(OPINIÓN) Quien cuida también necesita ser cuidado. Por: María Fernanda Valdivieso
Hay personas que pasan buena parte de su vida pendientes de los demás. Saben quién tiene una cita médica, quién no ha comido, quién está preocupado, quién necesita que lo escuchen y quién necesita que alguien lo acompañe. Son las que resuelven, sostienen, organizan, contienen y aparecen cuando todos los demás las necesitan. Pero, ¿quién está pendiente de ellas?
Hemos construido una sociedad que admira a quien puede con todo, pero que muchas veces se incomoda cuando esa misma persona reconoce que está cansada. A la mamá que no duerme se le dice que es fuerte. Al profesional de la salud que termina exhausto se le recuerda su vocación. A la hija que cuida a sus padres se le agradece su sacrificio. A quien siempre escucha los problemas de otros se le busca cada vez que alguien necesita desahogarse. Y así, poco a poco, convertimos la capacidad de cuidar en una obligación permanente.
¿Y cuándo el cuidador necesita cuidado y quienes están acostumbrados a recibirlo no saben qué hacer? Aparecen frases como “siempre has podido”, “no te preocupes por eso”, “todos tenemos problemas” o “ya pasará”. No necesariamente hay mala intención detrás de ellas. A veces hay costumbre, comodidad o simplemente incapacidad para reconocer que esa persona que parecía inagotable también tiene límites. Pero el resultado puede ser profundamente doloroso: alguien que ha estado disponible para todos termina enfrentando su propio cansancio en absoluta soledad.
Hay una forma de negligencia de la que hablamos poco: la negligencia hacia quien siempre está disponible. Es esa actitud de dar por sentado que una persona seguirá cuidando, resolviendo y sosteniendo porque siempre lo ha hecho. Es llamar cuando se necesita algo, pero no llamar para saber cómo está. Es esperar comprensión sin ofrecerla. Es exigir presencia sin preguntarse cuánto le está costando estar presente. Es recordar sus responsabilidades y olvidar que también tiene necesidades.
Esto ocurre en las familias, pero también en los trabajos. Ocurre con médicos, enfermeros, terapeutas, cuidadores, docentes, líderes, madres, padres, hijos, parejas, amigos y con tantas personas que han asumido silenciosamente el papel de sostener a otros. Quien cuida a un paciente también necesita descanso. Quien acompaña a un adulto mayor también necesita ser escuchado. Quien cría a sus hijos también necesita una pausa. Quien dirige un equipo también puede tener miedo. Quien siempre tiene una solución puede estar atravesando un problema para el que no encuentra respuesta.
Cuidar no debería significar desaparecer para que otros estén bien. Tampoco debería convertirse en una prueba permanente de amor, responsabilidad o fortaleza. Una persona puede amar profundamente a su familia y necesitar ayuda. Puede ser excelente profesional y sentirse agotada. Puede ser una madre dedicada y necesitar unas horas para sí misma. Puede querer estar para todos y, al mismo tiempo, necesitar que alguien esté para ella. Una necesidad no invalida la otra.
Por eso también vale la pena hablarles a quienes reciben cuidado. A quienes están tan acostumbrados a que alguien resuelva y que dejaron de mirar a quién lo está haciendo. A quienes consideran normal que mamá se levante, organice, atienda, trabaje y vuelva a empezar al día siguiente. A quienes llaman al hermano cuando necesitan un favor, pero nunca preguntan cómo está. A quienes esperan que el compañero siempre tenga paciencia, pero no tienen paciencia cuando él necesita apoyo. A quienes creen que porque alguien es fuerte tiene menos derecho a ser cuidado.
Nadie debería necesitar enfermarse para que su entorno finalmente entienda que estaba agotado. Nadie debería llegar al límite para recibir permiso de descansar. Nadie tendría que romperse para demostrar que también necesitaba un abrazo, una conversación, una mano que ayudara con las responsabilidades o simplemente alguien que dijera: “Hoy no tienes que poder con todo. Yo me encargo.”
Cuidar también es observar. Es notar que alguien está diferente. Es preguntar y escuchar la respuesta, incluso cuando no resulta cómoda. Es ofrecer ayuda sin esperar a que la persona tenga que pedirla. Es entender que la reciprocidad no consiste en llevar una cuenta de favores, sino en construir relaciones donde nadie “tenga que”.
Quizás necesitamos empezar a hacer una pregunta diferente en nuestras familias, nuestros trabajos y nuestras relaciones: no solamente “¿quién necesita ayuda?”, sino también “¿quién lleva demasiado tiempo ayudando a todos?”. Porque muchas veces el cansancio más profundo no está en quien pide ayuda, sino en quien aprendió que pedirla era un lujo que no podía permitirse.
A quienes cuidan, hay que decirles algo que quizá nadie les ha dicho lo suficiente: también tienen derecho a detenerse. También pueden decir “hoy no puedo”. También pueden pedir compañía. También pueden necesitar que alguien tome una decisión por ellos, prepare una comida, los escuche sin juzgar o simplemente se siente a su lado. Su valor no disminuye porque necesiten a otros. Al contrario, reconocerlo es una de las formas más honestas de cuidarse.
Y a quienes han recibido mucho cuidado, quizá también les corresponda preguntarse: ¿cuándo fue la última vez que cuidaron realmente a quien siempre los cuida? No cuando necesitaban algo. No porque estaba enfermo. No porque ya no podía más. Sino antes. Cuando todavía podía sonreír, resolver y decir que estaba bien.
Detrás de cada persona que cuida hay una vida que también merece atención. Y quizá el verdadero acto de amor no sea decirle que es fuerte, sino permitirle, por el tiempo que sea necesario, no tener que serlo.
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