(OPINIÓN) Quienes vimos la “alocución” de Petro por televisión probablemente coincidamos en aspectos. Por: Edwin Echeverri
De nuevo es incumplido. Inicialmente anunciada para las 9:30 de la noche, terminó siendo a las 11:00 p.m. Su habitual impuntualidad denota siempre una falta de respeto con todo el mundo, hecho que se ha manifestado no solo en lo local sino en escenarios internacionales. De aquí puede desprenderse qu
Quienes vimos la “alocución” de Petro por televisión probablemente coincidamos en aspectos como los siguientes:
De nuevo es incumplido. Inicialmente anunciada para las 9:30 de la noche, terminó siendo a las 11:00 p.m. Su habitual impuntualidad denota siempre una falta de respeto con todo el mundo, hecho que se ha manifestado no solo en lo local sino en escenarios internacionales. De aquí puede desprenderse que para él no había sentido de urgencia en dirigirse al país y condenar el atentado.
Ahora bien, específicamente sobre el atentado, nunca condenó enérgicamente el hecho ni lo rechazó bajo el significado que evidentemente tiene como un ataque a la democracia y la libertad. Por el contrario, se le notaba incómodo (una cosa decía en palabras y otra denotaba su cuerpo), inclusive negándose a referirse a él por su nombre, evadiendo tener que pronunciarlo.
Era evidente su molestia, como si el resultado final que permaneciera vivo fuera todo lo contrario a lo que él esperaba. De ahí que la mejor forma de disimularlo era empezar con su verborrea en la que mezclaba afirmaciones como la “clínica privada” (no puede parar sus ataques al sistema de salud), mezclar referencias a “Cien años de soledad”, Hegel, y la dialéctica, para luego referirse al autor del hecho criminal como “un niño al que hay que proteger que ya dijo que iba a hablar”. ¿Acaso el que esté vivo y que manifieste que va a hablar no debería considerarse un hecho positivo para la investigación y dar con los autores intelectuales, que debería ser lo que persigan las instituciones encargadas de la investigación? Por el contrario, sumado a la incomodidad de que el senador continúe con vida, se le nota incómodo con la posibilidad de que el menor hable.
Un hecho más es el hablar en tercera persona lo cual hace evidente el evadir responsabilidades como gobernante, tanto en función de perseguir a los autores si no, también, en función de negar que ha sido promotor de la violencia desde el gobierno con sus constantes trinos y descalificaciones a los oponentes políticos y las instituciones. Recordemos el reciente discurso del primero de mayo, donde hizo referencia con bandera en mano de “guerra a muerte”, lo que ha sido costumbre de quienes buscan eliminar físicamente a todo opositor o contradictor, cuando los argumentos no son capaces de vencer en razón.
Tampoco hubo un mensaje que diera tranquilidad a los colombianos en función del actuar en forma eficaz para dar con los responsables y garantizar la seguridad en el territorio. Mencionó una “hipótesis” que de hipótesis no tenían nada, pues indicaba que iban a comenzar las investigaciones por el grupo de escoltas, lo cual es una de las múltiples acciones que deben seguirse, pero no constituye una hipótesis. Por el contrario, la forma en la que lo hizo no genera confianza en la investigación (a lo cual se suma la afirmación de la Fiscal “Me llama la atención que el sicario estuviera a pie” restando importancia al hecho mismo del atentado) ni da tranquilidad a los otros candidatos acerca de su seguridad, no llama a la unidad como país, a un rechazo enérgico por parte de todos los colombianos y a una condena por actos que nos recuerdan la violencia de las décadas de los 80 y 90’s.
En otras oportunidades, ante un hecho como este, un mandatario hubiera tenido una intervención corta, con referencias precisas, con una condena enérgica al hecho criminal, con mención a acciones directas y medidas inmediatas, además de que el Ministro de Defensa y los mandos de las Fuerzas Armadas y Policía habrían explicado las acciones a tomar en materia de orden público. Nada de eso hubo. Al observar el rostro de los oficiales que lo acompañaban, se percibía la incertidumbre acerca de hacia dónde iba dirigido el discurso de Petro.
En resumen, solo denotó incomodidad al referirse al hecho y tener que rechazar el hecho criminal, desprecio al evitar referirse a él por su nombre completo, no condenar con firmeza el atentado y señalar lo que significa para la democracia, solo hubo revuelos y menciones desordenadas a cosas que nada tenían que ver, dispersas, sin coherencia, pero peor aún, sin dar tranquilidad a los colombianos respecto a la situación de violencia que azota el país y más bien parecía demasiado incómodo con que el senador sobreviviera a este atentado. No podría esperarse menos de alguien cuyo actuar ha estado vinculado desde temprana edad a la violencia, al militar en grupos terroristas.

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