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(OPINIÓN) Dejar para después no puede ser nuestra actitud diaria. Por: John Jairo Llano Cano

Pareciera que dejar para después se viene convirtiendo en el paisaje de nuestra cotidianidad. Este comportamiento tiene un nombre: procrastinar, es decir, posponer tareas, decisiones o actividades que requieren atención, y muchas veces reemplazarlas por otras que nada tienen que ver con el propósito que nos hemos trazado.

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(OPINIÓN) Dejar para después no puede ser nuestra actitud diaria. Por: John Jairo Llano Cano

Claro que la planificación es indispensable. Toda actividad seria requiere cronogramas, responsables y fechas. Pero una cosa es planificar y otra muy diferente es utilizar la planificación como excusa para no actuar.

Cuando no hacemos lo que hay que hacer en el tiempo y lugar requeridos, la improvisación gana terreno y llegamos tarde al cumplimiento de nuestras metas personales, familiares, laborales y colectivas.

No podemos imaginar el desarrollo de ciudades inteligentes, organizadas y competitivas como el resultado de una población paquidérmica, lenta para reaccionar y acostumbrada a esperar que otros resuelvan lo que también nos corresponde.

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Los proyectos pueden tener dificultades en su ejecución. Eso es normal. Lo que no debería convertirse en normalidad es que esas dificultades se prolonguen indefinidamente por falta de gestión, seguimiento, decisiones oportunas o, en algunos casos, por la falta de idoneidad de quienes tienen bajo su responsabilidad determinados procesos.

Porque cuando una persona no cumple oportunamente con la función que le corresponde, no solamente se retrasa un trámite: puede retrasarse el sueño de una comunidad, la solución de una familia, la oportunidad de un joven, la atención de un paciente o el desarrollo de un territorio.

Dejar para después también se convierte, muchas veces, en una colección de disculpas: “Mañana lo hago”. “Todavía hay tiempo”.

“Eso puede esperar”.

“Que lo haga otro”.

“No me corresponde”.

“Después miramos”.

Y así, de “después” en “después”, se nos puede ir la vida.

El tiempo no hace pausas. Dejar para después lo que se puede hacer hoy tiene consecuencias. El reloj no se detiene porque nosotros estemos ocupados en otra cosa. El tiempo no hace pausas administrativas, familiares ni personales.

Hay situaciones en las que un minuto puede parecer insignificante, pero termina siendo determinante.

Un paciente llega un minuto tarde a una cita y encuentra una puerta cerrada, aunque el profesional todavía esté disponible. Un líder comunitario recibe una tarea para beneficiar a su comunidad, pero deja pasar los días y termina perdiéndose una oportunidad. Una persona se compromete a asistir a una reunión y llega sistemáticamente tarde, convencida de que los demás tienen la obligación de esperarla.

Poco a poco, la impuntualidad y la postergación terminan convirtiéndose en una cultura. Y cuando la cultura de “después lo hago” se instala en las instituciones, organizaciones, empresas, comunidades y familias, el costo lo termina pagando toda la sociedad.

No todo puede esperar Hay cosas que sí pueden esperar.

Pero hay otras que definitivamente no pueden esperar.

- No puede esperar una enfermedad que requiere atención.

- No puede esperar indefinidamente una deuda vencida.

- No puede esperar una familia que necesita una respuesta.

- No puede esperar una comunidad que lleva años reclamando una solución.

- No puede esperar el cuidado de nuestros adultos mayores.

- No puede esperar la alimentación básica de quienes tienen hambre.

- No puede esperar la educación de nuestros niños y jóvenes.

- Y tampoco puede esperar el afecto que debemos entregarles a nuestros hijos, porque mientras nosotros decimos “después”, ellos crecen.

Hay una frase que deberíamos repetirnos con frecuencia: “El momento también es parte de la decisión”, porque hacer algo tarde no siempre equivale a hacerlo bien.

¿Y qué pasa cuando quienes deben decidir también dejan para después? La procrastinación no es exclusivamente individual. También puede presentarse en las organizaciones y en las instituciones.

Un trámite que permanece semanas sobre un escritorio, una decisión que nadie quiere asumir, una respuesta que se aplaza, una reunión que se programa y nunca se realiza, un proyecto que pasa de una administración a otra o una comunidad que escucha durante años que “ya casi” puede terminar perdiendo la confianza.

Por eso, gestionar también significa responder oportunamente. Quien tiene una responsabilidad pública, comunitaria, empresarial o familiar debe comprender que detrás de cada trámite, cada proyecto y cada solicitud existen personas esperando.

No se trata de correr irresponsablemente ni de actuar sin planificación. Se trata de encontrar un equilibrio entre pensar, planificar y hacer. Porque también existe el extremo contrario: aquellos que confunden actuar rápido con actuar bien. La velocidad sin planeación puede producir errores; pero la planeación sin acción puede producir parálisis.

La vida tampoco tiene botón de aplazamiento Existen ejemplos que parecen pequeños, pero que nos recuerdan una gran verdad. Hay líderes mundiales que han hecho esperar a sus públicos en grandes acontecimientos; personas que llegan tarde constantemente a sus compromisos; reuniones que comienzan cuando deberían estar terminando; proyectos que se anuncian con entusiasmo y luego quedan archivados.

Pero quizás el ejemplo más importante está mucho más cerca de nosotros.

- Está en ese mensaje que no respondimos.

- En esa llamada que dejamos para mañana.

- En ese examen médico que seguimos aplazando.

- En esa conversación pendiente con nuestros hijos.

- En ese vecino que necesita nuestra ayuda.

- En ese proyecto comunitario que sabemos que puede beneficiar a muchas personas.

- En ese compromiso que asumimos y que seguimos posponiendo.

- La vida no nos garantiza que tendremos un “después”. Por eso, preguntémonos: ¿realmente dejar para después nos garantiza hacer las cosas mejor? ¿Nos garantiza obtener mejores resultados? ¿Nos garantiza que tendremos las mismas oportunidades mañana? Si la respuesta es no, entonces debemos aprender a distinguir entre esperar porque es necesario y esperar porque no queremos actuar. No se trata de hacer todo inmediatamente. Se trata de hacer cada cosa cuando corresponde.

Porque hay momentos en los que planificar es responsabilidad, esperar es prudencia y delegar es eficiencia. Pero también hay momentos en los que seguir diciendo “después” simplemente significa que estamos dejando pasar una oportunidad.

- La muerte no avisa.

- El tiempo corre.

- Los hijos crecen.

- Las oportunidades pasan.

- Las enfermedades requieren atención.

- Las obligaciones llegan a su vencimiento.

- El hambre no entiende de cronogramas.

- Y las comunidades no pueden vivir eternamente esperando respuestas.

- Quizás el verdadero reto de nuestra época no sea aprender a hacer más cosas, sino aprender a no aplazar las cosas que realmente importan.

Porque dejar para después puede ser una decisión ocasional; convertirlo en nuestra actitud diaria puede terminar convirtiéndose en nuestra manera de perder el presente.

✓ Hoy puede ser el día para empezar.

✓ Hoy puede ser el día para cumplir.

✓ Hoy puede ser el día para responder.

✓ Hoy puede ser el día para hacer aquello que mañana podría ser demasiado tarde.

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