueña con comprarse la moto esa que todas tienen y motivada por todos esos gastos, llama a ese gringo morboso que la estuvo buscando tanto, ofreciéndole dinero por acompañarlo a Provenza. Y ya que está envalentonada no ve por qué no ir.

En Provenza se le baja el efecto de la droga y ve que el gringo es desagradable de verdad y entonces llama a su hermano menor y le dice que hoy sí. Cuando regresa a su mesa, el gringo le ha comprado más tusi, porque en Medellín lo venden por todas partes o lo puedes pedir por WhatsApp o Instagram y este no es rosa sino morado, pero droga igual y es hasta mejor para bajar todas sus barreras morales. Ahora el plan del que habla el gringo no le parece una mala idea sino una emocionante. Porque así es el tusi. Derrumba todas las barreras de la moral. El gringo gordo desagradable le mete la mano entre la minifalda y a Manuela ya no le importa quién la ve. Igual ella está trabajando y nadie va a pagarle el celular y todas las cosas nuevas, que no necesita, pero que ya se ha comprado por Temu.

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Manuela llega al penthouse del gringo desagradable y en ese fondo tan lindo con vistas a lo mejor de Medellín, el gringo se ve mejor, pero igual sigue siendo desagradable, sobre todo desnudo. Manuela ya le ha mandado la ubicación a su hermano menor que pronto llega. El timbre suena y Manuela dice que llegaron sus amigas. Baja a abrirles. El gringo en el sofá espera feliz, embalado y con la taquicardia de todos esos viagras que se ha tomado, feliz, esperando las peladitas que Manuela le prometió. Pero no llegan las peladitas sino unos manes con las cabezas peladas que lo cogen a patadas por morboso y le quitan las tarjetas.

Todos salen de fiesta, de cajero en cajero, y el gringo con esa taquicardia solo piensa que no puede denunciar esto que le está pasando, porque él es un buen hombre, judío o cristiano, y casado, con una familia linda, en su país natal. Cascado, infartado y «escopolaminado» se despierta sin un centavo cuando Manuela está metiendo otra línea con su hermano menor en el negocio de rumba de su hermano mayor, celebrando.

El hermano mayor de Manuela es tan «avispado» e inteligente que tiene una licencia para una tienda, pero él ya la tiene convertida en un bar que abre desde las doce de la medianoche hasta las seis de la mañana, cuando nadie más abre porque está prohibido, y revienta de música el barrio Campo Valdés, donde vive gente honrada que trabaja y no protesta porque quiere seguir viva. Entonces los honrados van trasnochados, a diario, al trabajo y a la universidad y no rinden nada porque el hermano mayor de Manuela no para, con esos bafles y cada semana compra más, para reventar vidrios y ser el que más duro ponga música en la cuadra. Su tienda fue la primera que abrió y nadie dijo nada del escándalo; entonces, cinco bares más han abierto sus puertas y se pelean quién pone la peor música, más duro, en el vecindario, donde hace años nadie duerme bien.

Uno de los bares ilegales, sin licencia, pone música de despecho, otro salsa, otro vallenato; uno más narcocorridos, y otro, música de peluquería. Todos abren cuando los negocios decentes de la carrera 48 A cierran y permanecen abiertos en contra de la ley, hasta cuando el primer trabajador decente sale para el trabajo y tiene que patear botellas, latas de cervezas y bolsitas de tusi de la entrada de su casa, para montarse en su carro de segunda, mientras todos los drogadictos del barrio siguen fumando marihuana y aspirando tusi, en la acera, a la vista de todos, porque eso es normal y Medellín, de la rumba, es la capital mundial.

Así lo gritan en todos los conciertos que presentan en El Estadio, que están reformando para hacerlo más grande y que puedan más fanáticos ir a celebrar, con la misma pólvora que está prohibido quemar, pero que, si es Bad Bunny u otro analfabeto famoso, sí pueden explotar, al final de sus conciertos, sin importar que los que habitan y pagan la valorización en el Barrio El Estadio, repleto de hogares geriátricos, no puedan dormir del susto o se infarten. De noche por la pólvora y el helicóptero que recorre el barrio a vuelo rasante y con sirena. O de día, con unos de los quince mil drogadictos mendigos que recorren el barrio y usan la ciclovía entre Metro Estadio y Metro Sura como sanitario, para cocinar, dormir y drogarse.

El hermano menor de Manuela fletea y roba en Laureles, en tanto restaurante que está lavando, a los que van con Rolex y que visitan la ciudad para comprar toneladas de perico para exportar a Europa, USA y África. Se reúnen a comprarlo, también en el Poblado y Envigado, pidiendo peladitas menores de edad. El hermano menor de Manuela las lleva y también les lleva tusi, cuando cierran el negocio y quieren celebrar. A las peladitas las conoce del colegio y unas son de la universidad.

