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(OPINIÓN) Los memes de Trump y el dominio del ciclo noticioso en la era de la inteligencia artificial. Por: ​Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera

Como ya parece habitual, cada vez que las tensiones políticas se acumulan o el escenario internacional comienza a escapar de su control narrativo, Donald Trump recurre a la herramienta que mejor domina: las redes sociales y las imágenes creadas mediante inteligencia artificial.

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(OPINIÓN) Los memes de Trump y el dominio del ciclo noticioso en la era de la inteligencia artificial. Por: ​Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera

Apenas unas horas después de la cumbre entre Estados Unidos y China convocada para discutir el rumbo inmediato de la relación entre ambas potencias, mientras crecían las preocupaciones por el bloqueo del estrecho de Ormuz, la crisis energética derivada de la guerra con Irán y la sensación de un conflicto sin salida clara, Trump volvió a ocupar el centro de la conversación global con un meme.

Durante las primeras horas del 17 de mayo de 2026 publicó en Truth Social una imagen generada por IA que se viralizó con rapidez. En ella aparecía caminando junto a un extraterrestre gris, musculoso y encadenado, rodeado por agentes del Servicio Secreto dentro de una base militar. La escena no buscaba probar la existencia de vida extraterrestre ni abrir una discusión seria sobre fenómenos aéreos no identificados. Su objetivo era otro: provocar sorpresa, humor, indignación y desconcierto en una escala suficiente para garantizar circulación masiva.

Nada de esto ocurría en un vacío. Días antes, el Pentágono había difundido nuevos archivos relacionados con fenómenos aéreos no identificados y el vicepresidente JD Vance había insinuado meses atrás que algunos de esos eventos podrían tener incluso una dimensión “demoníaca”. Trump aprovechó ese clima de incertidumbre y fascinación para reconstruir una imagen conocida: la del líder que revela secretos ocultos y desafía aquello que las élites habrían mantenido fuera del alcance público.

No era un episodio aislado, sino la continuidad de una estrategia reiterada. Durante los últimos meses, Trump ha llenado sus plataformas con imágenes generadas por inteligencia artificial donde aparece como una figura casi mesiánica: sanando enfermos, abrazado por Jesús frente a la bandera estadounidense o transformando las ruinas de Gaza en un lujoso “Trump Gaza Resort”. El valor político de esas imágenes no reside en su contenido literal, sino en su capacidad para intervenir emocionalmente sobre millones de personas de manera simultánea, mezclando hechos reales, ficción generativa y símbolos culturales reconocibles hasta producir un relato donde él siempre ocupa el lugar del vencedor, del salvador o del único capaz de imponer orden sobre el caos.

Ahí se encuentra el núcleo de su dominio sobre el ciclo noticioso contemporáneo. En otro momento histórico, el flujo informativo dependía de procesos relativamente lentos de investigación, contraste y verificación. Hoy opera como una corriente hiperacelerada de estímulos donde una sola imagen puede monopolizar durante horas la conversación mundial, desplazar guerras, crisis económicas o debates diplomáticos y desaparecer luego bajo la siguiente ola viral. Trump entendió antes que muchos dirigentes que las plataformas digitales no recompensan la verdad ni la profundidad, sino la capacidad de generar reacción inmediata.

Todo esto solo puede comprenderse plenamente dentro de la era de la inteligencia artificial. La atención humana se convirtió en uno de los recursos más escasos y valiosos del planeta. Cada segundo de permanencia, cada mirada y cada interacción son disputados por plataformas diseñadas para capturar comportamiento y transformarlo en datos. En ese ecosistema, la imagen absurda de un extraterrestre encadenado puede alcanzar mayor impacto político que un informe geopolítico de cincuenta páginas.

(OPINIÓN) Los memes de Trump y el dominio del ciclo noticioso en la era de la inteligencia artificial. Por: ​Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera

Sin embargo, quizá el error más frecuente consista en creer que Trump domina el algoritmo. En realidad, es el algoritmo el que encontró en Trump el formato más rentable y eficaz para operar dentro de la economía digital contemporánea. Como plantea Yanis Varoufakis en Technofeudalism, las plataformas digitales dejaron de funcionar únicamente como mercados tradicionales y comenzaron a operar como estructuras tecnofeudales capaces de extraer renta constante de nuestra atención, emociones y comportamiento cotidiano.

Décadas antes, Theodor Adorno y Max Horkheimer habían advertido en Dialectic of Enlightenment sobre la “pseudoindividualización” producida por la industria cultural: la sensación de consumir algo único cuando en realidad se participa de dinámicas profundamente estandarizadas. Hoy, Burçe Akcan y Merve Gençyürek-Erdoğan retoman parte de esa crítica para explicar cómo la inteligencia artificial produce contenidos aparentemente personalizados que, en el fondo, responden a patrones estadísticos diseñados para maximizar engagement, permanencia y circulación.

La lógica económica de ese sistema fue descrita por Shoshana Zuboff en The Age of Surveillance Capitalism, donde explica cómo las plataformas extraen excedente conductual para predecir y modificar comportamientos futuros. Sobre esa saturación informativa permanente, Jieun Shin advierte ahora la aparición de una “fatiga de la verdad”: un agotamiento cognitivo que lleva a millones de personas a abandonar el esfuerzo de distinguir entre realidad, propaganda, ironía y simulación.

En el fondo, lo que estamos presenciando es algo todavía más profundo: una captura progresiva del intelecto general. La creatividad colectiva, el conocimiento social acumulado y la atención humana están siendo absorbidos por plataformas privadas y sistemas algorítmicos capaces de transformar cada interacción en valor económico y capacidad de influencia política. Aquello que Karl Marx llamó general intellect el saber social producido históricamente por la humanidad— comienza a ser reorganizado por infraestructuras digitales que ya no solo median la comunicación, sino también la percepción misma de la realidad.

Por eso los memes de Trump —ya sea acompañado por extraterrestres encadenados, presentado como sanador divino o imaginando Gaza convertida en un resort de lujo— no hablan realmente de aliens, milagros o bienes raíces. Hablan de un nuevo régimen de poder donde la política dejó de disputarse únicamente en parlamentos, ejércitos o instituciones y comenzó a jugarse también en la capacidad de moldear atención, emociones y percepción colectiva a velocidades imposibles para la conciencia humana tradicional.

El meme es apenas la superficie visible. Detrás opera una infraestructura tecnofeudal que transforma emociones, atención y conducta en recursos explotables, mientras el poder se desplaza hacia sistemas algorítmicos capaces de intervenir sobre la percepción social en tiempo real y volver cada vez más difusa la frontera entre realidad y simulación.

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