(OPINIÓN) Defensores de la Patria, el gran fenómeno político-electoral. Por: Eduardo Mackenzie
La elección presidencial del 31 de mayo la están decidiendo ya los colombianos en las calles.
La elección presidencial del 31 de mayo la están decidiendo ya los colombianos en las calles, no en los conciliábulos de la “oposición constructiva”, ni en los mítines artificiales-pagados de la extrema izquierda, ni en los inexistentes debates televisivos.
El público, el electorado, los colombianos de a pie, responden con entusiasmo a las invitaciones de Abelardo de la Espriella, en las calles y avenidas, en parques y en coliseos. Cada mitin de los Defensores de la Patria desborda las expectativas. Y las redes sociales envían esas imágenes inatacables a millones de personas, pues los medios establecidos prefieren callar o minimizar ese fenómeno ya que los insultos y amenazas del gobierno contra ellos se intensifican.
El papel de los ciudadanos en la campaña
La elección presidencial no la decidirán, pues, las farsas de salón. Algunos candidatos creían y pujaban para que la campaña se limitara a eso, a “debates” ante las cámaras, con su agrio ritual: intercambios de insultos, o de falsas amabilidades, frases de cajón, discursos wokistas recalentados pero gélidos y, obviamente, la pirotécnica de los diagnósticos a medias y de las soluciones ambiguas.
No habrá, o habrá poco de eso esta vez. El país estaba agotado, atrapado por la ruina moral, institucional y constitucional que talló con odio y sin descanso Gustavo Petro. La paz, la economía, la salud está en manos de una lumpen-burocracia ávida y sin entrañas y en manos de las bandas más violentas del continente (28 atentados en las últimas 48 horas, con drones, fusiles, explosivos, lo que dejó 13 personas asesinadas, 38 heridos, un radar civil destruido en El Tambo, Cauca, todo por decisión de alias Iván Mordisco, un jefe de las FARC. Mientras tanto, el ministro de Defensa y Gustavo Petro estaban de paseo en Caracas.
Nada de eso es arreglable con coaliciones fatuas o con el trapicheo verbal de los profesionales de la política. Salir de tales ruinas y de la promesa de las otras destrucciones que anuncia Iván Cepeda (“¡yo pediré el cierre del Consejo de Estado!”), exige un impulso nuevo, una revolución psicológica, un liderato con una determinación sin falla, una visión realista de lo que ocurre en el país. Exige saber que la reconstrucción de Colombia debe inscribirse, no en el marco estrecho de un país-víctima como el nuestro, sino en un marco intelectual y político más amplio: el de los actuales esfuerzos exitosos del continente para arrancar las raíces el sistema castro-chavista que llevó a la inmensa región a la opresión de la miseria y a la miseria de la opresión.
Esa revolución se ha puesto en marcha. La vemos en la fe popular y en la consigna que está en boca de todos: “Colombia, un país milagro”.
Ese milagro ha comenzado y lo están sustentando los ciudadanos en las calles. Las manifestaciones de Abelardo de la Espriella son inmensas, imponentes. Ningún otro candidato ha desatado tal fervor, tal incandescencia en los espíritus de millones de compatriotas.
La respuesta maligna a ese empuje del bien es igualmente visible: las amenazas de muerte --en una campaña que ya cuenta con un candidato asesinado en junio de 2025, Miguel Uribe Turbay--, la escalada terrorista contra civiles y fuerza pública, los chorros de desinformación contra “el Tigre”, sobre todo la bien financiada “operación Júpiter”.
El Heraldo, matutino de Barranquilla, recogió las impresiones del candidato al respecto: “Para mí el enemigo sigue siendo Gustavo Petro y su heredero Iván Cepeda”, dijo Abelardo de la Espriella, aunque reconoció que el crecimiento de su campaña lo ha convertido en objetivo de otros candidatos: “Tal vez para los de siempre el enemigo sea yo”.
Reacciones del gobierno y cambio en las encuestas
El gobierno, encabezado por Gustavo Petro, muestra señales de pánico ante la posibilidad de perder el poder. El jefe de Estado está repartiendo dinero del tesoro público para crear efectos pro-continuidad en la elección. Aumentó a rajatabla el salario mínimo, propicia invasiones de tierras y adjudicaciones de lotes sin estudios técnicos, mantiene la fuerza pública paralizada en regiones afectadas por las bandas narco-comunistas, responde con frases a las atrocidades de esas bandas, no hace nada para sacar del confinamiento a las poblaciones de las llamadas “zonas rojas” donde los electores deben votar según el querer de esas bandas.
Un cierto malestar recorre las filas de las encuestadoras. Estas se habían auto intoxicado con sus cálculos. El candidato que ellas habían encumbrado, que presentaron como la gran promesa popular, se está desinflando. El respaldo que le dieron las FARC y las ex FARC y otras organizaciones ilegales, a Iván Cepeda, sin que éste haya repudiado esos apoyos ni esas atrocidades, lo han dejado desnudo: muchos lo ven ahora como el candidato más peligroso, más retrógrado y cuestionable del país.
Algunas firmas de sondeos aceptan que ese declive es cierto, pero ninguna admite que De la Espriella es el candidato en ascenso, el que genera verdadera esperanza, felicidad y ganas de impedir que Colombia vuelva a cometer el error que muchos cometieron en la elección de 2022.
Estamos pues ante un fenómeno electoral manifiesto, aunque no sea aceptado por algunos. El auge de la candidatura de Abelardo de la Espriella, un talento joven de la Costa Atlántica, un abogado tenaz y experimentado, un orador combativo, realmente independiente, es la sorpresa que esperaban millones de electores que atravesaron al borde de la desesperanza estos cuatro últimos años de desolación.
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