El hermano menor empezó como Manuela a estudiar una carrera en la universidad. Manuela en la de Antioquia, y él, en la Nacional. Allí son grandes activistas que odian a los judíos de Israel, apoyan a Petro y a Palestina Libre, aunque no entiendan qué es el Medio Oriente ni sepan dónde Palestina queda. Odian a Trump, al Tigre, a Fico y al capital, aunque aman la plata y gastar. Así que una vez al mes hacen parche y llevan tusi para los que están encapuchados y se encapuchan como ellos y queman llantas, unas veces en la entrada de la de Antioquia y otras en la entrada de la Nacional. El caso es tapar calles y gritar, mientras meten, fuman y cantan consignas feministas radicales con mala gramática, en contra del capitalismo y a favor del Islam. Todo combinado y sin entenderlo, como en un salpicón paisa, de esos tan ricos que hace la mamá de Manuela para ayudarles con los guayabos.

La mamá de Manuela vive feliz con sus hijos, que gracias a Dios no le salieron malos y si algo malo les pasara se moriría de pena moral, como cuando le mataron a su hermano, que estaba robando a un tipo, por los lados de Calazans y el muy desalmado se defendió, le disparó, y no en las piernas, sino en el corazón. La mamá no olvida ese momento y por eso reza por sus angelitos que estudian y traen dinero a la casa.

El papá de Manuela sigue en Nariño, trabajando duro en la coordinación de los cargamentos de hoja de coca a los laboratorios y luego a su salida por el océano Pacífico o por Ecuador. Y le ha ido tan bien, porque él es tan pujante, sacando cocaína en cantidades, que le manda las ganancias al hermano mayor de Manuela, el que empezó con la tienda que ya tiene como un bar, con el que lava dinero. Y lava tanto que ahora le ha dado plata a la tía para que abra una venta de ropa deportiva y una farmacia. Una en cada barrio de la nororiental, que igual nadie los va a identificar.

Para esta Navidad esperan comprar harta pólvora, para quemar en La Alborada, cosa que toda la cuadra sepa que les está yendo muy bien a todos con sus trabajos. Por eso le han cambiado entera la fachada a la casa y le compraron pijama a la camioneta que parquean frente a la casa con las motos, una como la que quería Manuela, que ya va a estrenar.

Lejos quedaron esas épocas de la violencia de Pablo Escobar y ojalá no vayan a volver con este gobierno que eligieron los de extrema derecha y que planea apoyar a Fico alcalde para acabar el mal. De todas formas, ellos tienen claro que los policías, por guapos que sean, en los barrios siguen siendo cautelosos y sino harían algo cuando los vecinos por la bulla del bar llaman al 1-2-3. Los hermanos de Manuela saben que los apoyan los de La Terraza y los que trasladaron de Itagüí para otra cárcel y que ojalá los dejen regresar.

Dios quiera que Petro siga de presidente en las Naciones Unidas, rezan por las noches y que el Tigre, recién elegido, caiga pronto. Y por eso salen a las marchas que organizan el ELN y las disidencias de las FARC, en las ciudades, para quitarse la presión en la selva y obligar a trasladar efectivos a la ciudad. La consigna es volver invivible la ciudad para los de la derecha, para que el bandidaje siga y poder seguir haciendo plata sin pagar impuestos en el OnlyFans ni en la tienda vuelta bar ilegal. Ni en el fleteo o la venta al por menor de tusi a los gringos, mientras los puedan “escopolaminar”.

Eso piensa Manuela y planea con sus hermanos seguir felices en esa Medellín llena de oportunidades; mientras más volumen le ponen, a las cinco de la mañana, a los parlantes en el bar, cuyas mesas ocupan la acera, el antejardín y algo de la calle, además. En un barrio que, como todos los barrios, se robaron los bandidos, para lavar, mientras los decentes no duermen y no tienen aceras para caminar.

Y así como Manuela, Daniela, Valentina, Valeria, Angie, se reproducen en Buenos Aires, en Castilla, en Robledo, en Belén, en el 12 de Octubre, en Guayabal, en el Barrio Antioquia; por toda la ciudad, huelen y celebran el consumo, el ruido, el lavado y los horarios ilegales. Mientras Fico hace esfuerzos enormes por erradicar los depredadores sexuales y prevenir la prostitución infantil, que poco sirve, porque ya todas las niñas de los barrios ven la prostitución como algo empoderador y aspiracional. Y solo esperan ejercerla cuando sean mayores de edad.

Por ahí, en las noticias de TikTok sí han visto unas celdas nuevas y la triste muerte del Bendito Menor, héroe nacional, admirado hasta por el gran Petro, que los dejó lavar, traficar a sus anchas. Pero aún no se logran asustar. Oyen que ahora sí están persiguiendo y encarcelando a los malos, pero no se preocupa Manuela ni su hermano ni su mamá ni su papá, porque ellos tienen claro que no son malos y son una buena familia paisa, que ha salido adelante, por tanto, y tan duro trabajar.

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