(OPINIÓN) Por fin nos gobierna un presidente católico, corajudo y capaz. Por: Juan José Gómez
Desde que terminó la alternación bipartidista en 1974, Colombia no había sido gobernada por un presidente que no solo se declarara católico, sino que lo demostrara con hechos.
Es cierto que tuvimos a Julio César Turbay Ayala, a Belisario Betancur y a Álvaro Uribe, quienes se decían católicos, pero su fe era moderadamente superficial, sin respaldo en acciones contundentes, y solo se manifestaba públicamente cuando las circunstancias políticas lo exigían.
El movimiento pendular de los partidos se dio, en realidad, apenas en 2026, cuando un católico fervoroso como Abelardo De la Espriella ganó limpiamente la presidencia, derrotando al peor mandatario que Colombia ha tenido que soportar en cuatro años. Su desastroso gobierno fue tan dañino que convirtió a pésimos expresidentes como Ernesto Samper o Juan Manuel Santos en simples aprendices.
Gustavo Petro, mentiroso compulsivo, logró engañar dos veces a un sector de colombianos mal informados, aunque gracias a Dios fracasó en su segunda campaña. Su adicción al licor y a sustancias estupefacientes lo llevó a pronunciar frases absurdas como aquella del “virus de la vida” derramado entre las estrellas y a presentarse como un profeta galáctico del medioambiente en escenarios internacionales. Su administración fue la más corrupta y derrochadora del siglo, complaciente con grupos terroristas, devastadora para la economía y tan degradante que dejó la Casa de Nariño impregnada de un hedor moral que obligó al nuevo presidente a despachar desde el Palacio de San Carlos mientras se realiza una limpieza a fondo.
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeA pesar de los pocos días transcurridos desde su posesión, Abelardo De la Espriella ya ha demostrado reciedumbre moral y un catolicismo vivo y ejemplar. Ha proclamado reiteradamente la realeza de nuestro Señor Jesucristo con su “¡Viva Cristo Rey!”. Se ha colocado bajo la guía del Espíritu Santo para cumplir con rigor sus deberes y ha mostrado su amor por la Santísima Virgen en la visita al Santuario de Chiquinquirá junto con su familia, así como en la presencia de la Virgen de Fátima durante su posesión en Cali.
Incluso frente a un fallo judicial absurdo que lo obligó a excusarse por haber invitado a líderes religiosos de distintas confesiones en su posesión, el presidente acató la decisión por respeto a nuestro sistema judicial, aunque reafirmó su fe con un “¡Viva Cristo Rey!”. Ese gesto, más allá de la controversia, mostró que la autoridad puede ejercerse con firmeza y humildad a la vez.
La firmeza religiosa de nuestro presidente revela la relación entre fe y política en Colombia. Lo que se observa en De la Espriella es un intento de devolverle al ejercicio del poder un fundamento espiritual que había sido relegado al ámbito privado o instrumentalizado por conveniencia. En un país donde la Constitución invoca la protección de Dios, resulta coherente que el presidente viva su fe públicamente, sin temor a las críticas de quienes pretenden imponer un Estado ateo.
El desafío, sin embargo, será demostrar que ese catolicismo no se queda en símbolos, sino que se traduce en políticas concretas de justicia social, protección de los más vulnerables y lucha contra la corrupción. La historia juzgará si este fervor religioso se convierte en motor de transformación o si se limita a ser un gesto identitario. Por ahora, la esperanza de muchos colombianos es que la fe del presidente sea también la fuerza que guíe sus decisiones en beneficio del país.

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