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(OPINIÓN) Como se hace campaña, así se gobierna. Por: Laura Mejía

En medio de un ambiente político marcado por la confrontación entre campañas, Laura Mejía reflexiona sobre el tono del debate público, el papel de la ciudadanía y la responsabilidad de los medios. En su columna, plantea que la forma en que se hace campaña anticipa la manera en que se gobierna, e invita a elevar la conversación política a un nivel de mayor coherencia y responsabilidad democrática.

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(OPINIÓN) Como se hace campaña, así se gobierna. Por: Laura Mejía

Hay algo que inquieta del momento político actual, y es ver cómo campañas que, en teoría, deberían estar centradas en un mismo propósito terminan atrapadas en disputas que poco aportan al país. Más allá de los nombres o las banderas, lo que preocupa es el tono: la confrontación constante, el ataque personal y la incapacidad de elevar el debate.

Colombia atraviesa desafíos profundos que exigen seriedad, propuestas claras y liderazgos capaces de construir confianza. Sin embargo, con frecuencia la conversación pública se desvía hacia la polarización y el ruido. Y en ese camino se pierde algo esencial: la posibilidad de pensar el país desde las soluciones y no desde el enfrentamiento.

Como se hace campaña, así se gobierna. La forma en que los liderazgos se comportan en este momento no es secundaria ni superficial; es una señal de lo que podría venir. En la campaña no solo se presentan programas, también se revela el carácter de quienes aspiran a gobernar: su capacidad de escuchar, de respetar al otro y de sostener diferencias sin degradar al adversario. Eso también es democracia.

Pero este asunto no es exclusivo de los candidatos. Quienes seguimos la política desde la ciudadanía también tenemos un papel. Estamos en nuestro derecho de elegir con quién nos sentimos representados, pero ese derecho viene acompañado de una responsabilidad: hacerlo con altura, respeto y coherencia. La democracia no solo se expresa en el voto, también se construye en la manera en que participamos en la conversación pública.

Si de verdad queremos fortalecerla, no podemos normalizar el insulto, la desinformación o la agresión como parte del debate político. Tampoco podemos permitir que todo se reduzca a la lógica del enfrentamiento permanente. No todo vale, ni todo debería convertirse en espectáculo.

Los medios de comunicación también enfrentan un reto importante: no caer en la tentación de amplificar únicamente el conflicto. Lo que se repite y se viraliza termina moldeando la percepción del país. Por eso, la responsabilidad de informar también implica decidir qué merece ser amplificado y qué no aporta al debate público.

Estamos a poco más de un mes de las elecciones. Es un momento decisivo. Aún estamos a tiempo de elevar el nivel de la conversación, de exigir más y de actuar con mayor responsabilidad colectiva. Colombia no puede darse el lujo de equivocarse otra vez, pero sobre todo, no puede darse el lujo de normalizar la falta de altura en su vida política.

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