(OPINIÓN) El estudio que las mujeres no necesitaban. Por: Manuela Correa Poveda
Spoiler: ya lo sabíamos
Hay un tipo de persona que ante una noticia perturbadora siente, antes que nada, el impulso irresistible de corregir la estadística. No el horror, no la incomodidad, no la pregunta de qué hacemos con esto. La estadística. Este mes ese tipo de persona tuvo un momento de gloria considerable, porque la noticia que circulaba decía que 62 millones de hombres participaban en una red organizada para drogar y violar a sus parejas, y el dato era inexacto, y había que decirlo. Y se dijo, con la satisfacción particular de quien encuentra una errata en un contrato. Lo que nadie explicó, en medio de tanta precisión, es qué hacemos con lo que sí era exacto.
El grupo de Telegram se llamaba "Zzz". Con tres zetas. Para quien no lo pille de inmediato, y ojalá no lo pille nadie de inmediato, es el sonido que hacemos cuando dormimos. O cuando nos duermen.
La investigación de la CNN lleva ya un mes circulando y el debate sigue siendo exactamente el mismo, lo cual dice bastante sobre el debate y nada nuevo sobre la investigación. Lo que encontraron no fue un rincón oscuro y excepcional de internet, sino una red con la estructura funcional de cualquier comunidad online: normas, jerarquías y, en el caso de quienes decidían incurrir en un delito más —con un espíritu, si se quiere, emprendedor—, una economía propia bien articulada, con transmisiones en vivo a veinte dólares por espectador o “líquidos para dormir” a 150 euros la botella, vendidos desde Ceuta.
El caso Pelicot, esa mujer francesa que logró cambiar la vergüenza de bando, a quien su marido drogó durante años para que decenas de hombres la violaran mientras dormía, no como anécdota aislada sino como parte de una lógica ya replicada y documentada. El mercado, como siempre, perfectamente adaptado a la demanda.
Pero que quede claro, los 62 millones una cifra cercana a la población total de países como Colombia, Sudáfrica o Franciano eran hombres dentro de ese grupo, como afirman varios influencers de Instagram y TikTok. Eran visitas. Solo visitas, y solo en febrero.
A Motherless.com, una página porno con más de cien categorías de contenido, la mayoría perfectamente legales, donde estaban alojados más de 20.000 vídeos de sleep content, que es como decidieron nombrar, con absoluta naturalidad, al contenido de mujeres inconscientes siendo agredidas sexualmente.
De hecho, fue precisamente desde esa página web desde donde se llegó a lo otro, porque un usuario de Motherless compartió un enlace en el lugar equivocado y acabó llevando a la CNN hasta el grupo de Telegram “Zzz”, que es donde ya no hablamos de tráfico web ni de categorías más o menos ambiguas, sino de casi mil usuarios compartiendo vídeos, fotos y dinámicas bastante más explícitas. Además de un hashtag con una frecuencia difícil de ignorar, #eyecheck, que utilizaban para etiquetar los vídeos en los que levantaban el párpado de sus parejas para comprobar si estaban lo suficientemente sedadas como para no ser conscientes. Telegram, por supuesto, no lo vio, o no lo consideró relevante, que es lo mismo aunque se pronuncie distinto.
Pavel Durov, el fundador de esta red social, está siendo investigado en Francia precisamente por eso. Por tener una plataforma que sabe perfectamente lo que aloja, en la que no mirar forma parte del funcionamiento.
Lo que no ha tenido ni de lejos el mismo recorrido viral que Motherless es un estudio publicado este año en el Journal of Interpersonal Violence. Los investigadores O'Sullivan y Ronis encuestaron de forma anónima a 2.689 hombres jóvenes de Estados Unidos y Canadá. Anónima de verdad, con todas las garantías técnicas posibles, con la promesa repetida de que nadie los identificaría, que esto era entre ellos, la pantalla y ningún otro. Y en esas condiciones les preguntaron si alguna vez habían usado alguna estrategia para tener sexo con una mujer que no quería tenerlo.
