(OPINIÓN) Cuando la tierra nos recuerda lo esencial. Por: César Bedoya
Dicen los expertos que Colombia registra en promedio 80 temblores al día por la constante interacción de tres placas tectónicas. Sin embargo, más allá de la geología, cabe preguntarse: ¿cuántos sismos personales experimentamos a diario sin darnos cuenta?
El reciente terremoto que sacudió al país y dejó una estela de dolor, heridos, pérdidas humanas y profunda tristeza en diversos territorios del Pacífico y del Eje Cafetero, no solo resquebrajó la tierra; también rasgó el velo de nuestra cotidianeidad. Este fenómeno nos obliga a mirar hacia adentro y a comprender que las verdaderas sacudidas no siempre provienen del subsuelo, sino del impacto de sentirnos infinitamente vulnerables.
Vivimos bajo la falsa ilusión de que todo lo tenemos controlado, trazando planos minuciosos y creyendo que el mañana está garantizado. Pero esa soberbia se desmorona en un segundo cuando el suelo se mueve, los muros se agrietan y los objetos que adornan nuestro hogar caen hechos pedazos. En esos casi cinco minutos de angustia, atrapados en la más pura supervivencia mientras la jornada laboral apenas comenzaba, no hubo espacio para teorías ni para la eficacia del maletín de emergencia que los expertos aconsejan. A unos les tocó la experiencia en la soledad, a otros acompañados, desayunando, en la ducha o despidiendo a sus hijos hacia el colegio. En ese instante suspendido en el tiempo, desnudos de toda pretensión, la mente se repliega hacia lo esencial: solo queda tú frente a tu propia existencia.
Esa vivencia desgarradora nos deja una enseñanza urgente: debemos aprender a habitar el presente sin dilataciones. ¿Cuántas veces dejamos sin responder el mensaje de alguien especial por atender lo urgente en lugar de lo importante? ¿Cuántas veces ahogamos los sentimientos hacia quienes amamos o posponemos los sueños y las actividades que nos devuelven la alegría? Postergar el afecto y la dicha es una forma silenciosa de resignación. La vida no pide permiso para transformarse en caos, y comprender la brevedad del instante es el primer paso para dejar de procrastinar aquello que verdaderamente le da sentido a nuestro paso por el mundo.
Cuando el temblor cesa y el polvo se asienta, el panorama nos invita a un desapego inevitable. La naturaleza no mide el precio de lo que llevas puesto ni el valor comercial de lo que acumulaste con los años; para ella, todos los inventarios son iguales a cero. El verdadero valor de un ser humano no reside en sus pertenencias, sino en su capacidad de reconstruirse y mantenerse en pie después de que la tierra deja de moverse. Es momento de soltar los apegos materiales que enferman, de liberar a los demás de las pesadas expectativas que les imponemos por obligación y de entender que nada de lo que poseemos nos define tanto como lo que somos capaces de ofrecer en medio de la adversidad.
Este remezón colectivo debe ser también un espejo para examinar nuestros propios sismos cotidianos. Muchas veces elegimos sostener hábitos que nos envenenan por dentro, desde lo que comemos y bebemos hasta las emociones tóxicas que albergamos en la rutina. ¿Hasta cuándo vamos a esperar para despojarnos de la arrogancia, el ego, la avaricia, la envidia, el egoísmo, la prepotencia, la ira y el rencor? ¿Necesitamos acaso que venga un terremoto aún más destructivo a sacudirnos los cimientos para recién vencer nuestro orgullo? Este suceso debe operar como un ultimátum personal para emprender un camino distinto, ligero de equipaje y volcado hacia la belleza de lo simple.
Desafortunadamente, en medio de la tragedia y del sufrimiento de familias enteras, no ha faltado quien aproveche el dolor ajeno para convertir la catástrofe en una carnicería política. Resulta mezquino ver cómo algunos sectores buscan salpicar responsabilidades, acusando al gobierno saliente o entrante, como si el movimiento de las placas tectónicas pudiera responder a la voluntad de un partido o de un líder de turno. Instrumentalizar el drama humano para alimentar disputas ideológicas no solo demuestra una profunda falta de empatía, sino que evidencia una miseria moral que resulta tan dañina como el propio desastre natural.
Al final, la tierra seguirá moviéndose y la vida nos confrontará con inevitables sacudidas. La pregunta que este terremoto nos deja no es cuándo volverá a temblar, sino qué estamos haciendo con el tiempo que nos ha concedido hoy. Te invita a reflexionar: ¿de qué cargas inútiles necesitas despojarte hoy mismo para empezar a vivir con autenticidad? No esperes a que el suelo se abra bajo tus pies para valorar un abrazo, un silencio o una mirada. La existencia es demasiado frágil para desperdiciarla en lo insignificante; reconoce tu propio sismo, abraza a los tuyos y decide, desde ahora, caminar por el sendero sereno de lo verdaderamente esencial.
Noticias relacionadas
(OPINIÓN) La hora de la energía nuclear. Por: Juan Espinal
La gran ventaja es su horizonte de largo plazo.
(OPINIÓN) Pereira: Terremoto y reconstrucción. Por: Álvaro Ramírez González
El pasado lunes 10 de agosto a las 7:34 a.m., la vida de esta nuestra ciudad y del Departamento…
(OPINIÓN) Líneas de acción para recuperar a Colombia. Regeneración o muerte. Por: Julián Giraldo
El gran colombiano RAFAEL NUÑEZ era reconocido por esta proclama que encarnó y revivió al…