El 95,1% dijo que sí. En el 65% de los casos lo consiguieron. La mayoría no reportó ninguna consecuencia negativa. Tres hombres, en toda la muestra, mencionaron haber enfrentado algún cargo o acusación. Tres. Y en el apartado donde se les pedía que explicaran si algo bueno había salido de aquello, veinte hombres escribieron una sola palabra: Winning, ganar, por decirlo de alguna manera.
Y es precisamente entonces cuando entra el Vaticano, con todo el respeto que merece una institución que lleva dos mil años sabiendo algo que la ciencia académica acaba de confirmar con metodología y financiación pública: que la gente solo dice la verdad cuando está segura de que nadie la va a ver. El confesionario funcionó durante siglos exactamente sobre ese principio. Lo que este estudio añade es que el principio funciona igual de bien con wifi y una pantalla. Y que lo que aparece cuando los hombres se sienten seguros para hablar no es nada nuevo, sino lo que las mujeres llevan décadas contando.
Lo cual plantea un solo interrogante, si el problema no era que las mujeres exageraban, ¿Cuál era el problema? El problema era quién decidía si valía la pena creerles. Y que esa persona pedía más datos, más rigor, más contexto, más definiciones, como si todo aquello no fuera algo que cualquier mujer con más de veinte años de vida y acceso a sus propios recuerdos podría haber certificado gratis y sin necesidad de revisión por pares.
Lo sabían. Y aun así la respuesta era siempre la misma; que no todos los hombres son así, que ni machismo ni feminismo, que lo que hace falta es igualdad, que habría que ver el contexto, que depende de cómo se defina, que igual también ellas. Toda esa batería de matices rígidamente colocados que no explican nada y que solo pueden ser fruto de una lógica neandertal, siendo generosa.
Con el estudio ya ahí, con DOI y todo, toca ver por dónde salen los rigurosos de guardia. Mi apuesta es que alguien encuentra la muestra sesgada, que alguien explica que los hombres también pueden mentir en las encuestas anónimas, exagerar o construirse una versión un poco más interesante de sí mismos, y que la conversación se muda, con esa eficiencia que ya le conocemos, a otro barrio estadístico donde no haya que mirar el número de frente. Porque el número de frente es el 95%. Y el 95% no es una cifra sobre monstruos de los sótanos de internet. Es una cifra sobre hombres normales, empleados a tiempo completo en su mayoría, en pareja casi la mitad, universitarios muchos, más de la mitad blancos caucásicos, solo un 10% estudiantes. Por si alguien iba a buscar refugio en que esto es cosa de chavales sin mundo o de inmigrantes sin educación, los datos se adelantaron. Es, en definitiva, una cifra sobre el tipo de hombre que escribe en los comentarios que no todos son así.
Y sí, nunca todos, eso ya lo sabemos. Lo que no nos dejaban saber es cuántos, hasta que alguien se tomó la molestia de preguntarlo en privado y ellos se sinceraron. Con una media de 8,94 estrategias distintas por hombre, dentro de un repertorio de 36, utilizadas para forzar el encuentro sexual con una mujer que sabían que no quería, y que van desde repetir, presionar o manipular lo suficiente como para desgastar un “no” hasta el uso directo de la fuerza o de drogas cuando lo demás ya no funciona.
Todos conocemos a una mujer que ha pasado por algo así. Pero casi nadie conoce al hombre que lo hizo. Y sin embargo el 95% está en algún sitio, tiene nombre, cara, gente con quien salir el fin de semana y alguien que le guarda el secreto o simplemente mira para otro lado. El estudio dice que en el 80% de los casos había otras personas cerca cuando ocurrió. No estaban solos. Así que la cuestión no es si los conocemos, es qué hacemos cuando sí.
Tres hombres, entre más de dos mil, reconocieron haber enfrentado algún tipo de acusación o cargo. Por si alguien necesitaba un número para entender por qué no se denuncia, ahí lo tiene. Gratis. Con metodología impecable. Y sin tener que creerle a ninguna mujer.
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